Como paradigma inverso, por supuesto. Como ejemplo de lo que no se debió hacer a la hora de gobernar durante los dos mandatos electorales de José Luís Rodríguez Zapatero. Ha sido ese nefasto periodo de la política española la referencia arrojadiza entre Nicolás Sarkozy, como candidato a la reelección, y Francois Hollande, en tanto que aspirante al Elíseo. Y no lo fue únicamente en el televisado debate que sostuvieron durante la noche del miércoles, sino también a la lo largo de la campaña electoral, en sus reiteradas alusiones de los respectivos mítines.
Vale tan abrumadora circunstancia para explicar qué puede dar de sí una indigestión de opciones en el congreso de un partido (la habida en el del PSOE antes de que sobreviniera el 11-M, que descalabró las composiciones de lugar con que un electorado nacional puede acercarse a unas elecciones generales), con la elección de ZP como secretario general; un panorama aquel que habían definidos los sondeos de opinión durante los días previos a las urnas y los idus de marzo de 2004. Nadie apostaba ni de lejos por una victoria socialista. La apuesta era para una continuidad ampliada de la mayoría absoluta habida en los comicios anteriores.
Eran la insignificancia de ZP la materia misma en que se había fraguado su elección en el congreso de su partido, y la magnitud extrema de la violencia terrorista del atentado ante las urnas que llegaban, las condiciones y circunstancias que se concitaron para la entrada de España en un ciclo de desbarajuste político y de ruina económica del que nos está costando salir sudor y lágrimas. Además de pechar con el descrédito de la catástrofe que resume la cifra aun creciente de los seis millones largos de parados.
Tan enfático es el descrédito nacional derivado de esa disparatada gestión del nuevo Consejero de Estado con que desde el exterior se nos ve. De una parte, a la francesa, como ejemplo de cuanto no se debe hacer en la conducción de las condiciones exigidas por la economía, como ha sido el caso de nuestros vecinos transpirenaicos; y de otra, es la cuestión de cómo desde los populismos hispanoamericanos se nos trata.
Ahí está como lo hecho por los gobernantes argentinos y por los bolivianos, con las expropiaciones respectivas de YPF y de la filial de Red Eléctrica Española. Unos y otros, desde la más agria desconsideración y el más profundo desprecio; a despecho de las ayudas españolas a uno y otro país, antes y después del desgraciado periodo diplomático que engloban los dos últimos Gobiernos socialistas, a cuyo desnortamiento en política exterior se debió antes, como inductor precedente de lo sucedido con YPF, el caso de Aerolíneas Argentinas, y como pago de la munificencia volcada sobre Bolivia, esta expropiación de una empresa eléctrica. Por la que ofrecen pagar, desde una sarcástica estimación del correspondiente justiprecio, la tercera parte de lo invertido en ella por España.
La lectura de uno y otro desaire expropiatorio, aunque se hayan perpetrado en tiempos de este Gobierno, no hubieran sido concebibles sin el previo imperio del paradigma zapateriano. Dice el proverbio que los males no suelen llegar solos. Especialmente cuando comparten la misma causa, idéntica fuente. Insistir en ello, orientarse en el paradigma puede tener infinitamente menos de retórica autoexculpatoria que de bastón con que ir a tientas y apoyarse en la oscuridad del caos recibido como herencia.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
Primo González
José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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