El 10 de diciembre de 1992, Indro Montanelli, el nombre más ilustre de cuantos haya dado el periodismo universal del siglo XX, bajo el título de “Dios salve a la reina”, publicaba, en Il Corriere dalla Sera, un breve artículo de opinión, con ese su fino estilo de ironía y sutil sarcasmo, hasta ahora inimitable, y que caracterizó toda su vastísima obra, desde el ensayo, la historia, obras de ficción, hasta sus corresponsalías de guerra, – entre ellas las que enviaba a su periódico desde los frentes de la Guerra Civil española -, las entrevistas o los breves, pero punzantes cursivos con que diariamente conectaba con sus millones de lectores, adictos de indromontanellinismo, entre los que me contó y continúa contándome. Sobre todo después de haberle tratado durante años y haberme honrado, inmerecidamente, con su generosa amistad.
“Dejemos a los coleccionistas de chismorreos, – escribe Indro Montanelli – , a los que tanto gusta enredar entre las sábanas del prójimo, sobre todo si son reales, la vida íntima de Carlos y Diana. Que él sea un marido infiel, sin alguna duda lo creemos y no nos extraña en absoluto. Lo que sí nos sorprende es que ella haya hecho de todo esto un drama público y, ahora, un caso de separación oficial ¿Es que quizás ignoraba que, casándose con el Príncipe heredero, desde que existen los reyes existen, también, las favoritas, es más, forman parte de las reglas; y que si para cualquier mujer los cuernos son, y no siempre, una desventura o una desgracia, para una Reina forman parte de los deberes profesionales (con derecho, por supuesto, de revancha)? A los Soberanos no se les pide fidelidad conyugal. Se les pide un poco de cautela. El Príncipe Carlos ha tenido muy poca; Diana, a punto”.
“No te pido que seas casto, sé cauto”, recuerdo que le dijo el general Camilo Alonso Vega, por aquel entonces ministro de Gobernación, a un íntimo amigo mío el día de su toma de posesión, – ceremonia a la que asistiría – , como Gobernador Civil de Cuenca.
“De todo este banal asunto, – continua escribiendo Indro Montanelli – , el caso más conmovedor, el único que verdaderamente toca nuestra conciencia, es el de una gran mujer (la Reina Isabel) que, después de haber servido ejemplarmente la causa de la Corona y de la Dinastía, sacrificando a ambas toda su vida privada, ve ahora comprometido el futuro por culpa de los caprichos de sus hijos. La separación no tendrá consecuencias sobre la sucesión. Pero sí sobre el prestigio de la Institución y lo que provocará en el futuro.
Y esto sucede, precisamente a aquella que ha encarnado mejor que nadie la gran época victoriana y sin ningún “desvarío” como su ilustre y puritana ascendiente, la Reina Victoria que ante los cuernos con los que la adornaba su marido, se “consolaba” con los “favores” que exigía del fornido responsable de las caballerizas reales.
Declarándome, de antemano “juancarlista”, yo, como cualquier otro de millones de mis conciudadanos, tiene la sospecha, evidentemente no fundada en pruebas evidentes, de que al monarca español, entre sus muchas virtudes, no le adorna, precisamente, la de la fidelidad conyugal, aunque no sea nada más que por ascendencia genética, la más próxima perteneciente a su abuelo el rey D. Alfonso XIII. Y porque de “casta le viene al galgo”, la dinastía de los Borbones, como, por otra parte, la mayor parte de la realeza que en el mundo ha sido, tuvo especialmente activa su mezcla en intrigas y aventuras extraconyugales.
Quizás históricamente la más famosa infidelidad al tálamo real, por la celebridad de sus personajes ha sido la de ese directo ascendiente de Don Juan Carlos, Luis XV de Francia cuya primera y más amada favorita, conocida durante un fastuoso baile de máscaras en el Palacio de Versalles, fue Jeanne Antoinette Poisson, Marquesa de Pompadour, título adquirido de su segundo marido. Miembro de la corte francesa, bella y refinada, educada en las ursulinas, actriz y cantante, tocaba el clavicordio, animó y procuró el financiamiento de la “Enciclopedia francesa” de Diderot y D’Alambert; de rostro pequeño y ovalado, se rodeó de literatos y filósofos, entre ellos Voltaire. Propició el embellecimiento de las grandes obras públicas de París, por ejemplo la construcción de “La Plaza de la Concordia”. Amante de objetos refinados protegió la famosa porcelana de Sèvres y se dice que las hoy todavía modernas copas de champagne son el exacto calco de sus pechos. Le gustaba acompañar a su augusto amante, el Rey de Francia, a partidas de caza y le animó para que firmara el decreto que suponía la supresión en Francia de la Compañía de Jesús en 1763.
La reina de Francia y esposa de Luis XV, la princesa polaca María Leszczynska, hija del destronado Rey de Polonia Estanislao I Leszczynski llegó a decir: “Si debe haber una amante, mejor ella que ninguna otra”. A Madame Pompadour se le atribuye la frase: “Au reste, après nous, le deluge” (“Al fin, después de nosotros, el Diluvio”). Murió de congestión pulmonar en Versalles, en 1764, a los solos 42 años. Voltaire escribió sobre ella un sentido y preciosísimo elogio fúnebre.
En esta imprevisible parábola y como, más o menos, rezan los rótulos de fin de muchos films de pura invención “la posible coincidencia con hechos reales es puramente casual”.
Que la princesa que viene del Este, la bella alemana Corinne Larson, Corinne Zu Sayn-Wittgenstein, – que debe su título a Casimir Zu Sayn-Wittgnstin, su segundo marido, introducida toda la alta sociedad madrileña, merced no sólo a su gracioso porte aristocrático sino a sus buenas y exquisitas maneras, que es amante del arte y la caza y de la que hoy habla toda España, a través de las revistas patinadas que se leen, fundamentalmente, en peluquerías y en las salas de espera del dentista y entre los que curiosean la Red en Internet – , tenga algo que ver con Madame Pompadour es, también, pura y casual coincidencia.
También España, como la Sèvres en Francia, ha tenido la Real Fábrica de porcelanas del Buen Retiro, fundada por Carlos III y la Real Fábrica de vidrios y cristales de La Granja, cuya fundación de debe a Felipe V, el primer rey de España perteneciente a la Dinastía francesa de los Borbones;…y ¡quién sabe¡ Bueno, esto es una broma.
Decía la reina Cristina de Suecia, que de estas cosas se entendía: “Los placeres de larga duración dejan de ser placeres”. Y el periodista y novelista francés del siglo XIX, Jean-Baptiste Alphonse Karr, dejó escrito que “La mujer para el hombre es un fin, mientras que el hombre para la mujer es un medio”. La agudeza de Madame de Staël dejó a la posteridad frases lapidarias como éstas: “La libertad es incompatible con el amor. Un amante es siempre un esclavo”. “El amor gusta más que el matrimonio por la misma razón que las novelas son más divertidas que la historia”.
Desde su destierro romano, Faruk, el destronado rey de Egipto, comentaba un día que de “reyes inamovibles en el mundo sólo hay cinco, los cuatro de las cartas de póker y el rey (reina) de Inglaterra.
Bien entendido que Faruk no llegó a tiempo de conocer a Sofía de España. De lo contrario hubiera cambiado el póker por el de la escalera real incluyendo a su Majestad la Soberana española.
¡Dios salve a la Reina!

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