Nº 1572 -  2 / VIII / 2014 
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El viejo cañón

Ofensiva de primavera en Afganistán

Alberto Piris
 

El pasado 15 de abril, la guerrilla insurgente desencadenó un vasto ataque simultáneo contra diversos objetivos en la capital afgana y en varias provincias orientales. Fue la primera sacudida de la anunciada “ofensiva de primavera” de los talibanes que, a pesar de haber sido afrontada con aparente éxito por las fuerzas armadas y de seguridad afganas, que aniquilaron a todos los asaltantes, ha dejado en el aire algunos serios interrogantes que es necesario considerar.

Se trató de la mayor operación montada por los jefes talibanes, en coordinación con los combatientes del grupo Haqqani, en los once años de resistencia armada desde que fueron expulsados del poder por la invasión de la OTAN en 2001. Numerosos guerrilleros, provistos de chalecos explosivos, lanzacohetes, coches bomba y armas portátiles, atacaron por sorpresa varios edificios gubernamentales, embajadas e instalaciones de la OTAN, contra los que mantuvieron un tenso enfrentamiento durante unas 18 horas.

La información oficial proporcionada por EE.UU. y la OTAN tras el fin del ataque se ha esforzado por minimizar la importancia de la operación, insistiendo en que todos los atacantes fueron abatidos y que no fue necesaria la intervención directa de las fuerzas aliadas. El Secretario de Defensa de EE.UU. declaró: “No obtuvieron ninguna ganancia táctica. Fueron ataques aislados efectuados con fines simbólicos y no recuperaron ningún territorio, así que resultaron ineficaces”.

Estas palabras parecen referirse a cualquier otra guerra menos a la que tiene lugar en Afganistán. Las grandes ofensivas de las dos guerras mundiales del pasado siglo, y las guerras en Corea o Vietnam, se desencadenaban para recuperar o ganar territorio, por lo que el éxito o el fracaso se medían en kilómetros de avance o retroceso; también los partes de guerra aludían al número de cadáveres enemigos abandonados en las trincheras. Nada de esto es de aplicación en la guerra de Afganistán. El ataque de la insurgencia buscaba, por encima todo, poner de manifiesto las debilidades del Gobierno de Kabul y de la OTAN; no pretendía apoderarse del piso que ocupa una embajada en Kabul o el edificio del Parlamento nacional. Y ha alcanzado su objetivo a cambio de las 39 bajas sufridas en la acción.

El ataque ha puesto de relieve la fragilidad de las pomposamente denominadas “zonas verdes” que protegen los centros de mando y gobierno de las fuerzas ocupantes y de las autoridades locales. Si ni siquiera el corazón de Kabul está protegido frente al enemigo ¿qué seguridad pueden garantizar el Gobierno local y sus aliados extranjeros a la población del resto del país? Esto es lo primero que ha venido a mostrar este ataque ante la opinión pública mundial.

En segundo lugar, la repercusión de estas acciones tanto en la ciudadanía de EE.UU. como entre los afganos tiene efectos notables. Si en 2009 una encuesta del Washington Post revelaba que el 56% de los estadounidenses consideraba necesaria la guerra, en marzo pasado este número había bajado hasta el 35%, mientras que un 60% opinaba que la guerra no merecía ya la pena. El ataque del 15 de abril, habrá acentuado aún más estas cifras. Aun sin ganar kilómetros sobre el terreno, la continuada acción guerrillera sí gana las mentes de los dos bandos enfrentados: hace ver a los afganos que ellos son los que seguirán allí cuando las fuerzas extranjeras abandonen el país, y muestra a la opinión pública occidental la inutilidad de la guerra.

Otra debilidad de la OTAN y del Gobierno de Kabul que el ataque ha revelado es la escasa fiabilidad de sus servicios de inteligencia. Con toda seguridad, en la planificación de la operación habrán intervenido varios cientos de personas, incluidos los suicidas que protagonizaron las acciones más audaces en el corazón de Kabul. Se habrían estudiado con detalle las rutas de aproximación y ataque; se habrían distribuido previamente armas, vehículos, munición y medios auxiliares; entre la población local se ocultarían los informadores y los grupos de apoyo. Nada de esto fue descubierto por la CIA ni por los servicios afganos de inteligencia, por lo que la sorpresa alcanzada por los atacantes fue total.

Un dato alentador entre tanto desastre: apenas hubo víctimas civiles, probablemente debido a que los asaltantes buscaban objetivos de muy alta significación y a que las fuerzas de seguridad afgana han mejorado sus procedimientos operativos. No es descartable sospechar que parte de la población, alertada por conductos opacos de lo que se le venía encima, supo protegerse a tiempo.

Así están las cosas en Afganistán, donde los rebeldes perfeccionan sus medios y procedimientos a la vez que lo hacen las fuerzas de seguridad, con lo que se llega a la insólita coyuntura política que algunos definen como “un punto muerto en perpetua escalada”.

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