Nº 1690 -  28 / XI / 2014 
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Universo infinito

El viaje de estructura económica V

Ramón Tamames
 

La tacita de plata y camino de Málaga

El jueves 29 de marzo del turbulento 2012 en que estamos, inicié una serie sobre “El viaje de Estructura Económica”, del que hoy cubrimos su quinta etapa; que transcurre en Cádiz —ciudad hoy muy en boga por conmemorarse este año la Constitución de 1812— y que fue parte muy notable en la tradición oral de mi familia: mi padre la evocaba continuamente como el paraíso de su niñez y primera juventud. Con recuerdos de una época en que él y su hermano Fermín, en tiempos de asueto, discurrían por las playas al Este y Norte de la ciudad para leer, sobre la arena, en las largas tardes de verano. Según me dijo mi progenitor:

— Generalmente, folletones; de Julio Verne o Salgari, o Dostoievski o Shakespeare. El Quijote, no nos atraía en esas ocasiones, porque vuestro abuelo bien que se ocupó de metérnoslo en la cabeza al enseñarnos a leer y escribir… como después haría con vosotros.

Con esa especie de nostálgica visión del pasado, transmitida por las conversas con mi señor padre, siempre Don Manuel, convencí a mi compañero de viaje, Pedro Ramón Moliner para ir en autobús a San Fernando, a tomar pescaíto frito. Y allí visitamos lo que quedaba de los Baños del Zaporito, un balneario clásico de principios del siglo XX, que mi abuelo frecuentó durante años, para completar su menguado sueldo de maestro: pluriempleado por las tardes, de contable de los baños.

Durante nuestra estancia en Cádiz, la primera visita fue la iglesia del Oratorio de San Felipe Neri, donde se reunieron las primeras Cortes de la Nación Española para elaborar la Constitución del año doce, proclamada precisamente a la salida de esa iglesia el 19 de marzo, festividad de San José, con el célebre grito de «¡Viva la Pepa! »; que hoy se lanza a propósito de algún despropósito; pero que en el fondo recuerda el júbilo de aquella época de enfrentamiento con los franceses, cuando la Nación Española se dio a sí misma su primera Carta Magna.

Esa primera visita a Cádiz, me trajo a la memoria el libro En defensa de las Cortes, que yo acababa de leer; de Álvaro Florez de Estrada, uno de nuestros primeros economistas, diputado que fue en 1812, y que puso todo el énfasis en la necesidad de lograr una Constitución que recogiera las aspiraciones de los españoles de los dos hemisferios, de Europa y las Américas. Pero la cosa llegaba demasiado tarde, pues los emancipadores de la otra orilla del Atlántico, aprovechando las turbulencias de la guerra de la invasión napoleónica de la metrópoli, se alzaron en armas contra la presencia española, en la irreversible vía hacia su independencia.

La tacita de plata es el nombre —dicen que por la forma del recinto histórico de la ciudad— que con afecto se aplica tradicionalmente a Cádiz, ubicada como está en el fondo marítimo de la Isla de León, y defendida en tiempos por varias fortificaciones marítimas que persisten. Área en la que hoy se sitúa el parador de turismo (Hotel Atlántico); con un parque colateral muy bien cuidado en el que destaca un monolito con un busto arriba de Celestino de Mutis, el gran botánico español del siglo XIX, que estudió la flora del Virreinato de Nueva Granada, en la Colombia actual. En Santa Fe de Bogotá, su jardín de plantas lleva precisamente el nombre del gran gaditano.

La primera visión de Don Celestino la tuve precisamente en el viaje de 1952, y fue uno de los hitos de mi interés por un mejor conocimiento del reino vegetal. Por eso, con algo de humor, le he dado a la terraza de casa, donde hay un centenar largo de especies, el nombre de Microjardín botánico Linneo-Mutis. Y de la relación entre esos dos sabios, guardo una carta del sueco al español, fechada el 24 de septiembre de 1764; escrita en latín, como todavía era habitual entre los científicos, que creo me regalo el Ingeniero de Montes Rafael Ceballos que tanto hizo para que me eligieran Ingeniero de Montes de Honor en 1998.

Años después supe que Linneo, a pesar de haber sido invitado a visitar España en tiempos del Rey Fernando VI, no lo hizo nunca. No se sabe si porque estaba muy ocupado, o porque le sucedió algo similar a lo ocurrido con Erasmo; cuando dijo aquello de «Hispanian non placet», España no me gusta. Creo que más bien lo primero, porque Linneo aceptó —según me enteré en una visita al Real Jardín Botánico de Madrid—, enviar a uno de sus más destacados discípulos a España. Quien estuvo viajando por el país, y que luego pasó a las Islas Canarias y a las Américas, con gran provecho para el avance de la Botánica de las Américas. Fue Eric Löfling, quien a partir de 1751, realizó una serie de colecciones botánicas que envió a Linneo con diversidad de especies para catalogar.

En 1754, el entonces Secretario de Estado de España (equivalente a Ministro de Asuntos Exteriores), José de Carvajal, invitó a Löfling a formar parte de la expedición que estaba organizándose para fijar los límites de las posesiones de España con Portugal, entre la actual Venezuela y Brasil. Löfling aceptó la invitación y se le asignó el título de botánico real y jefe de botánicos de la expedición, con la muy concreta función la de «estudiar plantas, en especial la canela, así como la colecta de ejemplares botánicos y zoológicos». En ese viaje la muerte sorprendería a Löfling.

En diciembre de 1952, la ciudad de Cádiz tenía bastante actividad en sus astilleros al empezarse el plan de construcciones navales, del que Moliner y yo sabíamos por nuestros estudios de Estructura Económica, de una ley de 1951 que pasó a incentivar la industria naval. Y efectivamente, no lejos del puerto estuvimos viendo los astilleros del INI, donde acababa de ponerse la quilla de tres grandes buques.

— El problema de estos astilleros –nos dijo un capataz que nos acompañó durante la visita que hicimos— es que de pronto, si no hay divisas suficientes, se rompe el flujo de todo el material de importación que necesitamos, y hay que parar la obra por semanas o meses. Además –y esto lo dijo en voz muy baja— tenemos robos de materiales y herramientas todos los días… Es la escasez que padecemos de casi todo… Pero al final, los barcos, acaban botándose y hasta navegan bien…

Por lo demás, en Cádiz adonde habíamos llegado el 24 de diciembre, con la Nochebuena por delante —que celebramos con amigos del lugar en un chiringuito en la playa, con temperatura muy suave— pudimos escuchar continuamente el villancico de «Los peces en el río», como sonsonete de fondo; canto en el que se intuye, por su deje, una tristeza inacabable:

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben,
por ver al Dios nacido.
Beben y beben,
y vuelven a Beber,
los peces en el río,
por ver a Dios Nacer.

El día de Navidad los dos viajeros salimos de Cádiz, en autobús hacia Málaga, casi siempre en paralelo a la costa, atravesando San Fernando y Chiclana, para luego bordear el mar por Sancti Petri, Conil de la Frontera y El Palmar. Un área de playas espléndidas donde los pinos batidos por el viento llegan casi hasta el mar.

El Cabo de Trafalgar, donde paramos un rato, nos hizo evocar, naturalmente —en el fondo éramos unos desesperados jóvenes patriotas—, la triste batalla de 1805 en la que España, después de la previa derrota en el cabo San Vicente (1797), perdió definitivamente su protagonismo marítimo, con la definitiva victoria de la flota británica frente al combinado hispano-francés: un auténtico desastre por la ineptitud del almirante Villeneuve, a quien ni Churruca ni Gravina reconocieron capacidades suficientes, a pesar de lo cual hubieron de seguir las miserables indicaciones de Godoy. A partir de esa derrota, España perdió buena parte de sus contactos con la América española, con el resultado final de la emancipación, que terminaría en Ayacucho, en el antiplano peruano, en 1824.

En nuestro viaje de estructura económica, bordeamos el apéndice del gran Sur de España, en tierras de litoral donde el pino ya se combina con el alcornoque, y en la que el viento sopla de manera casi permanente; no en vano la llaman ahora la Costa del Viento. Finalmente, llegamos a Tarifa, donde en el puertecillo al otro lado del estrecho vislumbramos los promontorios de Marruecos, todavía bajo protectorado español, pues la independencia no llegaría sino tres años después, en 1956.

En la parada técnica de Tarifa subió al autobús una joven estudiante china, que no podía hablar con nadie. Porque el inglés, a pesar de la proximidad de Gibraltar, no era entonces idioma que utilizaran los gaditanos. La invitamos a comer en Algeciras, y nos contó muchas cosas de China, del nacimiento de la República Popular, y de cómo “la mayor parte de la burguesía hubo de poner tierra por medio para evitar las consecuencias del nuevo régimen de Mao, en su senda hacia el comunismo”. Sus padres y ella —nos dijo— se instalaron en París, donde descubrió su vocación de hispanista, no llegamos a saber por qué razones.

Esa conexión con nuestra co-viajera del más lejano oriente, tuvo cierta relevancia, como inicio de lo que con el tiempo sería una fuerte atracción por la el antiguo Celeste Imperio, pero acabar siendo casi un sinólogo. Carrera que empecé dos años más tarde, en el verano de 1954, cuando estando en el campamento de La Granja de las Milicias Universitarias, leí mi primer libro sobre Reino del Centro, de Claude Roi, Clefs pour la China.

El caso es que después de Algeciras hicimos una escala en La Línea de la Concepción donde nos acercamos a la verja para ver «la vergüenza de España», es decir, el Gibraltar británico, la Roca o el Peñón; cuyo perfil nos siguió, para mi de forma tenebrosa, durante muchos kilómetros a lo largo de nuestro recorrido hacia Málaga. En esa dirección, atravesamos zonas de alcornocales de lo que después serían el espacio físico de grandes asentamientos turísticos, de Sotogrande a Estepona. Luego, en San Pedro de Alcántara empezaron las grandes pinedas, para finalmente, arribamos a Marbella, entonces un pequeño pueblo de pescadores, y continuar luego por Fuengirola, Benalmádena, y Torremolinos.

Llegamos finalmente a Málaga, sin que yo pudiera tener, naturalmente, ni la más remota intuición de que un día sería catedrático en su Facultad de Ciencias Económicas, que aún dependía de la Universidad de Granada. El puerto, lo vimos solitario, prácticamente sin ningún barco, con un enorme silo, obviamente del Servicio Nacional del Trigo, para almacenar cereales de importación.

Próximo al puerto, paseamos por la Alameda, a la que los malagueños llaman el Parque, que se abre con el monumento a Don Antonio Cánovas del Castillo, uno de los personajes políticos de nuestro siglo XIX, sobre todo por la restauración borbónica de 1874 y por haber sido el promotor de la Constitución de 1876.

Yo por entonces no tenía apenas conocimiento de la obra y el significado de Cánovas, y en lo esencial veía su figura como la de un político retrógrada; responsable de la vuelta de los Borbones y de la propia Constitución canovista, considerada por Joaquín Costa como la farsa que dio pie a sus estudios sobre el sistema político de oligarquía y caciquismo, que persistió por décadas. Y que con su ineficacia nos llevó al 1898, con la guerra hispano norteamericana que condujo a la pérdida de las últimas provincias ultramarinas de España (Cuba, Puerto Rico, Filipinas, las Islas Marianas y las Carolinas).

Posteriormente —¿el conservadurismo que va dando la edad, o el mayor conocimiento de los hechos y los contextos?—, mi apreciación sobre Cánovas fue evolucionando en sentido más positivo, para darme cuenta de que realmente fue un patriota, aunque de acendrado pesimismo, pues veía el país sin posibilidades ya de desarrollar nada importante en la palestra internacional.

Ese cambio de estima histórica lo que experimenté en dos momentos sucesivos, el primero, cuando escribí Una idea de España (1985), sobre la base de lo que fueron mis explicaciones en la Universidad de la Sorbona, en París, en temas de civilización española; un trabajo en el que ya percibí la figura de Cánovas como un intento de estabilizar la atormentada España de guerras civiles y movimientos convulsivos de todo tipo de los tres primeros cuartos del siglo XIX. Lo que permitió el comienzo de un cierto progreso económico; aunque no supo resolver, lo más seguro que porque era insoluble, la cuestión colonial.

El segundo paso en mi mayor compresión de Cánovas, todavía no demasiado estrecho, todo hay que decirlo, se produjo cuando escribí mi novela La segunda vida de Anita Ozores. En la cual, Don Antonio aparece intercalado en la ficción, en un momento dado en crucial relación, con la propia Anita, alcanzándose el punto álgido de esa bipolaridad en la entrevista imaginaria entre los dos personajes, en el Balneario de Santa Águeda, Guipúzcoa; justo el día antes de la muerte de Cánovas por el pistolero anarquista Angiolillo, en agosto de 1897.

Aunque no soy yo quien debería decirlo, sinceramente creo que ese pasaje de mi novela no quedó demasiado mal escenificado, entre otras cosas, porque con anterioridad estuve visitando el antiguo balneario de Santa Agueda, hoy convertido en un centro de la tercera edad. El caso es que tras el magnicidio, España entraría definitivamente, de la mano de un Sagasta comparativamente menos avezado, en la fase de disolución de los últimos restos de su imperio universal.

Ya sé que todo esto, ahora, le interesa a muy poca gente en España, entre otras cosas porque no saben nada de Historia, y ni siquiera se plantean entender el país en que viven; que se quiera o no, también está hecho de sus trazos históricos. Y además, sobre todo pensando en el futuro, lo grave es aquello que decía el gran historiador Arnold Toynbee: el pueblo que no conoce su propio devenir está condenado a ser colonializado culturalmente. Como en gran medida sucede en nuestro caso.

Volviendo ahora al itinerario de Pedro y mío por Málaga, hicimos la obligada visita a la catedral de torres truncadas, «porque el dinero destinado a terminales se asignó para ayudar a la independencia de los EE.UU. » Eso es lo que se nos dijo, al menos, el improvisado Cicerone que encontramos en un espontáneo malagueño. Y luego de un paseo por la calle Larios, ancha y lucida, estuvimos almorzando en El Cabra; un chiringuito playero que nos pareció el paraíso del gourmet al mejor precio: chanquetes, conchas finas, y algún salmonete; todo con estupenda ensalada. Allí volví muchas veces en mis tiempos de Catedrático malafitano.

Y ponemos así punto final a la etapa malagueña de nuestro viaje, para ofrecer a los lectores, el próximo jueves 3 de mayo la sexta y última etapa del itinerario que dos jóvenes de sólo 19 años nuestro viaje de estructura económica. Y como siempre, a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

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