Nº 1591 -  21 / VIII / 2014 
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OPINIÓN

Inmortal Bukowski

Daniel Martín
 

Mientras las figuras de Henry Miller, Jack Kerouac, William S. Burroughs y otros “chicos malos” de la literatura estadounidense se sumergen en el olvido sin que se oigan lamentos, Charles Bukowski continúa ahí, perdiendo batallas después de muerto, gracias a esa inmortalidad póstuma –que él no estaba seguro de necesitar o, incluso, desear– que solo alcanzan los auténticamente grandes.

Porque otra cosa no, pero Bukowski fue un escritor “auténtico”, directo, mordaz, hiriente, un fiel retratista del submundo en el que vivió, un lúcido crítico del siglo XX y todas las manifestaciones culturales y sociales que se sucedieron en Estados Unidos a partir de la Segunda Guerra Mundial. “La amabilidad es una mala motivación, sobre todo cuando tiene que ver con el matrimonio o la literatura”. Cita breve que bien resume la prosa de un poeta y narrador que entendía la literatura como una lucha constante entre la vida y la muerte, como la única manera que tenía su alma, desgarrada y solitaria, de sobrevivir.

Anagrama, de nuevo con una pésima traducción, ha publicado otra colección de relatos y ensayos inéditos de Charles Bukowski con el título de “Ausencia del héroe”. Otra vez nos enfrentamos a esa prosa aparentemente desaliñada de un alcohólico que combina el humor, el dolor y la nostalgia para mostrar la incoherencia de su absoluta misantropía con el infatigable anhelo de llevar una vida tan plácida y complaciente como la del resto de sus congéneres.

Sin estar a la altura de sus novelas ni de sus mejores libros de relatos, “Ausencia del héroe” es una buena muestra de uno –junto a Ernest Hemingway, André Dubus y Raymond Carver– de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo pasado. Feroz, con el alcohol y el sexo como mascarones de proa –mientras la fama tardaba en llegar, Bukowski escribió para muchas revistas guarras que pagaban bien sus procaces relatos– nos cuenta su vida al tiempo que analiza con detenimiento el mundo de apariencias, marginalidades y mitos pasajeros que le rodeaban. No deja títere con cabeza porque para él el mundo era un lugar inhóspito.

A pesar de que la mayoría de los cuentos y artículos que aparecen en el libro tienen más de 40 años, resultan de completa actualidad. Marginal por vida, obra y voluntad, Bukowski no deja de ser un áspero descriptor de nuestro mundo. “¿Cómo era posible que la gente creyera en cosas tan opuestas con tanto rigor, tanta energía, tanta superioridad moral? ¿Cómo podían algunos estar tan seguros de que había Dios y otros tan seguros de que no lo había?”, escribe para recordarnos que en el siglo XXI poco han cambiado las cosas.

Como suele ocurrir con los libros de relatos de un solo autor, hay que leer “Ausencia del héroe” con paciencia, a pequeños sorbos. Solo así se disfrutará del enorme sentido del humor de este payaso triste que primero, cuando vivía en el arroyo, mostró una enorme nostalgia por no llevar una vida normal y que después, cuando alcanzó el éxito, sintió una tremebunda nostalgia por la marginalidad que estaba dejando atrás. Bukowski hace pensar, indigna, levanta ampollas, arranca carcajadas, es un autor total que escribía desde el fondo de su alma con una prosa seca, directa y brutal. Fue algo parecido al hermano gamberro, borracho y zafio de Raymond Carver.

La gran ventaja de Bukowski es que, pese a su vigencia, de ser bastante conocido a pesar de académicos y pedantes, sigue siendo un escritor contracultural. Da gusto que sigan apareciendo nuevos textos nacidos de su vieja máquina de escribir. No están a la altura de “Mujeres” ni “La senda del perdedor”, pero son un soplo de aire fresco dentro de un mundo literario decadente, lleno de insulsos superventas y esnobs minoritarios impulsados por las tiranías culturales. Ya no quedan genios de la fuerza de Bukowski. Y eso se paga: “Entonces supe a qué se refería Whitman cuando dijo: “Para tener grandes poetas necesitamos un gran público”. Aunque creo que funcionaría mejor a la inversa”.

dmago2003@yahoo.es

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