Nº 1656 -  25 / X / 2014 
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OPINIÓN

Conversaciones en Berlín

Josep Borrell
 

La crisis de la zona euro, y en particular la posición de España se ha agravado de repente. Después de Grecia y por delante de Italia, nos hemos convertido en el eslabón débil de la zona euro y se nos empieza a considerar como el nuevo talón de Aquiles de Europa. Así se ha puesto de manifiesto en la reciente Conferencia en Berlín del Instituto por un Nuevo Pensamiento Económico, en la que la situación de la economía española, y especialmente la de sus bancos, ha sido la gran preocupación. La desconfianza se ha instalado gravemente sobre la capacidad de cumplir los objetivos de déficit, recuperar el crecimiento y restablecer los circuitos del crédito.

España puede ser la próxima víctima de la equivocada política que Alemania está imponiendo a Europa basada en un visión aritmética y corto placiste de reducción del déficit público. Leer la prensa europea es realmente preocupante. Desde calificar como “misión imposible” los objetivos que se plantea el gobierno de Rajoy, o que le obligan a asumir a pesar suyo, hasta preguntarse cuanto tiempo tardara España en tener que pedir la ayuda de Europa para acudir en ayuda de parte del sistema financiero. Hace tres años el gobierno Zapatero se felicitaba de tener el sistema financiero más sólido del mundo y de no haber invertido en las subprimes americanas que causaron la crisis financiera global, pero la explosión de nuestra burbuja inmobiliaria está teniendo efectos muy graves en los balances de nuestros bancos y cajas. Y la historia no se ha terminado porque todo indica que los precios deberán seguir bajando.

Y sin embargo, el endeudamiento del sector público español, a pesar de haber aumentado mucho, casi doblado desde el inicio de la crisis, sigue siendo menor que el alemán. Nuestro mayor problema es el endeudamiento privado, la sequía de los circuitos de crédito y, en consecuencia, la falta de expectativas de crecimiento. Por eso los mercados reaccionan aumentando la prima de riesgo a pesar de los sucesivos recortes del déficit público. Casi podríamos decir que a causa de ellos porque saben que ningún país puede pagar sus Deudas ahogando el funcionamiento de su economía. Y si todos los sectores, públicos y privados, familias, empresas y bancos, disminuyen drástica y simultáneamente la actividad, reducen el consumo, se desendeudan y dejan de financiar inversiones, la recaudación fiscal caerá y el déficit aumentara, exigiendo mas austeridad …y así en un ciclo infernal.

Hay suficientes experiencias históricas de que esas curas de austeridad aplicadas a todos a la vez, sin posibilidad de una devaluación del tipo de cambio nominal, no funcionan. En la conferencia de Berlín se ha analizado la intensidad de las reducciones salariales y de los servicios y subsidios públicos necesarios para recuperar competitividad, y son tan grandes que es muy difícil pensar que se puedan aceptar sin una grave agitación social.

Y además con pocas posibilidades de conseguir reducir el déficit por el efecto recesivo que provocan las propias medidas de austeridad. El acuerdo que Rajoy arranco a Bruselas de que el déficit del 2012 fuese el 5,3 % ha saltado por los aires bajo la presión de los mercados apenas una semana después de presentar el Presupuesto. El gobierno ha respondido con otros 10.000 millones menos para educación y sanidad. Pero nadie en Berlín creía que ese striptease presupuestario fuera a calmar a los mercados. En realidad, pensar que los efectos expansivos de una contracción fiscal devuelven la confianza a los agentes económicos se parece cada vez más a un cuento de hadas.

Y mientras esperamos que vuelva el hada de la confianza, los planes de austeridad impuestos a la Europa del Sur aparecen cada vez más como fiscalmente ineficaces, socialmente peligrosos y económicamente inalcanzables. Las políticas de consolidación fiscal que han tenido éxito en Canadá o en Suecia han ido acompañadas de políticas monetarias expansivas y devaluaciones nominales del tipo de cambio.

En Bruselas deberían entender que es necesaria más flexibilidad para que se recuperen los equilibrios presupuestarios y la competitividad de las economías del sur para reducir sus desequilibrios comerciales exteriores, lo que exige inversiones, reformas y sobre todo tiempo para aplicarlas Hacen falta planes plurianuales y no objetivos anuales que pierden credibilidad al día siguiente de haberse anunciado. En Berlín se decía medio en broma medio en serio que acabaremos inspirándonos en los planes quinquenales de China!

Pero lo más urgente es un saneamiento rápido y profundo de buena parte de nuestro sistema financiero. En Berlín se habló abiertamente de la necesidad de un rescate europeo de parte de parte de la banca española y desde entonces se ha repetido y escrito varias veces. La realidad es que buena parte de nuestros bancos están en un impasse peligroso. Aunque sus antiguos responsables se hayan retirado con pensiones multimillonarias y se paseen por Madrid con coches de lujo y guardaespaldas, lo cierto es que han dejado detrás un paisaje preocupante. El tercer banco español, CaixaBank ha presentado esta semana sus resultados del primer trimestre, un 84 % más bajos que los de hace un año. El retorno de la recesión, la depreciación de los activos inmobiliarios y las exigencias del Banco de España de provisionar 52 mil millones de euros disminuyen sus beneficios.

Menos mal que el BCE les presta dinero al 1 % para que compren Deuda al 5 %, lo que es una manera fácil de ganar dinero. Pero este remedio ni es suficiente ni sostenible. Tampoco lo es una guerra por conseguir pasivos a costes cada vez mayores.

Apelar a los instrumentos financieros europeo, no para financiar al gobierno, sino para recapitalizar los bancos, es legalmente posible y económicamente razonable. Pero por supuesto no exento de riesgo político. Todo dependerá de la evolución del valor de los activos inmobiliarios que lastran los balances bancarios. Cuanto más caigan, y parece que deberían seguir cayendo, más difícil será su situación. Y los créditos dudosos han rebasado ya el 8 %,la cifra más alta de los últimos 18 años. No es extraño que las milagrosas esperanzas que se suponía traía el cambio de gobierno se estén estrellando con una realidad cada vez más difícil. Esperemos que las elecciones francesas cambien el escenario político en Europa y nos permitan ensayar otras soluciones.

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