Nº 1654 -  23 / X / 2014 
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El viejo cañón

Morir en la mar

Alberto Piris
 

Los asuntos náuticos, en su versión trágica, parecen haberse puesto de moda en el escenario internacional. Además de la extensa y tan publicitada conmemoración del hundimiento del Titanic, del incidente doblemente italiano (por la bandera del buque y el lugar del siniestro) del Costa Concordia y de la confusa actuación de algunas unidades aeronavales de la OTAN (cuya identificación aún no se ha comprobado), que parece haber propiciado la muerte de 62 emigrantes africanos en aguas mediterráneas -y a la que me referí en mi colaboración de la pasada semana-, acaba de conocerse un nuevo suceso que afecta a un lujoso buque de crucero y que no deja en buen lugar la reputación de su tripulación ni su cumplimiento de las más elementales y humanitarias leyes del mar.

Según se lee en el diario británico The Guardian, el crucero Star Princess, de la compañía Carnival Corporation, (también propietaria del citado Costa Concordia) navegó el pasado 10 de marzo en las proximidades de un pequeño pesquero panameño en situación de extrema emergencia, sin detenerse a prestar la requerida ayuda, a pesar de que algunos pasajeros avistaron la embarcación y alertaron a la oficialidad del crucero. Como consecuencia de ello, murieron dos de los tres tripulantes del panga Fifty Cents, de bandera panameña.

Hasta aquí, los hechos tal como se conocen en este momento. La manera como han llegado al público implica una cadena de casualidades que no siempre llegan a coincidir, lo que hace sospechar que incidentes de este tipo no son extraños. A bordo del crucero, que realizaba un viaje de placer desde Ecuador a Costa Rica, viajaban tres aficionados a la observación de aves, residentes en EE.UU. Se hallaban en cubierta, provistos de potentes prismáticos, cuando uno de ellos divisó el diminuto pesquero: “Vi una pequeña y extraña embarcación, con una persona que agitaba un trapo sobre su cabeza. La embarcación no se movía, tenía las redes recogidas a bordo y nos preguntamos si podría estar perdida o averiada, y que por eso nos hacía señales”.

Informaron del hecho a un oficial uniformado, quien dijo que avisaría al puente. Sin embargo, el crucero siguió navegando. Uno de los observadores comentó que estaban seguros de que la alarma habría sido dada y que el buque no tardaría en virar. Como no lo hacía, decidieron avisar por su cuenta a la Guardia Costera, pero tuvieron dificultades para hacerlo y no parece que su correo electrónico alcanzara destinatario alguno. Supusieron que, al no haber tomado el crucero ninguna medida de salvamento, esto se debería a que ya estaba dado el aviso y se hallarían en marcha las operaciones de rescate del panga.

Ahora interviene otro personaje providencial, Don Winner, un periodista inglés residente en Panamá, donde publica en Internet una guía turística del país (www.panama-guide.com). Éste se interesó por la aventura de un joven pescador panameño de 18 años, Adrián Vásquez, que había resistido 26 días, en condiciones increíbles, en un pequeño pesquero a la deriva. Había sido rescatado el 23 de marzo, cerca de las Galápagos, hasta donde llegó tras averiarse el motor de su embarcación el 24 de febrero. Sobrevivió con agua de lluvia y parte de la pesca que tenía a bordo. Cuando fue rescatado, pidió hacer dos llamadas telefónicas: una a su madre, y la otra a su jefe en un hotel panameño, para explicarle por qué no había ido a trabajar durante esos días. ¡Admirable sentido del deber!

Cuando uno de los ornitólogos aficionados, la Sra. Meredith, se enteró de que el pescador protagonista de la extraordinaria aventura era el hombre que habían observado pidiendo auxilio el 10 de marzo, desde la cubierta del Star Princess, se puso en contacto con Winner y le envió las fotos que había tomado. Aquel mismo día, por la noche, murió deshidratado el mayor de los tres pescadores, de 24 años, y cinco días después, el más joven, de 16 años. Vásquez tuvo que arrojar por la borda los cadáveres en descomposición. Cuando Winner le mostró la foto tomada desde el crucero, confirmó que se trataba del Fifty Cents.

Winner publicó también fotografías de satélite que mostraban la presencia en la zona del Star Princess en la fecha indicada. Un portavoz de la compañía declaró el martes pasado, tras la publicación de este trágico suceso, que estaban desarrollando una investigación sobre el caso y añadió: “Estamos muy entristecidos al saber que se perdieron dos vidas en aquella embarcación, y nuestros pensamientos y oraciones están con las familias de los muertos”, dando una excelente muestra de espíritu cristiano.

Tanto en este penoso suceso, como en el del helicóptero y el buque de la OTAN de los que se sospecha que eludieron la obligación de socorro en la mar en el otro incidente citado, existen, pues, investigaciones en marcha. Pero en ambos casos, tuvo que ser una azarosa cadena de acontecimientos la que permitió que salieran a la luz unas conductas supuestamente culpables, atribuibles a algunos profesionales de la mar cuyos códigos éticos parecen haberse degradado peligrosamente. Desde el inmenso Titanic hasta el diminuto Fifty Cents, es como si hubiera distintas leyes del mar para ricos y para pobres. Bien es verdad que el mar no tiene por qué disfrutar de una calidad moral que en tierra ya es poco común.

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