Nuestro Rey ha metido la pata. Regia y claramente. No porque haya ido a cazar elefantes, en otras circunstancias a poca gente hubiera escandalizado, no porque alguien le haya podido pagar el safari (no me extrañaría que la propia empresa lo haya invitado porque mostrando posteriormente a clientes millonarios la imagen del Rey, de Clinton o de cualquier famoso obtenga con ello una excelente publicidad). El meollo de la metedura de pata o de la ligereza del monarca está en que se vaya a cazar elefantes, un pasatiempo lujoso y caro, AHORA.
En las circunstancias que atraviesa nuestro país y las últimas peripecias de la familia real resultaba una temeridad si trascendía. Y, dado el mal fario de la familia en estos meses, ha trascendido.
La profundidad del impacto de la revelación de la cacería en la opinión pública española hace aconsejable que Don Juan Carlos de alguna explicación o disculpa sincera.
Ahora bien, cuestionar la forma de estado por este desliz, plantearse que el rey abdique,- no parece que Tomás Gómez sea el más adecuado para plantear el tema, un hombre que en su reciente trayectoria pública dejó una deuda, revelada ahora de 240 millones de euros en el pueblo de Parla y no abandonó exactamente la política-ensañarse, con la desmesura de algunos, con el monarca… parece una injusta exageración.
Olvidar su trayectoria de más de treinta años, el papel que jugó para traer la democracia, el respeto que ha mostrado de sus reglas y de su limitado papel en la Constitución votada por los españoles,- he visto como repetía en el extranjero en los años de la transición que las decisiones en España las tomaba el gobierno elegido por el pueblo y que el las observaba escrupulosamente-, olvidar su vital papel el 23 de Febrero de 1981, no tener en cuenta lo enormemente beneficioso que resultan para nuestros intereses la simpatía que despierta en el extranjero y los contactos privilegiados que ha sabido con extraordinaria mano izquierda anudar- también soy un testigo privilegiado de esto último-hacer tabla rasa con esto por la pifia de la inoportuna cacería es injusto y claramente contraproducente
Don Juan Carlos ha dado pie para que republicanos, cierta izquierda creciente, los separatistas que ven regocijo en cualquier motivo de disgregación de España, sus enemigos personales, que los tiene, y bastantes españoles, apurados económicamente en estas fechas, se irriten. Ha llevado agua al molino de alguno de los referidos que quieren acabar con la institución. Su trayectoria, sin embargo, de defensa tenaz y entusiasta de todo lo que huela a España, un contrato en Estados Unidos, una reivindicación política, la consecución de la celebración de un acontecimiento importante en nuestro territorio, el apoyo discreto y eficiente a la candidatura de un español han sido una firme constante en estos treinta y siete años.
Resulta curioso que la intervención de nuestro rey para conseguir para España el contrato del siglo en Arabia saudita obtenga, por razones de discreción, unas pobres líneas en nuestra prensa y el episodio del elefante levante una polvareda sin precedentes que cubre todo.
El Rey ha metido la pata, hasta el fondo. En su reinado, habrá una antes y un después del vía crucis de elefante. El episodio, por otra parte, tendrá efectos benéficos, es una lección para el monarca que no repetirá deslices lamentables como éste. Pero magnificarlo intentando, advertida o inadvertidamente, borrar precipitadamente toda su labor de estos años es un dislate.

Pablo Sebastián
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