AC/DC, el legendario grupo australiano de rock, a punto de cumplir los 40 años como prueba de que existe la fuente de la eterna juventud, se ha convertido en una constante en las bandas sonoras de los filmes del siglo XXI. Hasta tal punto, que es imposible saber concretamente en cuántas películas suena alguna de sus canciones. Ahora mismo, recuerdo que la única escena con interés de “The Karate Kid”, la de Jackie Chan, era la del inicio del torneo al ritmo de “Back in black”.
La gran virtud de AC/DC es conseguir inyectar adrenalina al espectador por muy pesada que sea la película. En “Megamind” o “Niños grandes”, solo los australianos alcanzan la excelencia. Y son vehículo indispensable para la fuerza de “Iron Man” o para que los títulos de crédito de la versión americana de “Los hombres que no amaban a las mujeres” sean los mejores de lo que llevamos de siglo.
De todas maneras, cuando uno se fija tanto en las canciones que adornan una película, ahora que la moda del videoclip se ha establecido con perniciosas consecuencias para el tempo dramático, es que algo huele a podrido en Dinamarca, es que uno está pendiente de los detalles porque se aburre con el filme.
En la primera escena de la recién estrenada “Battleship”, el protagonista, Taylor Kitsch –el mismo del ruinoso “John Carter”–, sale con pelo largo. Luego, unos años más tarde, jugando un partido de fútbol, lleva el pelo corto. Y uno tarda más de cinco minutos en darse cuenta de que es el mismo personaje, el mismo actor, el mismo rostro. Nunca en el cine se había intentado promocionar a una estrella con tan nulo carisma. Los productores de hoy en día sabrán de números, pero de cine…
Otro detalle nimio más. Porque “Battleship”, larguísima, es una película de 200 millones de dólares con efectos especiales de gran calado, guión de telefilme y actores que ni siquiera pasarían un casting de una telenovela amazónica. Todo es previsible, calculadamente académico, no hay sorpresas argumentales y uno hasta siente alivio cuando todo lo que había previsto se cumple con precisión matemática, completamente anticlimácica.
Lo del elenco es alucinante. Por ahí anda Liam Neeson, para ganarse unos dólares. La celebrada y neumática Brooklyn Decker, sin atractivo, tiene un buen escote. Y a Rihanna, la popular cantante, se le nota que lo pasó bárbaramente cuando rodaba este telefilme de desmesuradas ínfulas. Y es de lo mejorcito.
Es en películas como “Battleship” cuando AC/DC cobra todo su protagonismo. El director, Peter Berg, debió de darse cuenta del carácter plúmbeo de la película, porque los australianos no suenan una sola vez, sino dos, dos canciones que suponen los dos momentos culminantes del gigantesco mas romo espectáculo. Aunque, en los títulos de créditos finales, llega otra sorpresa: suena “Fortunate song”, de la “Creedence Clearwater Revival”, magnífico colofón sin imágenes a un filme que, después de todo, está basado en un juego de mesa a su vez creado a partir del antañón combate de barcos de papel y boli. Alucinante.

Pablo Sebastián
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Marcello
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