Nº 1656 -  25 / X / 2014 
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Universo infinito

El viaje de estructura económica III

Ramón Tamames
 

Córdoba La Llana: la familia infante Rüch

En las dos entregas anteriores de esta serie sobre un viaje de estructura económica 1952, nos ocupábamos primeramente de la visita al kombinat de Puertollano del INI, de carbón y gasolina sintética, para pasar en una segunda etapa a los vinos de Manzanares de La Mancha. Y así dejábamos la narración la semana pasada cuando los dos viajeros —Pedro Ramón Moliner y el que esto suscribe— salíamos de Manzanares, en un vagón de tercera de la línea Madrid-Córdoba, con todo el escenario costumbrista de la época: madres dando el pecho a sus rorros, obreros con sus hatillos yendo a las fábricas de azúcar o a las destilerías de alcohol, viajantes del comercio, guardias civiles con sus tricornios encharolados, soldados rasos de permiso en ida (alegres) o de vuelta (menos entusiastas). Y ¿cómo no, el típico inspector de policía con gabardina abrillantada por el uso, pidiendo, como siempre, la documentación; acompañando sus pesquisas con preguntas sobre de dónde se procedía adónde se iba y para qué.

Y así pasamos, con algún duermevela que otro, las siguientes cuatro horas para un recorrido de unos 200 kilómetros, por parajes manchegos que nos sonaban pero que no habíamos visto nunca hasta entonces: Santa Cruz de Mudela («por aquí viene mucho el Caudillo a cazar la perdíz de pata roja»), Almuradiel, Despeñaperros, La Carolina («esta fue una de esas colonias de Sierra Morena que fundó Olavide durante el reino de Carlos III), Bailén (varios comentarios sobre la batalla en que las fuerzas españolas, al mando del General Castaños derrotaron por primera vez a la Grande Armée de Napoleón, 1808), Andújar («mucho aceite hay por aquí»), El Carpio («fincas del Duque de Alba»), y finalmente Córdoba, ya plenamente amanecidos. Allí nos esperaba, en la estación, un amigo mío al que haré otras referencias en las Memorias, Carlos Infante Rüch.

Carlos, desde que yo le conocí unos años antes, era persona siempre inquieta por encontrar el sentido de la vida (sobre todo el suyo propio, claro), lo cual le llevó primeramente a iniciar la carrera Ciencias Económicas; aunque con el tiempo la abandonaría para hacerse médico, siguiendo la tradición familiar. En el encuentro de Córdoba aún estaba en Económicas, y aún seguía cuando en Londres, en 1954/55, ambos estuvimos matriculados en cursos de la London School of Economics y participamos en toda clase de episodios que tal vez otro día referiré a los lectores de Republica.com.

Pero ciñéndome ahora al paso por Córdoba en nuestro viaje de estructura económica, recordaré que Pedro y yo fuimos acogidos con extraordinaria hospitalidad por la familia Infante-Ruch en su casa, ubicada en las estribaciones de la Sierra, a tres o cuatro kilómetros del centro de la ciudad de los Califas. Era una vivienda moderna, no típicamente andaluza, sino de un arquitecto innovador, de los que por entonces ya tenían la extraña afición de hacer los dormitorios con ventanas apaisadas y en lo alto; en la necia idea de que todo eso era muy funcional, pero con el resultado de que para divisar la belleza del entorno había que subirse a una silla.

Allí en casa de los Infante-Rüch tuvimos muy animada conversas con el pater familias, la señora de la casa y los dos hijos. El Sr. Infante era médico, homeópata, algo que según nos explicó él mismo: significaba que en sus tratamientos se tienen en cuenta los diversos equilibrios del cuerpo humano, practicando la medicina sin otros específicos que la flora natural; en contra de los largos y complejos procesos de medicación con la farmacopea convencional.

El Dr. Infante hablaba con gran entusiasmo de su especialidad, viviendo en evidente felicidad con su esposa, una señora de muy buena presencia, noruega de nacimiento. A quien había conocido cuando ella, muy jovencita, vino a España para estudiar el idioma.

El matrimonio también se llevaba bien con sus dos hijos, Carlos a quien ya me he referido, y Ernesto, entonces de unos 12 o 13 años y que nos miraba a los viajeros con gran admiración; como si procediéramos de tierras lejanas y como si estuviéramos empeñados en grandes pesquisas en el periplo que estábamos haciendo.

Con el tiempo, Ernesto se hizo médico como su hermano y con mayor provecho. Se especializó en neurología y después de múltiples estudios y trabajos, se instaló en Houston, Texas; donde actualmente practica su profesión con gran éxito, situado en el cuarto lugar del ranking mundial de neurólogos. Con él me veo frecuentemente, casi todos los años, cuando viene a España por Navidad o durante el verano; siempre con gran entusiasmo por la vida, y sin perder para nada su acento cordobés de excelente dicción.

Juntos con Carlos, y en ocasiones también con Ernesto, los viajeros visitamos los principales monumentos de Córdoba, incluyendo la mezquita con su catedral en el interior. Como también fuimos a ver las ruinas de Medina Zahara, y el alcázar de los reyes cristianos con sus hermosos jardines y fuentes. Y estando en la Mezquita-Catedral, recuerdo muy bien una conversación en la que Carlos, con gran sabiduría, a pesar de no superar los 20 años, nos dijo en tono casi profesoral:

— Los que dicen que habría de devolverse la mezquita al culto musulmán exclusivamente, restaurando así una pretendida legitimidad histórica, no tienen ni la más ligera idea…

— ¿Y eso? – preguntó Pedro Ramón Moliner tan circunspecto como siempre.

— Muy sencillo. Aparte de que la mezquita está edificada sobre una antigua basílica cristiana de la época visigótica, lo cierto es que sí no se hubiera instalado la catedral dentro de ella, tras la conquista, de la gran mezquita no habrían quedado ni las piedras del patio de los narajos. Es lo que sucedió en Medina Zahara, de donde se llevaron prácticamente todo: las columnas con extraordinarios capiteles, la piedra de sillería, las fuentes, y no arramplaron con el aire porque no pudieron…. En los palacios y mejores casas de la ciudad de Córdoba están las piezas de la gran cantera de los Omeya… Algo parecido habría sucedido con la mezquita si no se hubiera construido dentro de ella la catedral. Así que ¡bendita iglesia cristiana recuperada que nos conservó la mezquita!

Quedamos muy complacidos de nuestras visitas cordobesas, con tan esclarecedoras pláticas. Y disfrutamos mucho, también, al conocer el palacio de los Marqueses de Villena, en toda su hermosura de gran villa andaluza del Renacimiento, con nada menos que siete patios; donde crecen árboles frutales, rosales, geranios y otras plantas, algunas florecidas a pesar de que ya casi estábamos en invierno.

En el palacio pudimos contemplar valiosas pinturas y un estupendo mobiliario, y participamos de las leyendas que Carlos Infante nos contó sobre Don Ángel de Saavedra, Duque de Rivas; autor de Don Álvaro o la fuerza del sino, que luego sirvió de base para una de las mejores obras de Giuseppe Verdi, La Forza del Destino.

Divagando por las calles, y entrando en algunos de los patios floridos, nos acercamos al Museo de Bellas Artes, y allí disfrutamos de obras de Julio Romero de Torres, «el pintor de la mujer morena»; cuya gran modelo aún vivía por entonces: y no era cordobesa, sino argentina… En todo eso pienso cuando, voy al Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, y en su salón real veo las pinturas del gran pintor cordobés.

En el Museo de Bellas Artes pudimos ver también, obras del escultor Mateo Inurria, que me parecieron sencillamente espléndidas por su naturalidad. Algo que luego fui apreciando más y más, junto a obras del modernismo catalán, como las de Josep Llimona. Y si los junto aquí, es porque también en el Casino de Madrid aparecen contiguos arriba de la gran escalinata del edificio.

Pero con todo, puede decirse que de lo mucho que vimos en Córdoba lo que de verdad me fascinó por entero fue el barrio de la judería, con sus tabernas por entonces sin apenas presencia de turismo. Y sobremanera nos complació Casa Pepe, que todavía existe, aunque sea muy trasformada, y siempre muy concurrida por visitantes de Japón, China, EE.UU. e Hispanoamérica. En cambio, en 1953, allí estaba el propio Pepe, más chulo que un ocho, hablando con sus parroquianos, y sirviéndoles él mismo sus más excelsos amontillados y productos de la huerta y del mar.

La judería me trajo a la memoria la novela de Pío Baroja La feria de los discretos, cuya acción se desenvolvió en Córdoba, y donde uno de sus principales protagonistas, Quintín, vive apasionadas aventuras con las deseosas de sus favores, participando, además, en toda clase de conspiraciones políticas.

Precisamente en una de mis frecuentes visitas a Córdoba, a menudo por invitación del Prof. José María Casado Raigón —Catedrático de Economía Política de la Facultad de Derecho—, fuimos a cenar juntos Carmen y yo, con José María y su esposa, Pilar Hirschfeld, al restaurante El Churrasco, que para mi es el mejor de la ciudad de los Califas. Allí tuvimos una larga conversación y gratamente descubrí que Pilar tenía gran conocimiento de Don Pío. Y hablando, hablando, concebimos la posibilidad de organizar unas jornadas barojianas en Córdoba, en torno a la novela a que antes me he referido. Un propósito que no tuvo más continuidad, hasta que un buen día, en 2008, recibí un DVD sobre un simposio celebrado en la ciudad sin ninguno de los anticipados promotores de tal encuentro.

Como telón final de nuestra visita a Córdoba en 1952, me referiré al Círculo de la Amistad, con su bar alargado con pretensiones de club inglés. Allí he vuelto en varias ocasiones, para recrearme con su admirable teatro, de inspiración veneciana, con vistosas pinturas del zócalo al techo, y con su hermoso patio al lado; donde puede uno comer al aire libre incluso algunos días de sol de diciembre.

Con todo, lo más vistoso del Círculo de la Amistad son sus grandes escalinatas, en cuyos muros laterales figuran las que a mí me parecen mejores pinturas de Julio Romero de Torres, las de su época del modernismo, con figuras alargadas, de tonos azulados un tanto desvaídos; y que dan idea de la búsqueda de la perfección a través de la sencillez más etérea. Algo sorprendente en un pintor que luego se polarizó en la expresión étnica de Andalucía.

Y precisamente allí, en el Círculo de la amistad vi una lápida conmemorativa de la visita que Alfonso XIII hizo a Córdoba, en 1921, cuando se manifestó con dureza contra el régimen parlamentario de la Restauración, que según él no funcionaba ni podría funcionar nunca; llegando a preconizar en aquel momento la dictadura que se haría realidad dos años después, con Primo de Rivera. Pasaje de nuestra historia al que dediqué mi libro «Ni Mussolini ni Franco: la dictadura de Primo de Rivera y su tiempo».

He vuelto a Córdoba decenas de veces, donde tengo grandes amigos, como el ya mentado Catedrático José María Casado Raigón, así como el Director del Jardín Botánico, hasta 2007, el Prof. Esteban Hernández, que en una ocasión me invitó a Las noches del Botánico, una visita guiada, por el jardín a orillas del Guadalquivir, con todo un amplio grupo de aficionados del botánico. También de Córdoba es Jaime Loring, S.J., profesor fundacional de ETEA (la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Córdoba) y que en 1968 organizó una jornada sobre temas agrarios en la Casa Sindical de Córdoba, a la que me invitó para presentar una ponencia. Que yo organicé con Félix López Plomero, Doctor Ingeniero Agrónomo y Economista, y con José López de Sebastián, Sociólogo.

En la ponencia «Una propuesta para la reforma del campo español: las corporaciones agrarias de desarrollo integral (CORDAI)», lo que planteamos bajo su eufónico título es que en agricultura había que seguir métodos análogos a los implantados en la industria desde mucho tiempo antes, en la búsqueda de economías de escala y de integración; para de ese modo reducir costes, introducir nuevas tecnologías, etc. Todo ello, con el marco de organizaciones societarias, que permitieran la agrupación de gran número de explotaciones individuales, con cuota de capital para cada propietario en proporción a sus aportaciones de tierras, naturalmente debidamente valoradas.

La exposición de nuestra ponencia fue seguida de gran interés, pero al final, al comenzar el coloquio se comprobó que aquello iba a ser una especie de pin pan pum por parte de un grupo de asistentes al encuentro, que no sé si con previo acuerdo, se habían colocado en primera fila.

La polémica duró más de dos horas, recibiendo los tres oradores acusaciones de filo-comunistas, proponentes de confiscar las tierras a sus legítimos propietarios, entre ellos, varios títulos nobiliarios latifundistas andaluces. Luego se nos dijo, por el propio Padre Loring, que aquellos señores que habían intervenido con tanta contundencia, eran los administradores de diversos duques, marqueses y condes.

Tampoco olvidaré de Córdoba a mis alumnos en la Facultad de Ciencias Económicas de Málaga Benito Friaza y Antonio Alarcón (que fue Alcalde de la ciudad)… y hasta al Obispo Juan José Asenjo, amistades de las que guardo recuerdos muy precisos. Concretamente, Friaza era farmacéutico cuando decidió estudiar Económicas en Málaga, con aficiones que le venían de su vocación por la Bolsa de Valores, donde compraba y vendía continuamente para engrosar su patrimonio, al parecer, con bastante fortuna. En cuanto a Antonio Alarcón, por entonces alcalde de Córdoba en Málaga, le suspendí dos veces seguidas. Y al aprobarle a la tercera, me llamó por teléfono para preguntarme si ya entonces podía regalarme un jamón de sus propia producción, y así lo hizo; por cierto, curado en trigo, y de aroma era exquisito.

En cuanto al obispo de Córdoba Juan José Asenjo, hice amistad con ocasión a propósito de la última visita del Papa Juan Pablo II a España, allá por el año 2003, cuando un grupo de colegas, escribimos una carta colectiva en el diario El Mundo con el título «Bienvenido el Mensajero de la Paz»; por la gran labor del Pontífice en su intento de evitar la segunda guerra del Golfo del Presidente Bush II.

A Monseñor Asenjo, que estaba en los trabajos preparatorios de la visita papel le gustó esa publicación, y en un viaje que hice a Córdoba, un grupo de amigos le invitamos a cenar en Casa Campos; una velada en la que entre otras cosas hablamos de la ya comentada aspiración de algunos pro-islámicos de restablecer el culto musulmán en la Mezquita, coincidiendo todos en la no conveniencia de aceptar esa propuesta y que databan de 1952 y que antes comenté.

Nos gustó mucho a Ramón Moliner y a mí Córdoba La Llana, notable etapa en nuestro muy planificado viaje, que después de pasar por allí siguió por tierras andaluzas, en dirección a Sevilla. Una cuarta parada y fonda que ocupará nuestra próxima entrega del viaje de estructura económica. En la que evocaremos la Híspalis de siempre y muy especialmente del gran arquitecto Aníbal González. Y como siempre, quedo a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

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