Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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OPINIÓN

Genial Eça de Queirós

Daniel Martín
 

José María Eça de Queirós es uno de los grandes genios de la novela decimonónica. Si llega a nacer en Francia o Inglaterra su nombre aparecería en el Parnaso junto a los de Balzac o Dickens, por otro lado sus grandes maestros, sus influencias más queridas y cercanas. Pero nació en Portugal y, aunque cosmopolita admirador de París y conocedor de Londres, eso nunca ayuda. Y menos cuando sus obras rezuman un furibundo anticlericalismo.

Eça de Queirós, empero, poco a poco se ha abierto paso entre la gran crítica internacional. La magnitud de “Los Maia”, su obra maestra, la sitúa a la altura de “Las ilusiones perdidas”, “Anna Karenina” o “Fortunata y Jacinta”. Sus otras grandes novelas, como “El crimen del padre Amaro”, “El primo Basilio” o “La ilustre casa de Ramires”, son magistrales frescos de la época de implacable crítica y conmovedor fondo. El luso fue tan grande que en cualquiera de sus artículos, crónicas, cuentos o novelas menores, se encuentra algo genial, ya sea un simple retrato, una frase memorable, un pensamiento diferente, un mundo, como la magnífica jarana de “La capital”, quizás la mejor juerga que jamás se haya descrito.

Acabo de terminar de leer “La tragedia de la calle de las Flores”, novela que no se publicó hasta 1980, ocho décadas después de la muerte de Eça de Queirós. Aunque póstuma, su calidad es indudable, y hay que pensar que si no se llegó a publicar fue por su escabroso tema: un joven lisboeta, de buena familia, huérfano, se enamora perdidamente de una cortesana procedente de París, aunque de origen portugués, bastante mayor que él. A partir de ahí, un melodrama sublime cuyo argumento es mejor no tocar aquí.

“La tragedia de la calle de las Flores” es, en primer lugar, otro magnífico fresco de la sociedad lisboeta, con sus muchas sombras y sus pocas luces. Además, las bajas y altas pasiones de los personajes, hondos, llenos, vivos, se cuentan con una aparente sencillez solo al alcance de los grandes. Y, a la postre, Eça de Queirós vuelve a plantear todo un tratado sobre la naturaleza humana para concluir que no somos precisamente lo mejor del planeta.

Lo mejor de leer a este novelista portugués es que es una especie de crisol donde se mezcla lo mejor de la novela decimonónica y anterior. Su mundo es tan amplio y complejo como el de Balzac. Sus retratos, dignos de Galdós o Dickens. Su sentido del humor, heredero directo de Cervantes o Fielding. Su profundidad, digna de los maestros rusos. Aparte, en Eça de Queirós ya se vislumbra lo que será la novela del siglo XX: no hay técnica narrativa que le sea extraña. Es imposible, pero cualquiera diría que Blasco Ibáñez leyó “La tragedia de la calle de las Flores” para su “Entre naranjos”.

José María Eça de Queirós es ya aceptado mundialmente como uno de los mejores novelistas europeos. En España aún no tenemos esa suerte. Pero hay que seguir intentándolo porque la lectura de los grandes clásicos, desde Homero hasta 2012, es un objetivo a cumplir para conseguir una ciudadanía auténticamente cultivada. En este caso hay que agradecer el intento a la Editorial Gadir, responsable de la magnífica edición de “La tragedia de la calle de las Flores”, traducida por José Álvarez Galán.

dmago2003@yahoo.es

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