Nº 1657 -  26 / X / 2014 
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Espacio de batientes

Otra vez un Papa en Cuba

José Javaloyes
 

Con una entrevista con Fidel Castro tras los repetidos encuentros con su hermano Raúl, jefe del Estado, concluía ayer la segunda visita de un Papa a la dictadura comunista cubana, en todo cuanto respecta a la dimensión político-formal del viaje, al menos en su formato protocolario. Los actos religiosos multitudinarios, tales como la última misa celebrada en La Habana y que han sido las ocasiones en que el Pontífice ha tenido un contacto directo con el pueblo cubano, han sido el cauce para que Benedicto XVI diluyera mediante el soporte evangélico el mensaje, entre críptico y homeopático, sobre las condiciones en que una nación histórica y estadísticamente católica sobrevive bajo el peso de una dictadura insensible al paso del tiempo, hecha la salvedad del deterioro biológico de su fundador por el peso de los años y los estragos de la enfermedad intestinal que le apartó del ejercicio inmediato del formal y absoluto poder. El ruinoso deterioro que presenta La Habana, cabría decir, es a estas alturas el puntual trasunto tanto del declive físico del dictador como del desmoronamiento del sistema, cuyo deterioro se presenta como evolución.

Es de notar entre otras cosas, al comparar a vuelapluma esta visita pastoral de Benedicto XVI a Cuba con la que realizó en 1998 Juan Pablo II, la circunstancia de que esta vez también se encontraba La Habana otro jefe de Estado iberoamericano, el venezolano Hugo Chávez, sometido a tratamiento de ese cáncer del que se le intervino el año pasado y cuyo rango de malignidad permanece oculto bajo una dispuesta y administrada confusión de Estado. Señalo esta presencia allí del caudillo bolivariano – un epígono del castrismo – por cuanto, “mutatis mutandi”, no es más, como producto ideológico y como proyecto personal, que una crisálida política de su anfitrión. Su proyecto, lo ha definido Chávez por activa y por pasiva, no es otro que el de llevar a Venezuela y a los países que con Venezuela viajan sufragados con el petróleo de ésta a una aventura totalitaria como la que, en Cuba, comenzó por Sierra Maestra, envuelta en jaculatorias y rosarios por el joven Fidel, que se nimbaba con el humo de sus cigarros puros como incienso en sus promesas de libertad. También a Hugo Chávez no se le caen de la boca las profesiones de fe católica, apostólica y romana.

Pero a lo que íbamos. El interés de las visitas papales a Cuba, más allá de lo pastoral, que es lo que orienta tales propósitos romanos, estriba primordialmente en las expectativas de que puedan traducirse en un aflojamiento de las mordazas y represiones que niegan las libertades de los cubanos. Aunque estas prácticas totalitarias, propias del castrismo, no afecten a la expresión y práctica públicas de la fe católica. Esa y no otra es la base formal de estos viajes pontificios a la que fue la Perla del Caribe. Y dentro de esa razón de ser de las visitas se encuentra el hecho de que la autonomía operativa de la Iglesia cubana, constreñida a un ten con ten complejo y arriesgado, no sea del todo asumido por los cubanos del exilio, que una vez y otra han puesto en cuestión la oportunidad y la conveniencia de la presencia de los Papas en La Habana.

Aunque nunca mejor dicho eso de que no hay más cera que la que arde. Mucho es que el Papa haya podido hablar de la libertad en sus homilías y ante los prebostes del régimen, pese a que para los cubanos del exilio eso sea poco, casi nada. Pero menos da una piedra.

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