Conmemorar y celebrar, como se está haciendo, la primera Constitución liberal española, texto que anunció la libertad y quiso poner las bases de la modernidad política y del Estado de Derecho, sigue constituyendo sin duda un deber histórico de reconocimiento, muchas veces reiterado, pero que, con este augusto bicentenario, permite, junto a los legítimos fastos y sin excluir la inevitable retórica, algunas reflexiones críticas.
Las Cortes, y la propia ciudad abierta gaditana, fueron el gran punto de partida y de inflexión para crear el Nuevo Régimen liberal y dar la batalla al absolutismo monárquico del Antiguo Régimen. Las luces o ilustración, las influencias europeas –no solo francesas, sino también inglesas e italianas-, las propias fuentes históricas españolas, aunque fuesen idealizadas, llevaron a constitucionalizar unos principios para una nueva sociedad y un nuevo contrato político: soberanía nacional, gobierno representativo, separación de poderes, libertad política e igualdad jurídica, entre otros objetivos. Condiciones internas, sin embargo, no permitieron a los constituyentes establecer la libertad o la tolerancia religiosa. En esto los patriotas y reformistas gaditanos fueron menos liberales que los regeneracionistas y afrancesados de Bayona.
Así, proclamadas las libertades, La Constitución será el gran símbolo de la emergente modernidad e instrumento de lucha en gran parte del siglo XIX español, pero también un modelo para algunos países europeos e iberoamericanos, ya que los diputados americanos en Cádiz jugaron un papel fecundo en las Cortes y lalibertad y la independencia la trasladaron muy pronto a sus tierras. Fue así la Constitución de 1812 el gran referente de modernidad aunque se frustró. Al menos en la Península, su vigencia fue mínima. Un Rey felón, de nombre Fernando VII, la anulará solo dos años después en 19814, y de nuevo, cuando se restableció (1820-1823) volverá a dejarla sin efecto de manera rotunda. Duró pues no mas de cinco años y el absolutismo (Altary Trono) se impondrá drástica y violentamente: cárceles, destierros, exilios y restableciéndose la Inquisición. La soberanía vuelve al monarca decretando que su “Real ánimo” es no solamente no jurar, ni acceder a dicha constitución, ni a Decreto alguno de las Cortes Generales y Extraordinarias… sino declarara quella Constitución y Decretos “nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos”.
Cádiz y Bayona, aunque enfrentadas por otros condicionantes fundamentalmente el colaboracionismo, intentaron la modernización política, social y económica de España con una generosa voluntad e ilusión liberal que no verán la luz hasta avanzada la década de los años 30: mas de 25 años de lucha por la libertad. He señalado aquí que, la felonía de un Rey sin ilustración, el ReyFernando VII, oscurantista y con vieja saña retenida, representará el gran factor humano negativo de todo este proceso, impidiendo en dos ocasiones estructurar un régimen liberal. Y la aventura de Bayona, con un Rey ilustrado y masón, el Rey José, tampoco conseguirá con sus ministros asentar un régimen de transición hacia la modernidad. Los afrancesados ilustrados y los liberales reformistas, con intenciones claras de cambio, no pudieron romper las redes políticas y militares circundantes a las que se sumó la inviabilidad por la inmadurez de la sociedad española. La modernidad deseada se convertirá en una aporía: a la burguesía liberal le faltó “la madurez histórica como clase nacional”.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
Primo González
José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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