Nº 1569 -  30 / VII / 2014 
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Lugar de la vida

Audubon

Mónica Fernández-Aceytuno
 

Ahora que se diría que los libros van a extinguirse, subastan por casi ocho millones de dólares un ejemplar de los “Pájaros de América” de Audubon.

El original está ilustrado sobre un folio elefante porque intenta Audubon dibujar las aves a tamaño natural, de tal manera que casi no le caben las garzas en cuyos estómagos encuentra semillas de nenúfares, según cuenta Darwin en “El origen de las especies”, donde cita a Audubon dos veces más.

Como naturalista, desde el punto de vista conservacionista actual, dejaría John James Audubon (1785-1851) mucho que desear porque para pintar necesitaba cazar. Se empeñó en dibujar los pájaros de América del Norte con una limpieza más azul que la del cielo, con unos trazos enteros, sin dudas, y lo consiguió, quizás porque había cazado él mismo las aves antes de pintarlas. Sin esa obsesión por darles caza seguramente no hubiera dibujado de esa manera porque para cazar necesita observar dónde beben, en qué árboles se detienen, cómo se mueven, o predecir qué movimiento harán. Tenía que ser preciso en su disparo, para no destrozar las aves, y esa precisión es la misma que la de sus dibujos. No hay una pluma fuera de sitio, ni un atisbo de cursilería, tan propio de las ilustraciones de entonces. Sus dibujos son rotundos, certeros como un disparo. Conoce lo que dibuja, lo ha tenido en sus manos, lo ha mirado, lo ha perseguido, le ha dado caza y ahora va a pintarlo tal cual es, no ya en la Naturaleza, sino en su mente, llena de color y contraste, pero siempre en la realidad en la que viven, con las aves sobre rama del árbol que les hace de percha, con la mariposa que persiguen, o con la flor que liban. Era la caza para Audubon una necesidad más allá de la ciencia, como si de no cazarlas, no consiguiera verlas del todo, como si necesitara abrirlas hasta encontrar las semillas de nenúfar en sus estómagos, a la manera en la que una niña abre en el recreo del colegio las rosas para mirar fascinada la cantidad de estambres que llevan dentro.

Abro ahora una reproducción del libro en miniatura “Audubon´s Birds of America” y aparecen los vencejos con otros apodiformes, “pájaros sin patas”, como los colibríes que liban en vuelo las flores rojas en campana que hay sobre la parra de mi casa. Porque muchas plantas cruzaron por su belleza el Atlántico, pero no las aves, como los colibríes, que las libaban. No puedo poner estas flores en verano sobre la mesa ya que de sus embudos emergen unas hormigas que acaban yendo por las servilletas y los platos. Son flores a las que siempre les faltará algo.

De Audubon, muchas veces olvidamos que es además el padre de una de las frases más utilizadas por los conservacionistas:

“El verdadero conservacionista es el que sabe que la Tierra no es una herencia de sus padres sino un préstamo de sus hijos”.

Una tierra que por aquí, hoy, se clarea al sol como una sábana.


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