Nº 1656 -  25 / X / 2014 
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Marcello

OPINIÓN

Jack regresa al Hemiciclo

Marcello
 

Las nueve de la madrugada no son horas para celebrar, como Dios manda, una sesión de control al Gobierno en el Parlamento. A esa hora doña Ana Botella aún no ha puesto las calles de Madrid y los serenos andan de retirada, de manera que no hay cronista que se precie de su rango que tan temprano (Gistau a esas horas debería de estar con su bata de seda leyendo The Times y bebiendo un té) se preste a subir a la tribuna del Congreso para ver un espectáculo ya conocido: como la Princesa Soraya del PP derrota a la compañera Soraya del PSOE, con la misma rapidez que la mangosta arranca la cabeza a la cobra real.

Sin embargo, Marcello, Jack, ha vuelto a la tentación y madrugó para asistir a estas justas de la política en las que Gallardón, en cuyo cuerpo se ha enquistado el alma de Fraga, ha decidido por su cuenta calentar la campaña electoral del PP en Andalucía y por ello fue aclamado por la bancada azul al grito de ¡torero, torero! como el nuevo paladín del anti abortismo (quien lo ha visto y quién lo ve) exhibiendo el discurso de “la violencia estructural de género” que viene a decir que son muchas las mujeres que abortan por causa de una cierta presión ideológica y social. Gallardón, “martillo de herejes”, dirá pronto desde ABC ese santo-pecador e hijo predilecto de Chesterton que es Juan Manuel de Prada, por cierto un excelente escritor. Aunque para confirmar su conversión repentina al flanco conservador del PP todavía le falta al ministro de Justicia hacer voto de castidad, lo que no debería de aplazar durante mucho tiempo porque los de Prisa nada le van a perdonar.

A los del PSOE da pena verlos en el Congreso. Están como niños en la cucaña y cada vez que abren la boca les cae encima un cubo de agua helada, porque todos estos ex ministros y ex altos cargos de Zapatero no pueden hablar, sin que alguien les recuerde lo que hicieron a su paso por el poder. Además no levantan cabeza con los EREs sevillanos (ayer cantaba de plano Guerrero), los créditos de Invertaria y a unos pocos minuto están de ver una pareja de la Guardia Civil caminera que se lleva a Pepiño Blanco por lo del caso Campeón. Y entonces ¿qué le dirá Rubalcaba a la familia del ex ministro de Fomento? Blanco, ayer, no apareció, al menos en la madrugadora hora del control de “doping” al Gobierno, que se ha convertido en paseo militar del PP donde ya andan cantando la victoria en Andalucía, la cita electoral donde al secretario general del PSOE les espera su Waterloo.

En la mañanera tribuna del Congreso, “campo de soledad, mustio collado”, cuatro gatos y cuatro gatas modernísimos, armados con tabletas iPad y sus móviles iPhones, y una morenaza dama del alba que miraba fijamente al banco azul esperando que la Princesa Soraya, erguida sobre sus zapatos de Louboutin, subiera rauda a la red del banco azul para restar la bola que la compañera Soraya –que ya luce distintas sayas de coquetos colores- le había puesto en juego sobre “la confianza”. Y ¡zas! como si fuera la mismísima Arancha Sánchez Vicario -a la que sus papás la han dejado sin un clavel- la vicepresidenta le propinó un raquetazo por enésima vez.

Poco antes y como si estuviéramos en vísperas del fin del mundo –que a lo mejor lo estamos, como lo insinúa Miguel Oriol – Rosa Díez le había dicho a Rajoy con toda solemnidad que “¡hay que refundar el Estado!”. Discurso que habría pactado con su mentor Pedro J., quien al poco tiempo estaba twiteando con elogios esta letanía de UPyD, a la que previamente había regalado un prólogo editorial en El Mundo mundial. Un tabloide a la española en cuya Redacción circula a toda velocidad un tren eléctrico que a buen seguro le habrá regalado a Casimiro “pero no te veo”, su jueza del alma, Coro Cillán, una vez que el Fiscal General, Torres Dulce “de membrillo” le ha dado su bendición. Aunque para bendición, con indulgencia plenaria y bula papal, la que el cardenal Rouco le piensa dar al ministro Gallardón por su canto a la vida del “non nato”, una especie de Pastoral como la sexta Sinfonía de Lugwid van Bethooven, como bien sabe Gallardón.

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