Nº 1653 -  22 / X / 2014 
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OPINIÓN

Aristóteles y la zarina

Javier Pérez Pellón
 

No obstante el que Europa y no sólo Europa, pero, sobre todo, el Viejo Continente, esté en deuda con Grecia y con su extraordinaria civilización, pocos grandes pueblos como éste ha tenido que soportar, en su historia, la injusticia asfixiante de la tutela por parte de otros pueblos, otras naciones, otras potencias.

Hace, ahora, ciento setenta y nueve años que, en el mes de febrero de 1833, Grecia, finalmente “independiente”, contemplaba cómo el concierto de las grandes potencias europeas le “regalaba” un soberano alemán de origen bávaro: Otón de Wittelsbach, escoltado, porque aún era menor de edad, de un consejo de regencia compuesto, exclusivamente, por tutores también procedentes de Baviera. Yo supongo que a la cultura de la canciller alemana, Angela Merkel, no se le habrá pasado inobservable la tremenda historia de la Grecia moderna. Estoy convencido que su estudio le habrá obligado a reflexionar, con atención e, incluso, con cierto placer, sobre estos antecedentes germánicos.

Pues bien, a pesar de que Europa, comenzando por los antiguos romanos, sea deudora, de casi todo, a los griegos y a su imponente civilización y cultura filosófica, científica, artística y literaria, – aunque si esta inmensa deuda no exista para el Banco Central Europeo – , pocos pueblos como el griego, decía antes, ha tenido que sufrir la “tutoría”, casi hasta el extremo de privarle del respiro. Se podría dar un salto atrás en el tiempo de la historia, de cuando después de la última insurrección contra la hegemonía macedonia, en el 322 a.d.C, a los atenienses, promotores de la revuelta, les fue impuesto, por parte de su vencedor, Casandro I, el cambiar su ordenamiento político y de limitar el derecho de ciudadanía a sólo nueve mil personas. A la ciudad que había dado vida al “modelo democrático” se le obligaba a aceptar, según la voluntad de la potencia dominadora, una especie de código “timocrático”, del griego “timema” (censo), que concedía los derechos políticos sólo a aquellos ciudadanos que poseían un determinado grado de riqueza.

En “Polibio, o sea Grecia conquistada por los romanos”, 1858, ensayo que constituyó su tesis doctoral, el gran historiador francés, Fustel de Coulanges, reconstruye, con esencialidad y precisión, aquel largo proceso socio-cultural durante el cual Grecia llegó a convertirse, políticamente, en un satélite de Roma, aunque si fuera Roma la que terminaría “helenizándose”, como confirmación de aquella ley, tantas veces recordada por la historia, en la que el pueblo vencido “acultura” a aquel otro vencedor. Exactamente igual que lo que había ocurrido, ciento cincuenta años antes, entre atenienses vencidos y macedonios vencedores.

Esto tuvo el inconveniente de provocar una gran desigualdad social y los ricos, con el fin de conservar sus privilegios, invocaron la “protección” de la potente máquina militar de la república oligarca por excelencia: la república romana. De esta manera, Grecia tuvo que ser, de nuevo, “tutelada”.

Lo mismo que ahora se pretende hacer, repitiendo lo sucedido hace un par y medio de milenios. Quien, sin lugar a dudas, hoy en Grecia, sufrirá más las imposiciones de las tres grandes potencias “timocráticas”, Unión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional, será la pobre gente, mejor aún, la gente pobre, que son mayoría, y no los millonarios cosmopolitas. Como botón de muestra bastaría un ejemplo: la asistencia médica ha sido prácticamente eliminada desde el momento en que cada ciudadano griego tiene asegurada la garantía de recibir, gratuitamente, medicamentos por un importe máximo de ¡23 euros al año! Menos de una medicina anual por individuo.

La finalidad de todo este padecer de las clases menos favorecidas económicamente del pueblo griego es la de mantener en vida el euro. Sólo que ni a los griegos, como ni a los italianos y españoles les ha sido dada la oportunidad de expresarse libremente, mediante referéndum, sobre el hecho de entrar en la moneda única que, ahora, se la defiende con la actuación de las fuerzas policiales y con el chantaje político-financiero. Llegados a este punto cualquier alternativa que se tome para salvar a ese “soldado Ryan” del fuego cruzado de las finanzas europeas provocará unos efectos traumáticos. Aunque tanto Alemania, como Francia, sobre todo la primera, en defensa de su economía, saben muy bien que no les conviene el tener por más tiempo cerrado el candado del cual poseen su llave. Una gran parte de las exportaciones alemanas está dirigida a los países de la eurozona.

La mala conciencia de las potencias europeas, en relación con Grecia, se ha manifestado en un amplio arco de tiempo. El episodio emblemático de la llegada de Otón, sobre el trono de la monarquía ateniense, fue el punto de partida de un ciclo que se había abierto con la campaña militar de Napoleón en Egipto en el 1798; un golpe que se consideraba decisivo en detrimento del imperio turco y, por lo tanto, de liberación de Grecia del yugo otomano, sino hubiera sido porque este sueño de libertad se desvanecería enseguida con la victoria de Nelson en Abukir.

En el siglo XX Grecia fue el primer país que experimentó, en su propia piel, los efectos devastadores de la “guerra fría”. Los partisanos griegos se opusieron, heroicamente, a las divisiones del III Reich de Hitler. Pero cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial tuvieron que combatir contra los ingleses, ya que la Gran Bretaña, ante la indiferencia hipócrita de las potencias vencedoras, consideraba que el territorio de la nación griega era de su competencia dentro del plan de la repartición de Europa. Y así continuó hasta el “año santo de 1950″. Después soportó un régimen de semi-ocupación bajo una estrecha vigilancia.

Quince años más tarde el viejo Papandreu, el patriarca de la dinastía, alzó, por fin, la bandera de la libertad reconquistada, que duró poco ante la llegada de los coroneles en abril de 1967; régimen impuesto y propiciado por las potencias occidentales. Un gran filólogo francés, Bertrand Hemmerdinger, reinando aún los coroneles, expresó su pasión por Grecia definiéndose “internacionalista y patriota griego”.

Lo que nunca pudo prever es que a los coroneles les sucederían los banqueros.

Según Aristóteles, “la primera tarea del político o gobernante es procurar que los hombres puedan vivir (el doble problema de la alimentación y de la defensa); la segunda es ocuparse de que vivan bien (en primer lugar, los problemas de sanidad, desarrollo físico y bienestar). En último análisis, la política pura tiene que ver, principalmente, con la administración, administración de los negocios comunes a todos en interés de todos”.

Usted Excma. Sra. Angela Merkel, Canciller del IV Reich, es la primera mujer en la historia alemana elegida para conducir un gobierno (después de que la Emperatriz Teófano Skleraina reinara desde el 956 al 991) y a la que la revista “Forbes Magazine”, ha calificado, recientemente, como “la mujer más potente del mundo”, a la que en la jerga de la diplomacia y cancillerías internacionales se la define como “la Zarina”; como, también alemana fuera la zarina Catalina II la Grande, emperatriz de Rusia, al igual que alemán sería Federico II el Grande, emperador de Prusia; los dos monarcas que fueron el paradigmático ejemplo del “despotismo ilustrado”, la más excelente forma de gobierno de todo el siglo XVIII, que recibieron consejos y lecciones de Voltaire. Por eso, creo, que no tendrá ningún reparo en aceptar y condividir la tesis, expresada por Aristóteles, sobre el buen gobernante. Acuérdese, pues, que el padre de la política era griego y actúe en consecuencia.

De la misma manera que Sir Winston Churchill lo fuera en el siglo XX (“la democracia, – decía el gran estadista británico – , es estupenda cuando se discute entre dos personas y una de las cuales no puede asistir a la reunión porque está enferma”), usted podría ser la déspota ilustrada de este nuestro siglo XXI, el enterrador del sueño imposible de las libertades democráticas o, más simplemente, de la democracia.

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