Nº 1464 -  16 / IV / 2014 
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OPINIÓN

La batalla de Atenas

Primo González
 

Esta mañana del miércoles, las portadas de los dos diarios económicos de referencia, Financial Times y The Wall Street Journal, se despachaban con unos titulares que dejaban pocas dudas sobre la opinión que les merece el final, quizás momentáneo, del plan de rescate de Grecia. Alivio tras el final sí, pero preocupación también.

Ambos diarios no hacen sino reflejar el escepticismo generalizado de Gobiernos y medios económicos sobre el futuro de este pequeño país europeo, al que las sucesivas mutilaciones de gasto han dejado poco menos que moribundo. De hecho, Grecia se ha convertido en el mayor ensayo intervencionista que padece un país en el aspecto económico, con la particularidad de que esta intervención es por parte de organismos internacionales, es decir, está hecho desde fuera. La complicidad interna ha sido prácticamente nula y las decisiones que se han adoptado sobre su futuro han sido tomadas bajo la presión de sus prestamistas: o sigues este manual de recortes o no hay crédito para respirar.

Tanta es la suspicacia sobre lo que pueda hacer Grecia y sus autoridades con el dinero que se les va a proporcionar que la entrega de esta aparece condicionada a severas cautelas, como que la mayor parte del mismo sólo se podrá utilizar para pagar los intereses de préstamos o para contabilizar amortizaciones. El dinero, además, será administrado en la práctica por tutores llegados desde Bruselas. En la práctica, Grecia es una especie de protectorado de Bruselas, al que le han racionado muy severamente los alimentos y algunas libertades.

Ahora que los acuerdos finales parecen ya cerrados, son muchos los que se preguntan quién ha ganado realmente la batalla de Atenas. Desde luego, Grecia parece que no. Tiene el dinero justo para seguir viviendo, pero si se compara el margen de gasto con el que operaban las autoridades de hace dos o tres años con el que se le ha impuesto ahora al país, la distancia es tan abismal que caben serias dudas de que el país puede seguir transitando sin eludir la pobreza y la miseria de amplias capas de la población, fenómeno cada vez más extendido. En Grecia viven 10,5 millones de personas y en Atenas, área metropolitana, cerca de 4 millones.

La gobernación del país va a ser en estos próximos años un verdadero desafío para la Europa del euro, que no va a suplantar desde luego las instituciones democráticas representativas del pueblo griego, pero que en la práctica va a tutelar el funcionamiento del país, añadiendo con ellos nuevos tintes de excepción a la vida democrática europea. En Grecia ya había un primer ministro (Papademos) enviado por Bruselas que gobierna el país desde hace meses. En Italia hay otro primer ministro nombrado en la práctica por los líderes europeos, Mario Monti, carente de representatividad política pero que dirige los destinos de la nación con el poder legislativo medio amordazado, dando en la práctica carta blanca a las decisiones que adopta un excelente economista italiano impuesto desde Bruselas. Por suerte para Italia, Monti está dirigiendo el país con mano firme (gracias a la tolerancia de los partidos políticos) y sobre todo con eficacia. Su trabajo está resultando brillante y creíble para la comunidad financiera internacional, sin que en el interior del país haya apenas protestas. Y ello a pesar de la dureza de algunas medidas que están poniendo a un sector del pueblo italiano en condiciones muy apuradas en lo económico.

De momento, estos dos auténticos “Estados de excepción” no han logrado laminar las instituciones democráticas, aunque sí colocarlas en un estéril paréntesis al que en algún momento habrá que ponerle punto y final. Tanto si triunfa la gestión excepcional de los tecnócratas como si fracasa (es esta caso todo sería peor), la Unión Europea podrá vanagloriarse de haber resuelto dos graves problemas nacionales en su seno. Pero los dos países tendrán que vivir con la sospecha de que su clase política no ha sido capaz de garantizar el buen Gobierno y que sólo su apartamiento momentáneo y la autorenuncia a sus funciones ha permitido salvar la papeleta. Una grave hipoteca para ambos países, que en la Europa de las naciones se han distinguido siempre por sus turbulencias internas y por el difícil manejo de las instituciones democráticas, que han oscilado entre al autoritarismo militar hasta la miniaturización partidista que las hacía caso ingobernables, pasando por diversas fórmulas intermedias, como el gobierno de las castas familiares o de los gremios.

El euro, a la postre, parece salvado. Un precio quizás algo elevado, no sólo en lo económico sino en lo político y en lo organizativo. Pero el ensayo puede ser, visto del lado optimista, como una especie de prólogo de una Europa menos dispersa, algo centralizada, con instituciones capaces de imponer su dictado a la periferia y posiblemente en condiciones de validarse como potencia económica mundial. El esquema está, sin embargo, bastante cojo en cuanto a legitimidad democrática. Esa, tras salir de la crisis económica, será la gran tarea pendiente.

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