Nº 1469 -  21 / IV / 2014 
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Universo infinito

Algunos nombres propios en el recuerdo

Ramón Tamames
 

I. Personajes que fui conociendo

A lo largo de ciertos escritos que tengo en curso, en relación con toda una serie de momentos de mi vida, fueron surgiendo muchas personas a las que conocí; algunas de ellas nada célebres, y otras bastante más conocidas, pero todas para mí de análogo interés por la peculiar condición y carácter de cada uno.

Sin pretender ser exhaustivo, hoy empezaré a hacer referencia a los más destacados de ese elenco que trataré de reconstruir, con presencia de figuras que hoy son merecidamente famosas.

Empezaría por los actuales máximos símbolos de Japón, y más concretamente el Emperador Aki Hito, que siendo muy joven nos visitó a las milicias universitarias en el campamento de La Granja (El Robledo), allá por 1954. Formamos militarmente para rendirle honores a él y también al General Muñoz Grandes que le acompañaba. Muchos años después, debió ser en 1984, recién retornado yo de uno de mis viajes a Japón, el entonces Duque de Alba, Jesús Aguirre, sabiendo de mis aficiones niponológicas, me invitó a formar parte del comité de recepción de los Príncipes Imperiales: precisamente Aki Hito, y su esposa Michiko. El Duque quería festejarlos en el Palacio de Liria; sin su esposa, que creo estaba por esos días en la Feria de Sevilla.

La recepción se celebró efectivamente en la hermosa sede de los de Alba, y allí estuvimos conversando el Duque y yo con los príncipes. Tesitura en la que me atreví a explicarle a la ulteriormente Emperatriz –en inglés, naturalmente—, que me gustaba mucho la palabra mishore, que en japonés significa aguanieve. Que había aprendido a propósito de un editorial que publicó el Daily Mainichy en marzo de 1984, estando yo en Tokio, en el que se pedía a los cielos la pronta llegada de la primavera, tras un larguísimo y duro invierno.

En cuanto a cabezas visibles de grandes potencias, diré que en 1977 podría haber conocido a Leonidas Brezhnev, en la visita que hicimos una delegación pecera (Dolores Ibarruri, Carrillo, Alberti y yo), para asistir al 60 aniversario de la Revolución Rusa; que se celebró con grandes espectáculos en el Kremlin, a base de números de ópera, variedades, y un larguísimo discurso de Brezhnev, que era famoso por sus largas peroratas. Al respecto, circulaba por Moscú un cuento que no me resisto a reproducir en forma de diálogo, empezando por lo que el entonces Secretario General del PCUS les dijo un día a sus speechmakers:

— Camaradas, me escribís los discursos demasiado largos, y he comprobado que a medida que voy disertando muchos ciudadanos que están escuchándome, acaban por dormirse… Tenéis que hacer los textos más cortos…

— Así será, camarada Secretario General… entendemos perfectamente lo que nos dices…

Pasó un tiempo, y en un viaje en que ese speechmaker acompañó a Brezhnev, éste le dijo, ya en tono más duro que en la primera vez:

— No me habéis entendido lo que os dije… Seguís haciendo los discursos demasiado largos… y los honestos ciudadanos siguen durmiéndose… Ayer mismo me sucedió eso.

El speechmaker cambió su faz de inquietud a casi perplejidad, y le aclaró a Brezhnev:

— Camarada Secretario General: ¿cómo no van a dormirse… ? Ayer lo que Vd. hizo fue leer el mismo discurso dos veces… el original y la copia que le dimos…

Volviendo al Kremlin 1977, al final del comentado discurso –que a pesar de todo fue muy largo—, los delegados españoles no saludamos a Brezhnev, porque en meditación conjunta decidimos que no era procedente. Por el trato un tanto hostil que se nos había dado, a causa de las tendencias constitucionales y las críticas al PCUS que por entonces eran habituales en el PCE.

En cambio, sí que conocí a Mijail Gorbachov, en el mismo Moscú, el año 2000, cuando allí se celebró una reunión del Club de Roma, a la que asistió el propio presidente de la Federación de Rusia, el camarada Primakov, que abrió las sesiones, para luego retirarse a otros menesteres. Pero Gorbachov, que ya no tenía cargos oficiales, sí se quedó en la reunión del Club, e intervino varias veces en los debates de la agenda.

Al final, Gorby y yo tuvimos una larga conversación en la que el último Presidente de la URSS habló muy extensamente. Luego en un ágape que siguió, continué conversando con él de temas ecológicos –pues acababan de nombrarle presidente de la ONG internacional Cruz Verde—. Esa conversación pudimos tenerla gracias a un amigo mío que hizo de interprete ruso/español, Dimitri Polikarpov. Quedamos en mantener intercambios sobre tales cuestiones, pero ya se sabe que muchas de las pretendidas continuidades se las lleva el viento.

Un mandatario de gran potencia del que tengo también recuerdo es George Bush, Presidente de EE.UU. de 1989 a 1993, y padre de quien, como es sabido, promovió desde la Casa Blanca las guerras de Afganistán, Irak y otras diversas fechorías.

Ese encuentro tuvo lugar en los veranos de El Escorial, en 1993, cuando yo dirigía un curso de relaciones internacionales muy numeroso. Que fue seleccionado para ser el escenario de una conferencia del ex presidente de EE.UU., que había sido invitado por el rector de la Universidad Complutense, Gustavo Villapalos.

Hice de moderador de esa conferencia, en la que Bush habló un inglés mucho mejor que el de su hijo, y en el debate que hubo, me permití plantear por qué después de haberse reconciliado con Vietnam, sin embargo no había ninguna aproximación a Cuba. Bush respondió con los conocidos argumentos sobre la prolongación del castrismo, como si en Vietnam no siguiera mandando el mismo régimen de Ho Chi Min. Algo especial sucedía con Cuba, pero Bush no lo aclaró.

En ausencia del Rector, se me pidió que en el almuerzo ofrecido a nuestros visitantes (además del ex presidente estaba su ayudante, Vernon Walters, gran conocedor de Franco, con quien se vio frecuentemente desde los tiempos de Eisenhower), yo hiciera el brindis de honor, en el que me permití algunas bromas, y al que respondió Bush de manera muy ingeniosa. Nos reímos bastante. Y en esa sesión gastronómica surgió lo que yo llamo “el problema de Bush”. Consistente en que durante el ágape nos pusieron mantequilla de la marca Pascual. Muy buena, pero con la que el ex presidente tuvo algunas dificultades: estuvo como un cuarto de hora intentando abrir el minúsculo contenedor de plástico, que tenía un abrefácil… pero no demasiado practicable, o que él no llegó a ver.

Seguiremos el próximo jueves con otros conocimientos del taller, personas a las que conocí y que dejaron algún tipo de huella en nuestro entorno y en mí mismo. Y hasta entonces, siempre a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net

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