Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

Las “devaluaciones internas”

Primo González
 

Viendo las cifras que hace unos días publicó la Comisión Europea comparando los datos esenciales de las economías de la Eurozona en su primer “Informe del Mecanismo de Alerta” es probable que a algunos se les haya ocurrido comparar los datos que se ofrecen sobre España en estos indicadores, diez en concreto, con los que mostraba la economía española a principios de los años 90, cuando el país hubo de recurrir a devaluar el tipo de cambio de la peseta para restaurar la posición de la economía española en el contexto internacional y posibilitar de este modo una reacción interna suficiente.

Los datos del Mecanismo de Alerta muestran una economía con importantes desequilibrios, uno de los cuales nos ha absorbido en exceso la atención en los últimos tiempos (la proporción del déficit público sobre el PIB), sin reparar en otros de mayor enjundia y alcance, como la deuda del sector privado, la tasa de paro, la capacidad de atracción de inversiones internacionales, el déficit de la balanza de pagos corriente o la participación de la economía española en el comercio mundial. Si tuviéramos en nuestras manos la potestad para dar un golpe de mano en un intento agresivo de poner remedio a los males que nos aquejan, el Gobierno de turno posiblemente se habría lanzado a la palestra con una devaluación de la divisa. Habría sido una excelente forma de iniciar el mandato del Gobierno que ha salido de las recientes elecciones generales, poniendo de este modo borrón y cuenta nueva a los ajustes económicos necesarios.

Pero no tenemos la potestad de devaluar el tipo de cambio, ya que la peseta ha sido sustituida por el euro y la fijación del tipo de cambio del euro es un poder que reside a medias en manos del mercado, a medias en manos del Banco Central Europeo (BCE). En consecuencia hay que buscar otros caminos ya que el atajo de la devaluación cambiaria no es posible. Estos caminos, como estamos viendo, se traducen en un amplio abanico de reformas, en su mayor parte con pretensiones estructurales (es decir, cambios llamados a producir efectos duraderos en el tiempo y que alteran el modus vivendi tradicional de los agentes económicos) y con la vista puesta en recuperar la confianza exterior, no sólo de las instituciones a las que pertenecemos sino de los inversores, es decir, de eso que habitualmente se llaman “los mercados”.

El gobernador del Banco de España, Fernández Ordóñez, ha propuesto este martes una ruta que ya está de alguna forma incluida en la reforma laboral, la “devaluación interior”. Es decir, bajar salarios y mejorar la productividad para que el país recupere de forma rápida la competitividad exterior. La pérdida de capacidad competitiva por parte de la economía española se refleja en el déficit de la balanza por cuenta corriente, que es una de las asignaturas en la que, según Bruselas, suspendemos en la actualidad, ya que en los tres últimos años hemos tenido un déficit anual medio con el exterior equivalente al 6,5% del PIB, cuando el umbral que debería ser respetado es un déficit del 4% como mucho, de forma que por encima se encienden las alertas, como sucede con España. La economía española ha suspendido en este primer examen de indicadores del Mecanismo de Alerta seis de los diez, algo que sólo dos países han logrado, España y Chipre.

Otro de los indicadores básicos para medir la competitividad exterior del país es el peso en los mercados de exportación. España no ha hecho más que retroceder en estos últimos años y según los últimos datos de la OMC (la Organización Mundial del Comercio), nuestra cuota de mercado mundial se ha caído hasta la zona del 1,6%. Es decir, nuestras exportaciones representan apenas el 1,6% del total mundial. España llegó a tener un 2% de cuota exportadora en los años del esplendor industrial. Luego, el avance imparable y masivo de los países emergentes nos ha ido arrinconando, pero en los últimos tiempos han sido nuestras propias deficiencias internas las que han contribuido a frenar la aportación del sector exterior al crecimiento de la economía. No ha sido España el único país desarrollado que ha padecido un declive exportador relativo.

De hecho, ningún país de la UE ha logrado eludir este deterioro de las exportaciones, aunque unos lo han soportado mejor (caso de Alemania) que otros, como España. En nuestro caso, la cuota de mercado mundial de las exportaciones ha caído a un ritmo medio del 11,6% en los cinco últimos años, frente a un descenso del 6% de media anual que considera tolerable la Unión Europea. La capacidad para atraer inversiones extranjeras también está en crisis, ya que España, junto a Chipre, ha sido el país en el que mayor grado de deserción de los inversores extranjeros se ha notado en estos últimos años.

Tarde o temprano, la economía española tiene que enderezar estos indicadores si queremos volver a un cierto grado de prosperidad. El asunto salarial, por muchas vueltas que se le dé, aparece siempre como una tecla que es necesario tocar para afrontar la salida de la crisis. Sindicatos y patronal acertaron en firmar un importante acuerdo al respecto unos días antes del anuncio de la reforma laboral. Por desgracia, ha llegado con cuatro o cinco años de retraso y aún es algo tímido en sus dimensiones. Los problemas en la economía surgen al cabo del tiempo agravados en su intensidad. Y este parece que es un caso ejemplar.

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