Resulta reconfortante que la reforma financiera, que con tanto ahínco ha sacado adelante el titular de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, haya sido aprobada por un abanico tan amplio de representantes de todo el arco parlamentario. Sumados PP y PSOE, más algunos partidos nacionalistas, los importantes, se puede decir que la reforma ha sido aprobada por consenso, ya que fuera quedan organizaciones marginales cuya discrepancia atañe no sólo al sistema financiero español sino incluso a la forma de Estado. Es muy positivo que esta importante normativa haya resultado respaldada por uno de los mayores grados de asentimiento de la Cámara en toda la historia de la democracia.
Un dato que habrá que tener en cuenta de cara al futuro, ya que indica que en temas sustantivos para la economía, las grandes opciones políticas pueden llegar a entenderse y a formular un sustento legal de amplia base. Si este grado de acuerdo se hubiera podido trasladar a otras disposiciones legales importantes que ahora mismo están sobre la mesa y de las que depende la pronta salida de la crisis, la economía española estaría dando un paso adelante muy estimable. En la reforma laboral, por ejemplo, el grado de cohesión es bastante menor, incluso inexistente, aunque los principales protagonistas de la legislación están precisamente fuera del Congreso, ya que ni patronal ni sindicatos forman parte directa del entramado legislativo.
No obstante, la reforma financiera, ya aprobada en el marco legislativo, sigue dando la impresión de que es una pieza que no acaba de arrancar. Ni las fusiones deseadas ni la reactivación del crédito ni los discutibles planes de saneamiento del sector, que afectan a todos los bancos porque en todos los balances hay mucha basura pendiente de liquidación, parecen estar funcionando conforme a lo requerido. Se puede decir que estamos sólo al principio del proceso, pero si este proceso es largo, los males que se puedan derivar para la economía española son considerables.
La reforma financiera tiene, en efecto, un agravante de urgencia que no se le escapa a casi nadie ya que mientras no se vean pasos efectivos en la dirección deseada, las suspicacias de los inversores van a seguir a flor de piel. Resulta posiblemente sintomático el hecho de que el mismo día en el que se aprobada la nueva normativa bancaria, las Bolsas propinaban a los valores bancarios su castigo más severo de los últimos meses. El mercado no acaba de creerse las bondades de la reforma o, quizás sea mejor decir que el mercado constata que tras las buenas palabras y las sanas intenciones del autor de la reforma, no se han dado apenas pasos concretos. La reforma está, de momento, varada. ¿Es un problema de tiempo, es decir, que este tipo de cambios requieren un cierto espacio temporal que aún no se ha consumido?
Se puede constatar al día de hoy que fusiones bancarias no se ha producido, ni hay atisbos por el momento, ninguna, a pesar de que la concentración del sector bancario es uno de los objetivos confesados y deseados de esta normativa. Da la impresión de que los responsables de su elaboración han sobrestimado las aspiraciones de los bancos en este asunto. Aquí no parece haber muchas entidades con ganas de rejuntarse: los que quisieran, no tienen dinero y los que lo tienen miran para otro lado porque lo último que desean es aumentar su cuota de mercado en España. Además, no existen apenas incentivos fiscales para empujar en esa dirección.
La reactivación del crédito es otro de los grandes objetivos de momento frustrados de esta reforma. Las cifras de financiación vertida al sector real de la economía (es decir, a empresas y a familias) retroceden y lo hacen por razones lógicas. Empresas y familias están hasta las cejas de deudas y han visto cómo sus ingresos se recortaban y las amenazas sobre su supervivencia se multiplicaban. Lo del aumento del crédito no es tanto una cuestión de la oferta (que también lo es, y mucho) sino sobre todo de la demanda, inexistente. Más aún, la demanda de crédito registra y registrará aún durante algún tiempo (quizás más de un año) retrocesos apreciables porque empresas y familias están en plena fase de rebajar su endeudamiento. Por lo tanto, la fase de amortización de créditos impide hoy por hoy que la economía viva un episodio alcista de financiación floreciente. Habría que preguntarles a los impulsores de la reforma de dónde creen que los bancos van a sacar el dinero para prestarlo a esos imaginarios clientes, porque esa es otra.
Los circuitos de financiación para las entidades financieras siguen cegados. Sólo el BCE proporciona liquidez, pero los bancos, ante la falta de demanda de crédito, la emplean en comprar Deuda Pública para resarcirse de la caída de sus márgenes de negocio. El arbitraje entre el dinero que presta el BCE al 1% y el rendimientos de un crédito concedido al Estado de turno mediante la compra de bonos estatales al 3% o al 4% es toda una tentación. Es, hoy por hoy, el principal cometido al que se han entregado los bancos, que han colocado a sus jefes de tesorería a hacer horas extras mientras la red de oficinas se muere de aburrimiento o cuenta las horas hasta que venga el probable cierre. Hay que tener en cuenta que la red bancaria española ha disminuido en más de un 20% en pocos años y lo que queda por ajustar de capacidad quizás lleve a otro recorte del 20% adicional a la vuelta de dos años.