Whitney Houston ha muerto, como muchos otros, demasiado joven; otra crónica de una muerte anunciada por los excesos con el alcohol y las drogas. Como muchos otros, la cantante estadounidense deja tras de sí las grabaciones de muchas canciones magistrales que la ayudarán a permanecer por siempre en nuestra memoria colectiva. ¿Habrá merecido la pena?
Estos días se ha hablado mucho de su gran carrera como cantante. Como siempre, reduciéndola a cuatro o cinco tópicos: las magníficas “I will always love you”, canción motor de “El guardaespaldas”, o “I wanna dance with somebody (who loves me)”, sus récords de ventas, su azaroso matrimonio y sus continuos coqueteos con las drogas y el alcohol que terminaron con su carrera mucho antes que con su vida.
Sin embargo, su verdadera dimensión sólo se alcanza desde la perspectiva histórica. En 1990, tras los discos “Whitney Houston” –su primero, mi favorito, con canciones tan memorable como “Saving all my love for you”, “All at once” o “Greatest love of all”–, “Whitney” y “I´m your baby tonight”, era la mayor estrella musical del orbe, hasta el punto de que “El guardaespaldas”, un filme menor, fue un taquillazo gracias a su salto a la gran pantalla. Más allá de eso, Whitney Houston era una cantante infinita que daba lo mejor de sí cuando se salía de su repertorio y cantaba viejos espirituales, blues o temas famosos. Su voz era, es, será, irrepetible.
Sin embargo, desde mediados de los 90 su carrera comenzó a declinar. Fue desapareciendo de las listas de éxitos; su nombre tan solo aparecía en los periódicos por algún escándalo relacionado con su tremebunda vida personal, llena de excesos y carencias, lo que a la postre ha terminado con su vida. Era, otra más, una megaestrella que había sucumbido al éxito y se había dejado llevar por el reverso tenebroso, realmente poderoso, de la fama.
Así, cuando ha muerto nadie se ha sorprendido. Como ocurrió, recientemente, con Michael Jackson o Amy Winehouse. El problema es que estas luctuosas noticias se ven adornadas más por el morbo del “ya me lo olía yo” que por un más digno “menudo escándalo”, más por el hipócrita “pobre chica, ¡qué tragedia!” que por el indignado “alguien podría haber hecho algo más, ¿no?”.
En este mundo de grandes exclusivas las muertes prematuras, previsibles y “violentas” venden mucho. Whitney Houston, desde hace tres lustros, era carne de cañón y sólo se esperaba el día de su fallecimiento. Como ocurrió en su día con Elvis Presley, Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Keith Moon, Brian Jones y un eterno etcétera. Algo tiene de enferma una sociedad que asiste impertérrita a un escandaloso declive como si fuese lo más natural del mundo: algunos digieren la fama; otros son devorados por ella.
Estos días lloramos la muerte de la seguramente mejor cantante del último cuarto de siglo. Todo el mundo lamenta lo que era lógico que pasara. Durante estos próximos días menudearán, como en estos últimos, los homenajes a Whitney Houston. Pero, aparte de seguir disfrutando con sus canciones –como hago mientras escribo estas palabras– podíamos reflexionar un tanto para ver hasta qué punto su vida, tragedia y muerte tienen de modelo a seguir, de mero espectáculo o, quizás, para unos pocos, de ejemplo a evitar.