Nº 772 -  24 / V / 2012 
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Crónicas liberales

Más reforma, menos sindicatos

Manuel Martín Ferrand
 

No sé, y seguramente nadie lo sabe todavía, si la reforma laboral que ha diseñado el Gobierno de Mariano Rajoy será más o menos útil. Su eficacia la iremos midiendo durante los próximos dos años en función de la dramática contabilidad del número de españoles sin empleo. Lo que sí tiene de bueno, de esperanzador, esa reforma es que supone, por primera vez desde la Transición, una ruptura con algunos de los principios sacralizados por el sindicalismo – ¡vertical! – de los tiempos de Francisco Franco y perpetuados, “en evitación de males mayores” – Fernando Abril Martorell dixit –, durante los mandatos de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Éste último, por cierto y a requerimiento de la UE, anunció varias veces la reforma, pero no supo o no quiso abordarla en evitación de una respuesta que le costara la derrota electoral que le llegó por otros “meritos”.

Lo que debiera evitarse a la hora de valorar positivamente la reforma que firma Fátima Báñez es, como vienen haciendo muchos de sus exegetas, decir que nos aproxima a los países de nuestro entorno.

Los países “de nuestro entorno”, la UE, es un mosaico cuajado durante siglos en el que pueden encontrarse, desde el pensamiento griego al Derecho Romano pasando por la ética cristiana, unos cuantos cimientos en común y tantas diferencias como peripecias históricas ha ido experimentando cada uno de los Estados que lo integran. Incluso en cada uno de los Estados pueden verse diferencias notables entre sus distintas regiones. En lo laboral es imposible, suponiendo que fuese deseable, la homologación.

Ese síndrome de la comparación, tan inútil como presente en nuestra vida política, hace que, por ejemplo, se valore en demasía la influencia e importancia de los “convenios de empresa”, asunto por el que los sindicatos al uso muestran especial interés. Olvida el Gobierno y exageran los sindicatos frente al asunto porque en España, para nuestra desgracia colectiva, solo hay dos mil empresas con más de quinientos trabajadores en su plantilla. Del millón y medio de empresas que todavía no han cesado en su actividad, un tercio son empresas de un solo trabajador. ¿Convenios colectivos de empresa?

Al Gobierno Rajoy hay que reconocerle el mérito de que en menos de dos meses ha puesto en marcha más transformaciones, reformas, encaminadas al saneamiento económico del país que el de Zapatero en sus siete estériles años perdidos en memorias enfermizas e igualdades patológicas. Pero la formulación de una reforma no quiere, en sí misma, decir nada. Es una condición necesaria para que se produzca un cambio, pero no resulta suficiente.

Tenemos que hacernos a la idea de que nos esperan años – plural, no singular – de grandes dificultades y que debemos, como trabajadores, cambiar lo que ha sido una actitud histórica entre nosotros.

Escribía Luis Carandell hace ya muchos años que el “pacto social” establecido entre las partes durante el franquismo se sostenía en el disimulo. “Yo hago como que trabajo – decía el obrero al patrono – y tú haces como que me pagas”. O viceversa. Eso ya no vale. Ahora toca trabajar. El concepto “salario” se ha quedado viejo, lo que ahora se precisa es entender cuáles con los costes de producción y la mano de obra es uno de sus epígrafes. La competitividad es un supuesto ineludible en una economía globalizada de la que, dicho sea de paso, no hay escapatoria.

Quienes tienen que revisar su actitud y su función en el nuevo tiempo que marca la reforma laboral son los (mal) llamados “agentes sociales”. Unos empresarios que no representan a los empresarios y unos trabajadores que no lo son tienen difícil acomodo en el nuevo juego que se nos plantea.

El sindicalismo presente, parásito del Presupuesto, se reduce a unas potentes máquinas burocráticas – una por sigla – que tiene en el alboroto su única fe de vida. Ni el precio del despido ni la negociación colectiva son elementos básicos, trascendentes, en nuestra realidad laboral. Lo prioritario es dinamizar la actividad económica para que se reduzca el numero de parados y, por ello mismo, se incrementen las cotizaciones a la Seguridad Social, el consumo y cuantas alegrías van unidas a la buena marcha del país. ¿Pueden aportar algo los sindicatos en esa dirección?

La Administración y el sector público, el gran refugio de los sindicatos, tampoco están para alegrías. La Administración tiene que adelgazar en todos los planos de su actuación y bueno será que se pueda mantener en dimensiones próximas a las presentes. Lo de las empresas hijas de la Administración – estatal, autonómica, provincial y local -, que multiplican por diez el valor relativo en el PIB de lo que era el autárquico Instituto Nacional de Previsión, son, más que máquinas productivas, covachuelas para la burla del Presupuesto y la bicoca de los militantes de los partidos en el poder. ¿Será ese el modelo a defender sindicalmente?

Confieso que, cuando vi en la televisión a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santa María y a la titular de Empleo, Fátima Báñez, en el anuncio de la reforma laboral prendió en mi interior una pequeña llama de esperanza. Después de tres docenas de años de palabrería supuestamente democrática sobre el particular, se desacralizaban algunos conceptos de la Dictadura. Dos jovencitas de la edad de mis hijos, solventes y formadas, inauguraban un trayecto de normalidad en el camino de nuestra Historia. Ojalá lleve a buen final; pero, en cualquier caso, no sentía tal emoción desde que, con la UCD, empezó un cambio que está resultando más lento y difícil de lo que debiera.

 

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