Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

La nieve

Javier Pérez Pellón
 

Con su estudio titulado de “De nive sexangula” la sabiduría de Johannes Kepler (Weil der Stadt 1571, Ratisbona 1630) reconoció, por primera vez, la geometría de los copos de nieve. Este hallazgo de la descripción de la geometría hexagonal de los copos de nieve fue el regalo que el científico y astrónomo alemán haría a Rodolfo II de Habsburgo con ocasión de las Navidades del 1611.

Según su teoría, la forma de los copos de nieve está determinada por la temperatura y humedad a la cual se han formado. Y adoptan una forma geométrica basada en el hexágono, aunque, dependiendo siempre de la temperatura y humedad, pueden llegar a formar copos de nieve cuya geometría está basada en el triángulo o en el dodecágono.

En el 1885 Wilson Alwyn Bentley intentó identificar dos copos de nieve idénticos entre sí, pero no lo consiguió, a pesar de haber examinado miles y miles de este prodigio de la naturaleza bajo la atenta vigilancia de un microscopio.

Pero no fue hasta 1988, es decir, anteayer, cuando un grupo de científicos de Wisconsin demostró que dos copos de nieve pueden ser totalmente idénticos si el entorno en el cual se forman es suficientemente parecido.

No nos debiera interesar tanto el que existan dos copos idénticos o diferentes. Lo que nos maravilla es su forma, el perfil, absolutamente definido, de sus perfectos encajes geométricos, el cómo la madre naturaleza puede llegar a confundir y extasiar a la más alta ansia de conocimiento y saber de la imaginación humana.

Hoy Italia, creo que son imágenes reproducidas en el mundo entero, está invadida por la implacable y rigurosa disciplina de las tropas del “general invierno”.

Cuando me asomo a la terraza y contemplo el espectáculo de los pinos y abetos, siempre verdes, y ahora petrificados, como si fueran visiones espectrales, fantasmas engalanados del blanco absoluto de la nieve y diviso, allí en la lontananza, las cumbres del monte Terminillo, totalmente blancas, preparadas para acoger la estación de los deportes invernales, me da por pensar en el misterio que encierran, en sus entrañas, esos millones y millones de copos de nieve que han medio sepultado Roma, Florencia, Siena, Venecia….

Son miles y miles de millones que, – bajo el nombre de prismas simples, láminas estrelladas, láminas sectoriales, dendritas estelares, dendritas estelares con forma de helechos, columnas huecas, columnas tapadas, agujas, láminas dobles, cristales triangulares, cristales dodecagonales…- , encierran una belleza indescriptible, tal que ni al más sabio y experto artesano que fundiendo el silicio en los crisoles de los hornos de Murano se le hubiera pasado por su imaginación de artista. Eso, lo más similar que puedo encontrar a los cristales de un copo de nieve sería un especie de armoniosa conjunción entre un cristal de la isla de Murano y un refinadísimo encaje de hilo de la de enfrente isla de Burano.

Yo creo que, cada uno de nosotros, meseteros, montañeros o ribereños del mar, no sé si por eso de creernos que España es el país del sol, – algo con lo que nunca estaría de acuerdo quien haya pasado un invierno en Valladolid ¡y yo he pasado tantos en mi niñez y adolescencia! – , portamos en nuestro interior la dicotomía de amor-odio hacia la nieve. Amor por la belleza que supone un paisaje del campo, de la montaña o urbano, ensabanado con la blancura de la nieve. Odio por las consecuencias, – no siendo ni finlandeses ni letones – , desagradables, sino, tantas veces dramáticas o trágicas que puede acarrear una buena nevada como Dios manda.

Yo, por ejemplo, tengo un poco de todo. Recuerdos agradables, recuerdos mágicos, recuerdos muy desagradables y recuerdos pintorescos. Entre los desagradables me acuerdo a diario por los tres clavos que llevo atornillados a mi tibia derecha, destrozada, rota por seis partes, sin duda por mi inexperiencia como esquiador y recompuesta, después de operaciones y nueve meses de escayola, como si fueran los de un alumbramiento, por la experiencia y pericia de ilustres cirujanos de Valladolid, el Dr. Hipólito Durán al frente de todos ellos.

Tengo un recuerdo mágico, cuando un seis de enero, de hace unos cuantos años, estando en Venecia, cayó una gran nevada. Después de cenar para volver al hotel Londra, – donde nos albergábamos, mi mujer y yo, en una habitación con vistas a la laguna veneciana y a la silueta indescriptible de la isla de San Giorgo, la misma en donde Tchaikovski, siendo su huésped en 1877, encontró la inspiración para componer su Cuarta Sinfonía –, teníamos que atravesar la Plaza de San Marcos. La plaza estaba totalmente cubierta de nieve, sin ninguna otra huella de pisada humana que no fueran las nuestras. En aquellos momentos pensé que estábamos hollando la virginidad de la naturaleza representada en la blancura impoluta de aquella plaza que había sido no sólo centro de la historia de república lagunar, sino paradigmático símbolo de toda Europa que la consideraba como la puerta deseada hacia el Oriente de donde Marco Polo había traído los testimonios fascinantes de lejanas tierras aún cerradas al conocimiento de Occidente.

No sé si detrás nuestra otros dejarían sus huellas. Durante nuestro recorrido en oblicuo, casi con las puntas de los pies, no vimos ninguna. Las góndolas, atracadas en la ribera, teñidas, también, de blanco, se balanceaban serenamente. Parecían naves fantasmas en espera de pasajeros imaginarios para conducirlos hacia mares desconocidos.

Sensaciones, también mágicas, las tuve de cuando haciendo un reportaje para la TVE, sobre el Carnaval de Venecia, me hice acompañar, durante el rodaje, de unos actores representativos de la Comedia del Arte. El último día del carnaval volvió a caer sobre la ciudad otra gran nevada. Colombina y Arlequín, subían en una góndola, mientras que con alegría y tristeza, como son todos los finales del gran carnaval del mundo, me decían adiós gesticulando y les perdía de vista mientras su frágil embarcación se perdía bajo un puente.

“Come è triste Venezia

soltanto un anno dopo.

Come è triste Venezia

Se non si ama più

si cercano parole che nessuno dirà…”

Cantaba Charles Aznavour.

(“Qué triste es Venecia

sólo un año después.

Qué triste es Venecia

si no se ama más.

Se buscan palabras que ninguno dirá…”)

Recuerdo la gran nevada que cayó sobre Roma el 10 de febrero de 1986. Retornábamos, a bordo del avión del Papa, Juan Pablo II, de un fatigoso y estresante viaje a través del ancho y largo de ese fascinante continente que es India. El avión no pudo aterrizar en Roma porque estaba impracticable, casi como ahora, así que desvió su rumbo hacia el de Nápoles, donde llegamos a la una de la madrugada. Desde allí se fletó un tren de emergencia, con un vagón especial para el Papa, mientras que cardenales, obispos y monseñores de su séquito, se mezclaban con nosotros, periodistas enviados especiales para estos acontecimientos. Regresábamos todos en mangas de camisa, como correspondía a la calura que habíamos soportado en Bombay, Nueva Delhi, Calcuta y demás ciudades del itinerario papal. Llegamos a Roma, destino final del viaje, a la Estación ferroviaria del Vaticano y allí nos hicieron desembarcar a todos. El equipaje nos lo entregarían al día siguiente. Un pantalón y una camisa era todo nuestro atuendo, en medio de un frío polar apenas mitigado por unas mantas robadas a la Air India. Y así hasta casa, a pie, yo, al menos cuatro kilómetros de la mía, otros compañeros unos cuantos más, porque de taxis y autobuses ni sombra. Mientras mis hijos se habían ido a esquiar en la gran avenida de los Foros Imperiales, entre el Coliseo, el Arco de Constantino y el Foro Romano. Ocasión única y excepcional para saludar la columna, emblanquecida, que narra, en sus relieves de preciosísima confección, las hazañas y conquistas, al servicio del Imperio, del emperador español Trajano. Seguramente la bendición que nos echara el Papa, junto con el rosario que nos regalara, intercedieron hacia lo alto para ahorrarnos una pulmonía. Este es el recuerdo “pintoresco” que tengo de la nieve caída por estos lares.

Hoy toda Italia está cubierta por la nieve y apenas se distingue una ciudad de la otra. Millones y miles de millones de láminas estrelladas, de dendritas estelares, de cristales triangulares, prismas simples y de cristales dodecagonales, han medio sepultado Milán y Venecia y Florencia y Bolonia, ciudad esta última, donde cuando allí estudiaba en su Universidad, conociera el invierno y la nieve que caía, abundantemente, a los pies de las dos Torres inclinadas, la Asinelli y la Garisenda, cantadas por Dante en la “Divina Comedia”, y por último Siena.

“No existe nada en nuestro mundo similar a Siena”, decía Bernhard Berenson, que la describía, conmovido, como una ciudad medieval única y completa, de alguna manera semejante al esqueleto de un monstruo antidiluviano, conservado fabulosamente íntegro, reposando, en toda su extensión, entre las Colinas vinícolas de Chianti y las tierras arcillosas del Valle del Arbia.

La imagen poética y de rendida admiración del crítico de arte americano es sugestiva, pero la realidad supera la fantasía; porque en este raro fósil continúa a palpitar la vida: los palacios góticos están habitados, las muchachas cantan desde la torres tendiendo al sol la ropa apenas lavada, en las angostas callejuelas rueda el tráfico de automóviles, baten las horas en sus seculares campanas y continúa el correr del agua por sus antiguas fuentes. La ciudad está construida sobre tres colinas de donde destacan la mole marmórea de la Catedral, las basílicas potentes, cual si fueran fortalezas, los palacios feudales y la torre del Mangia, símbolo de la potencia de la antigua república que surge, inimitable, desde este panorama, casi como si fuera una flor, en la Plaza del Campo, para mí, la más bella de Italia que es, como decir, la más bella del mundo y que saluda a los viajeros antes de que estos puedan leer, esculpida sobre la Puerta Camollia, su dulce bienvenida: “cor magis tibi Sena pandit” (“Siena te abre el corazón, antes que sus puertas”).

Hoy, también aquí, este esqueleto antediluviano, según la metáfora de Berenson, ha sido, como en la época de los tiempos glaciares, medio sepultado por la nieve, el hielo y el frío.

¡Ay! sí. La nieve.

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