Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

Iba yo a comprar calzoncillos

Patxi Andion
 

LA GENTE SABE cuantas cosas que le cuentan debe acumular sin duda y cuantas de ellas debe de aprovisionarlas preventivamente mientras busca la manera de refrendarlas. No se trata de desconfianza sino de experiencia. El conocimiento del hombre actual está basado en la información comunicada y muy poco porcentaje proveniente de la experiencia personal aunque, siempre buscamos comprobar las cosas nosotros mismos. Solo cuando vemos que es verdad lo que pensábamos que lo era lo aceptamos como tal. Por eso, la gente que es sabia, se cuida mucho de aceptar sin más cosas de trascendencia y siempre que puede, busca comprobarlo.

El conflicto libanés que tuvo en jaque a todo el país, envuelto en una guerrilla de carácter fratricida y que parecía no iba a tener fin, inauguró la guerra de los barrios, en la que barrios enteros colindantes se lanzaban granadas de un lado al otro de la calle en una concienzuda labor de destrucción de la maravillosa Beirut, por la que lograr transitar fuera de los túneles, que además se descubrían casi a diario, era una auténtica lotería. Fue según me contaron cuando logré poner los pies allí una vez terminado el conflicto, el tiempo de los conductores. Quien tuviera uno que se supiera porque montaña de escombros encontrar un paso o que calles parecían cortadas pero no lo estaban o simplemente uno que pudiera mantenerse a 200Km por hora en dirección contraria sin que le temblaran las meninges, tenía un tesoro y como tal lo pagaban.

En aquellos días, con las carreteras del país entero plagadas de controles militares sirios, no había manera de entrar en Siria si no fuera desde allí y con recomendación. La cosa era que, como a cualquier hijo de madre y más si encima eres sociólogo, me moría literalmente de ganas atisbando la posibilidad de entrar en un país prácticamente prohibido a los europeos.

Por fin, por una carretera militar exclusiva y en un coche blindado, logré la cosa. Dos tipos rudos de un pueblo cristiano, con metralletas sobre las rodillas, me condujeron hasta el mismísimo Damasco con la consigna de que la razón del viaje era la compra de ropa interior del famoso algodón autóctono. Fui todo el viaje torturado por encontrar la palabra calzoncillo en francés, que no me salía, pero al final no tuve que pronunciarla.

Fue una sola jornada aunque muy bien aprovechada pues los dos maronitas conocían la ciudad al dedillo y literalmente nos logramos sumergir entre la gente de los barrios sin llamar la atención. Fue un día excepcionalmente emotivo por lo clandestino y tremendamente esclarecedor. Tras la obtención de nuestro particular salvoconducto, los calzoncillos, le tomamos el pulso a las aceras de la mítica ciudad con verdadera ansia, febrilmente, visitamos, preguntamos, escuchamos y aprendimos. Luego, mas tarde, ya en el coche de vuelta y antes de que los chóferes decidieran hacer los últimos kilómetros para llegar a Beirut a contramano con las luces largas y sin pestañear, porque llegábamos algo tarde a una cita, reflexionando sobre lo vivido, nos asaltó el temor que en estos días se está confirmando de nuevo. La sensación de que detrás de aquella calma, latía la matanza.

Las imágenes y los datos que nos habían comunicado en aquellos días contándonos la realidad oculta tras la calma, fueron desmentidas por aquel viaje en busca de calzoncillos y que ahora, dándonos la triste razón, se manchan de sangre. De todas las sangres, de todos los credos y todas las sensibilidades. Donde vimos escuchar misa en el centro de la Gran Mezquita de los Omeyas, junto a la tumba del Bautista. Mientras los musulmanes oraban al Profeta a menos de seis metros de los cristianos que comulgaban. ¡Y yo, que había ido a comprar calzoncillos!

No hay más oraciones que suspiros o deseos infantiles maltrechos. Febrero

 

 

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