De los tres líderes que Europa ha estrenado en los últimos meses para dirigir los destinos de otros tantos países (Italia, Grecia y España), dos tienen una legitimidad democrática limitada al hecho de que han sido promovidos y catapultados en la práctica desde Bruselas hasta las más altas responsabilidades ejecutivas de sus respectivos países, Italia y Grecia. Mario Monti, ex comisario europeo de la Competencia, un peso pesado por méritos propios en la política comunitaria, ha servido para mandar al señor Berlusconi, felizmente, al banquillo de los políticos en la reserva. En Grecia, el ex banquero central Lucas Papademos, dirige hoy el Gobierno de Grecia tras tomar el relevo de Papandreu. Los dos han sido promovidos desde las instancias comunitarias, aunque sería mucho decir que se trata de nombramientos a dedo o de la imposición de delegados de la Eurozona para sus respectivos países. El tercero del trío de cambios recientes es Mariano Rajoy, quien ha obtenido, como es bien sabido, su puesto de primer gobernante de España vía elecciones generales, por mayoría absoluta.
Hay, por lo tanto, dos tecnócratas, con poderes limitados en el tiempo y en su margen de maniobra (ya que dependen del consenso o cuando menos del amplio acuerdo de los partidos políticos del país, con el Parlamento respectivo en pleno ejercicio de todas sus funciones sin excepción) y un político democráticamente elegido. Los tres tienen, no obstante, algunas características en común, la principal de ellas sacar adelante sus respectivas economías, realizar profundas reformas con vistas a dotar a los países de estructuras más eficientes y modernas y acometer importantes planes de ajuste fiscal para recobrar un cierto equilibrio entre los ingresos y los gastos, ya que en los tres países era evidente el hecho de que vivían muy por encima de sus posibilidades, con un protagonismo estatal impropio de una economía moderna y eficiente. En esta tarea están empeñados los tres y, aunque es muy pronto para extraer algunas conclusiones, empiezan a perfilarse los rumbos que van tomando. Para poder valorar los resultados habrá que esperar desde luego unos cuantos años.
Por lo visto hasta la fecha, y dado que la tarea de Rajoy es de menor recorrido porque lleva bastante menos tiempo en el poder, Italia y Grecia están ofreciendo resultados bastante dispares. Se puede discutir si ello obedece a la eficacia o la torpeza de los dos tecnócratas elegidos o se trata más bien de que ambos afronten tareas de muy difícil comparación. Desde luego lo de Grecia se parece bastante a un desastre sin paliativos, lo que no implica que el tecnócrata Papademos, persona con notables méritos académicos (profesor en Harvard, EE.UU., economista, ingeniero, físico,…) esté cosechando un sonoro fracaso. Quizás el país tiene difícil arreglo, por mucho que le pongan tecnócratas y sabios al frente.
Lo de Italia tiene, sin embargo, otro aspecto. No sólo se trata de un país de mucha mayor envergadura (cuarta economía europea) y una dilatada tradición industrial (cuestiones culturales al margen) sino que cuenta con una importante clase media y una aristocracia empresarial considerables, además de unas instituciones democráticas que han aceptado a regañadientes la imposición externa de Monti como gran gerente nacional de la economía, dándole un visto bueno condicionado al desarrollo de políticas más eficaces contra el déficit y la crisis económica y siempre por un periodo de tiempo limitado, hasta el año 2013. Monti parece estar haciéndolo bastante bien y sin estridencias, según los críticos, aunque aún no ha tocado las grandes reformas que necesita Italia y que se ha mostrado dispuesto a abordar. Una de ellas, la de reducción de su descomunal deuda pública, que se ha comprometido a recortar en dos puntos anuales sobre el PIB, lo que arroja un escenario de privaciones de unas cuantas décadas, que difícilmente puede soportar un país democrático y menos si tiene que hacerlo en una etapa de crecimiento económico moderado e incluso nulo, como es el que muestra en la actualidad.
De ahí que el tecnócrata italiano haya empezado a promover activamente en todas las instancias posibles (desde Bruselas hasta el FMI, pasando por EE.UU., en donde mantendrá en breve alguna reunión con Obama) un ligero cambio de actitud en relación con las políticas de ajuste y la necesidad vital de impulsar el crecimiento económico, sin perder de vista una cierta ortodoxia. Es una corriente que se está abriendo paso en la Eurozona, incluso con la complicidad de Francia, para condicionar en alguna medida el papel ortodoxo de Alemania, a la que se le están empezando a pedir algunos compromisos de apoyo a la reactivación de las economías europeas, empezando por la propia de Alemania. Monti acaba de declarar a Financiar Times que “Europa no será un lugar agradable en el que vivir dentro de 5 años si no solucionamos el problema del crecimiento”. Es una oportuna reflexión que se está abriendo paso en algunos países europeos como alternativa a las políticas de ajuste, necesarias pero a la postre necesitadas de un relevo más o menos inmediato.