Grecia y con ella toda la zona euro, vuelve a bailar al borde del precipicio. Las negociaciones con los bancos acreedores están en punto muerto después de sucesivos aplazamientos del acuerdo sobre la reducción del valor y el tipo de interés de la Deuda griega. Y Merkozy, al acabar el consejo de ministros franco alemán, ha exigido nuevas medidas de austeridad y un aumento de la competitividad que pasa por la reducción de los salarios.
Sin un acuerdo sobre la reducción de la Deuda, la UE y el FMI no desembolsarán los nuevos créditos prometidos y Grecia hará bancarrota. Una historia que se repite desde el principio de la crisis y que está llegando al límite de la capacidad de la sociedad griega de soportar unas medidas de austeridad que la han conducido a una recesión económica que le impide reducir su endeudamiento y exige nuevas medidas de austeridad en un círculo vicioso que no tiene salida.
No solo en Grecia. La recesión ha llegado a Europa y los sucesivos acuerdos del Consejo Europeo no la han evitado, más bien la han propiciado. El FMI prevé una contracción del 0,5 % para el conjunto de la zona euro, con caídas del PIB especialmente fuertes en España e Italia y estancamiento en Francia y Alemania. Un contexto muy malo para pretender reducir los déficits fiscales sin agravarlos todavía más. La zona euro se ha convertido en el eslabón débil de la economía mundial.
Así, las incertidumbres políticas se añaden al impacto que las políticas de austeridad tendrán sobre una economía en punto muerto. La forma en la que se va a resolver la restructuración de la Deuda griega, la medida en la que el BCE va a mantener su ayuda a un sector financiero muy frágil, y a través de ella canalizar recursos para financiar a los gobiernos, y la capacidad de las sociedades europeas de soportar las consecuencias de las políticas de austeridad que se les imponen son algunas de las incertidumbres que pesan sobre este año 2012.
Si se añade el calendario electoral, sobre todo las elecciones presidenciales francesas con Hollande prometiendo revisar el Tratado firmado hace unos días y negándose a constitucionalizar la “regla de oro” tan querida por Merkel (y que Zapatero ya asumió), no es extraño que los mercados financieros no acaben de ver claro el futuro de Europa.
Solo el BCE puede ser a lo largo del año la tabla de salvación y el bombero que apague los incendios. Como ya viene haciendo desde agosto pasado y mucho más desde que Draghi ha tomado los mandos.
Gracias a su decisión de bajar los tipos de interés y de suministrar liquidez barata y a largo plazo a los bancos, Don Mario ha estabilizado la situación en las últimas semanas. Las primas de riesgo de Italia y España han disminuido y se ha eliminado el riesgo de implosión de la zona euro, pero no se han resuelto sus problemas de estancamiento económico.
A diferencia de Europa, los demás países desarrollados pueden apoyar sus economías porque disponen de dos instrumentos vitales. Un verdadero Banco Central y una moneda con un tipo de cambio ajustable. Gracias a ello pueden permitirse mantener déficits públicos importantes que a fin de cuentas no son sino la contrapartida natural del necesario desendeudamiento del sector privado.
Como los países europeos no pueden hacer lo mismo, cuando la crisis disminuyó su financiación exterior la respuesta ha sido una reducción de la actividad económica. Y como sin crecimiento no es posible reducir el endeudamiento, la amenaza de una serie de defaults soberanos y de los bancos sigue pesando sobre las perspectivas europeas.
El BCE ha impedido un colapso del sector bancario europeo. Pero hay que dar tiempo a los países en dificultad para que puedan recuperarse. La disciplina presupuestaria no puede ser la solución porque la indisciplina no fue el principal problema. Seguimos con el mismo error de diagnóstico, a pesar de que la señora Lagarde ha advertido en Berlín que “aplicar recortes presupuestarios generalizados en todos los países a la vez no hará sino atizar la recesión y agravar el problema”. Más claro el agua. Pero luego el FMI, que se supone que dirige Lagarde, exige a Atenas esos mismos recortes.
Entre las muchas cosas que nos ha enseñado la crisis está el que los mercados financieros son incapaces de orientar adecuadamente la inversión del ahorro y del endeudamiento. Qué duda cabe de que España e Irlanda hubieran hecho mejor invirtiendo en energías renovables o en la racionalización de los sistemas sanitarios los capitales que han hinchado la burbuja inmobiliaria. Incluso con mecanismos tan estrictos como los que ahora se proponen para controlar el déficit público, estos países hubieran tenido los mismos problemas.
España e Irlanda han sido víctimas del comportamiento de su sector privado. Y eso es consecuencia de la concepción de la economía derivada del Tratado de Maastricht que fomenta el gasto privado, sin pararse a pensar en cómo se financia, y estigmatiza el gasto público aunque sea un factor clave para la competitividad de un país. Y eso lo dice con las mismas palabras Monti, el nuevo primer ministro italiano, el otro Mario, que es cualquier cosa menos un rojo peligroso ni un dogmático keynesiano.
Esas reacciones explican que empiece a haber en Europa una crítica cada vez mayor a la política impuesta por Merkel. Como decía Kant, la bondad de una regla depende de que pueda ser aplicada por todo el mundo. Una zona euro compuesta por 17 Grecias no funcionaría. Pero si estuviese compuesta por 17 Alemanias tampoco porque si todos los países hubieran aplicado a la vez la moderación salarial alemana la recesión del conjunto hubiese sido mayor que la que ahora nos amenaza. Y Alemania no hubiese podido vender a sus vecinos las exportaciones en las que ha basado su crecimiento. Sería bueno tenerlo en cuenta ahora que parece que la reducción de los salarios es la única forma de recuperar competitividad.