Quienes sean amigos de las alegorías – es decir, los españoles – pueden ver en el Congreso que acaba de vivir el PSOE toda una representación, entre chusca y llorona, de la total realidad nacional. Cuando uno de los grandes partidos con los que la Nación expresa su estéril dualidad se ve conducido a elegir entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón como vía de esperanza y liderazgo, es que las cosas están muy mal.
Si, además, tan inanes candidatos resultan intercambiables en razón del exiguo número de votos que marca su distancia es que las cosas están peor. Es más, ¿habremos sobrepasado ya la línea de no retorno a una Nación cabal y ordenada en la que el talento tenga valor y resulte exigible a los líderes de cualquier proyecto común?
José Luis Rodríguez Zapatero marcó el non plus ultra de la escasez política. Parecía imposible que alguien de tan mínima talla volviera a encabezar un partido que, para bien y para mal, goza del respeto de la mitad eficaz del censo de votantes. Pues no era imposible.
Acabamos de vivir un proceso electoral, unas primarias, en el que dos “minizapateros”, dos miembros de su equipo de Gobierno, han disputado la sustitución del imposible. Uno de ellos, Rubalcaba, ha salido triunfante por 22 votos de distancia entre cerca de un millar de electores. En ese nivel de incompetencia – dos dramáticas legislaturas nos dan prueba y medida de ella –, ya no nos queda ni el consuelo del bipartidismo fáctico.
La partitocracia bipolar en la que estábamos instalados ha caducado. Del mismo modo que en nuestro pasado no democrático y cercano, el del Movimiento Nacional, tuvimos que padecer los males del partido único, entramos ahora, por dejación de los socialistas, en la inexplorada realidad de un único partido. No es lo mismo una cosa que la otra y, sobre todo, es muy diferente el camino que lleva a ellas, pero conviene ir rumiando la idea peligrosa de la ausencia de una fuerza antagónica coherente y con más sentido que el de hacerse notar.
Rubalcaba, un doméstico de la política agrandado por la púrpura de una vicepresidencia y encaramado al liderazgo por la escalerilla de las marrullerías, es poca cosa para un partido, decano entre los españoles y santo y seña de la izquierda nacional. Es la maña sin la fuerza. La elección de Rubalcaba marca, además, un cierto descoyuntamiento de la formación. La debilidad enclenque de Zapatero ha ido debilitando los puntos de engarce de las distintas familias socialistas – sus federaciones – que ahora, huérfanas de poder, terminarán en el sálvese quien pueda que resulta inevitable en los naufragios.
Mi pronóstico no coincide con mi deseo y estaría encantado si es erróneo; pero, carentes de ideología, después de una sangría de poder que les ha dejado sin presencia notoria en las Autonomías y en buena parte de los Ayuntamientos, y sin liderazgo fuerte e incuestionable, ¿qué motor puede impulsar un partido de tan grande dimensión y pesada historia?
A mayor abundamiento, dentro de poco más de mes y medio, viviremos las autonómicas andaluzas en las que, previsiblemente, los socialistas seguirán su camino de mengua creciente. Incluso el papel jugado en el XXXVIII Congreso por el nuevo presidente del PSOE, José Antonio Griñán, devalúa en parte de la familia del puño y la rosa su condición de aspirante a continuar mandato en la Junta de Andalucía.
Sería demasiado cruel – así, en caliente – repasar los nombres y la biografía de los nuevos integrantes de la nueva Ejecutiva federal del PSOE. Baste con decir que superan en nimiedad a la Ejecutiva a la que suceden. Son mínimos incluso en la mínima escala de los valores políticos de Zapatero. ¿Hay quién dé menos?