Una vez elegido secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, en sus primeras palabras como líder del PSOE dijo a su adversaria: “gracias Carmen por tu discurso”. Y esta frase un tanto malvada resumió lo ocurrido en el 38 Congreso socialista: Carmen Chacón perdió el Congreso, que Zapatero y su Ejecutiva habían amañado a favor de la catalana, por culpa de su pésimo discurso, histérico en la forma y vacío de contenido político e ideológico. Lo que sin duda alarmó a los delegados ante el oportunismo chillón de esta candidata que, sin entidad política ni preparación, pretendió ser la líder de un partido en crisis pero que, finalmente, optó por apoyar a Rubalcaba, el más sólido de los candidatos. Provocando así un vuelco de última hora frente a lo que parecía la victoria cantada demasiado pronto –por varios dirigentes andaluces- a favor de la catalana. Y dando, de paso, un severo castigo a Zapatero por su mal gobierno y el hundimiento del PSOE. Lo que por otra parte tiene como consecuencia el regreso o la reivindicación de la vieja guardia de Felipe González, frente al tiempo temerario y frívolo de ZP y de su candidata Chacón.
La misma Carmen Chacón que, por tercera vez, ha sido derrotada por Rubalcaba: como cuando pretendió sustituir a María Teresa Fernández de la Vega en la vicepresidencia primera del último gobierno de Zapatero, que logró Rubalcaba; o cuando intentó, en las pasadas y fallidas primarias del PSOE, ser candidata socialista a las elecciones generales de 2012. Y ahora, por tercera vez, en la lucha cerrada por la secretaría general donde la vieja guardia del felipismo, con el propio González a la cabeza, se lanzó en tromba frente a la frivolidad y oportunismo de Chacón como heredera de la catastrófica levedad del zapaterismo que pretendía permanecer al frente del Partido Socialista y al mando de los poderes fácticos –económicos y mediáticos- que adornan al hoy primer partido de la oposición.
Precisamente para conseguir que Chacón ganara el liderazgo del PSOE, Zapatero no dimitió tras la derrota del 20-N –de la que era el principal responsable- intentando con ello impedir un debate en profundidad en el PSOE, y aprovechar el control del aparato del partido para encumbrar en el liderazgo socialista a Chacón, la que además era dirigente del PSC. Otra “anomalía” en la historia del PSOE que recordaba la “España plural” o confederal de Zapatero y su tremenda afirmación de: “la nación española es discutida y discutible”. Chacón, pues, ponía en peligro la españolidad del PSOE como lo insinuó Rubalcaba al reclamar un “PSOE español que diga lo mismo en todas partes”, en alusión a los nacionalistas catalanes que anidan en el PSC, que son muchos, y a los que ayer mismo hizo veladas advertencias.
Es posible que, como ex miembros de los gobiernos de Zapatero y corresponsables de las últimas derrotas electorales, ninguno de los dos candidatos, Rubalcaba y Chacón, fueran los idóneos para este tiempo de crisis nacional y crisis del PSOE. Pero como Zapatero forzó el congreso de urgencia para colar a Chacón –con la excusa de la inmediatez de las elecciones andaluzas-, estaba claro que el mejor de los dos candidatos era Rubalcaba y así los ratificó ayer el 38 Congreso socialista, por solo 22 votos de diferencia. Lo que da una idea del nivel de intrigas que el aparato de Zapatero había amañado a favor de Chacón y que quedaron reducidas al fracaso porque los delegados, tras escuchar a Rubalcaba y sobre todo a la catalana, finalmente apostaron por la experiencia y la solidez.
Lo que, por otra parte, constituye un voto de castigo indirecto a Zapatero quien ni siquiera en este congreso ha querido asumir su altísima responsabilidad en la crisis de España y en la derrota de los socialistas. Con lo que su mala salida del poder queda ahora empeorada por la victoria de Rubalcaba. La que, por otra parte, deja a la intemperie al coro de dirigentes y barones zapateristas, los Griñán, Tomás Gómez, Barreda, Belloch, Rojo, Narbona, López Aguilar, etc, que apostaron por Chacón y especialmente a las huestes del PSC de Pere Navarro, que deberán replantearse su actitud y a la vez clarificar su posición frente al nacionalismo catalán y la opción española, porque todo apunta a que Rubalcaba en este pantanoso terreno no dará un paso atrás. “No me voy a quebrar”, dijo una y otra vez en el nuevo secretario general, mientras Chacón presumía, a gritos, que ella iba a provocar de manera inmediata el “cambio social” en España.
En el PP hay cierta decepción porque preferían a Chacón por su debilidad y para airear su catalanismo en las elecciones andaluzas. Y porque no le perdonan a Rubalcaba su denuncia en la víspera electoral de 2004 cuando dijo, tras los atentados de Madrid del 11-M: “España no merece un gobierno que no le diga la verdad”. Algo que ayer volvió a recordar cuando afirmó que “el PP se fue del poder mintiendo y ha regresado mintiendo”, en alusión a la subida de impuestos acordada por Rajoy.
Pero al margen de esta animadversión política y casi “personal” del PP con Rubalcaba –sobre todo del ala mas conservadora y aznarista de los populares-, es probable que a Rajoy le convenga más tener a Rubalcaba como interlocutor, sobre todo a la hora de hablar de pactos en contra de la crisis económica, de cohesión nacional frente al nacionalismo, del fin de ETA y de cuestiones de Estado como la diplomacia o la seguridad. Porque el nuevo líder de los socialistas tiene mas talla y sentido de Estado que la osada Chacón. Otra cosa distinta es que con Rubalcaba la vieja guardia felipista regresa al control del PSOE, con sus poderes fácticos –económicos y mediáticos-, que también los tienen, al servicio del primer partido de la oposición. Pero de ello no tienen la culpa ni Rubalcaba ni González, sino el enorme desastre del tiempo de Zapatero y la frivolidad de Chacón.