Nuevo Gobierno, nueva reforma educativa. Desde de la Ley Moyano de 1857 han existido numerosas leyes educativas en España, ninguna de ellas consensuada: todas han sido impuestas “contra los hotros”, de ahí que todas hayan sido revisadas en cuanto ha surgido la oportunidad. Desde que en 1990 se aprobó la LOGSE, empero, la polémica se ha centrado más en las cuestiones accesorias que en lo esencial, siendo la exigencia y el mérito los principales perjudicados.
El nuevo ministro de Educación, José Ignacio Wert, anunció el pasado martes las líneas maestras de la nueva reforma educativa. Lo que más trascendió –cosa lógica en la sociedad de la desinformación que sufrimos– es que la actual “Educación para la Ciudadanía” va a ser sustituida por una “Educación Cívica y Constitucional” que, trate de lo que trate, será una “maría”, una simple hora a la semana que no servirá para absolutamente nada. Supongo que es mejor eso que ponerse a hablar de por qué nuestros escolares hablan con dificultad y se expresan aún peor.
La otra brillante idea del proyecto presentado por Wert es la ampliación del Bachillerato a tres años a costa de uno de la ESO, que así también pasará a tener tres. Esto, que nadie se confunda, no tiene nada que ver con la pasión tripartita de Dante que, por otro lado, no aparece por ningún lado en nuestro plan de estudios. Con la nueva reforma, el primer año de Bachillerato será obligatorio; no así los otros dos. Como lo será el primer año de FP; no así los otros dos. Curiosa medida que convertirá en obligatorio comenzar un ciclo que muchos nunca terminarán. ¿Acaso no casa bien con el espíritu español lo de dejar las cosas a medias?
Esta reforma, simple en apariencia, aparte de no servir de mucho si no se cambian radicalmente los planes de estudio ni se eleva sustancialmente el nivel de exigencia para pasar de curso, supondrá enormes problemas logísticos para los distintos centros educativos, que no sabrán muy bien qué hacer con profesores, aulas, horarios y demás apartados que componen la estructura de un colegio o instituto. Será tremendamente complicado aplicar un simple cambio de nombre, y habrá que ver si pasar de 1º de Bachillerato es tan sencillo como pasar de 4º de ESO, superable con dos asignaturas suspensas aunque el alumno no se presente en septiembre.
El sistema educativo español es pésimo. No por cómo se llamen los cursos. Ni por sus asignaturas, que también. Lo es básicamente porque pasar de curso está “chupado”, pese a lo cual el fracaso escolar continúa siendo contundentemente preocupante. Nuestro sistema es enemigo declarado de la excelencia, del rigor, del mérito, del esfuerzo, y los que no fracasan apenas saben nada que no sirva para aprobar, perdón, para sacar nota en Selectividad. A pesar de la propaganda habitual, estamos muy lejos de estar creando “las generaciones mejor preparadas de la Historia”.
Ya que se quiere reformar de nuevo el edificio educativo, que comiencen por Primaria, donde todos los futuros problemas comienzan a fraguarse. Hay que exigir, y mucho, desde el primer momento. Sólo en la cultura del esfuerzo y de la excelencia se podrán predicar los valores que intentan inculcar con una asignatura que se imparte de mala manera en dos cursos al azar. Todo lo demás son chorradas, como se puede observar a simple vista. Basta con dar un paseo por cualquier campus universitario para darse cuenta de la realidad. No estamos educando, en ningún caso, ciudadanos; ni nada que se le parezca.