Nº 1603 -  2 / IX / 2014 
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OPINIÓN

El incienso y el azufre

Javier Pérez Pellón
 

Hace dos mil años, reinando Nerón sobre el trono del Imperio, de cuando Pedro, aquel apóstol que por tres veces había negado a Cristo, para impedir ser detenido, caminaba por la Via Apia, la calzada más importante, porque conectaba la capital con las ricas y fértiles provincias del sur, hasta el puerto de Brindisi, que se habría por el mar hacia Grecia y el Oriente. La Via Apia, era, lo es todavía porque, en parte, es aún utilizada por el tráfico rodado, un prodigio innovador y duradero de ingeniería vial; los romanos la llamaban la “regina viarum” (la reina de las vías) y comenzó a construirse en el año 312 a.d.C bajo el patrocinio del censor Appio Claudio Cieco, terminando su largo recorrido, 365 antiguas millas romanas, cerca de 540 km. actuales, con largos períodos de inactividad, en el 190 a.d.C. En el año 71 a.d.C tuvo lugar la rebelión de Spartaco y de seis mil de sus más fieles seguidores. Capturado y muerto el cabecilla de la revuelta, las tropas imperiales hicieron lo mismo con los otros seis mil esclavos a los que crucificaron, plantando sus cruces a lo largo de toda la Via Appia, como ejemplo y macabro escarmiento de todo aquel que osara rebelarse contra la divinidad imperial.

Simón Pedro, el apóstol, no hubiera querido seguir la misma suerte de Spartaco y los suyos y huía de Roma caminando por la Via Apia, cuando se le apareció Cristo ¿Quo vadis Domine? (¿Dónde vas, Señor?) preguntaría el apóstol, a lo que el Cristo resucitado, con una voz que asemejaba al desgarrado grito de un trueno, desde mucho más allá de las nubes, desde el infinito del firmamento y del tiempo, le respondió: “Eo Romam, iterum crucifigi”(“Voy a Roma para ser nuevamente crucificado”). Pedro comprendió el mensaje divino y volvió sobre sus pasos retornando a Roma, donde fue crucificado, mientras se encargaba de guiar la comunidad de los cristianos. Y, salvo algún período de incertidumbres y, con el correr de los siglos los cismas que separaron la Iglesia de Oriente de esta otra del Occidente, y más tarde el catolicismo del protestantismo, todos sabemos que el Papa sienta y ejerce su potestad, de monarca absoluto, en la que un día fuera la capital de uno de los imperios más extendido y poderoso de los que están escritos en los anales de la historia humana.

El “Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam mean, et portae inferi non prevalebunt adversos eam. Et tibi dabo claves Regno Coelorum” (“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Y te daré la llave del Reino de los Cielos”) sigue aquí, en Roma, desde hace dos mil años, custodiando no sólo las llaves que pueden abrir las puertas del Reino de los Cielos, sino guardando, en la mistérica liturgia de su credo, la posibilidad de una fe que colme la sed de eternidad que todo ser humano alberga en la tribulación del ánima desde el día que abriera sus ojos a la luz de este mundo.

La Santa Católica Romana Iglesia, con paciencia y sabiduría, ha sabido capear los temporales que han sacudido, con desastres y con guerras, los avatares del mundo. Ha sobrevivido a las persecuciones de la Roma imperial, refugiándose en el sacro laberinto de las catacumbas. Ha salido indemne de las destrucciones de las hordas bárbaras. Ha sido la guardiana de la cultura griega y latina, estudiándola y rescatándola del olvido, en el silencio espiritual de sus conventos. Ha sido, una vez, el orgulloso y temido poder temporal, aparcando, más allá de su conciencia, los pecados mortales de la ira y el desamor por el prójimo. Ha defendido la intransigencia de su ortodoxia con el fuego y la tortura de la Inquisición.

Hace ciento cincuenta años que, – coincidiendo con la Unidad de Italia y, a pesar de las excomuniones lanzadas contra los nuevos soberanos, la Real Casa de Saboya, usurpadora de sus extensos territorios – , perdió su poder temporal, pero no el espiritual sobre la comunidad católica del mundo entero que cuenta con mil ciento sesenta y cinco millones de prosélitos, “el ejército del Papa”, el mismo que cuando Stalin preguntó al Primer Ministro francés, Pierre Laval visitando Moscú en 1935: “¿y cuántas divisiones tiene el Papa?”

Habría que esperar hasta el 11 de febrero del 1929, la fecha de “Los Pactos Lateranenses”, firmados entre la Santa Sede y Benito Mussolini, – sentándose en el trono de San Pedro Pío XI, que llamaría al dictador italiano “El hombre de la Providencia” – , para que el Vaticano no es que recuperara el perdido poder temporal, sino algo tan substancioso como gran parte de su inmenso y expropiado capital inmobiliario repartido por toda Italia; sólo en la capital italiana uno de cada cuatro edificios (casas, palacios, hospitales, iglesias, conventos…) son propiedad papalina. Se calcula que un 20% de toda la riqueza inmobiliaria italiana pertenece, directa o indirectamente, a la Iglesia de Roma y que es, a su vez, caso insólito, la más grande propietaria de inmuebles, en absoluto, del mundo entero.

Si a todo esto añadimos la imposible valoración de su riqueza artística, aún sólo aquella custodiada dentro de los palacios vaticanos, – La Capilla Sixtina, las Estancias de Rafael, y que artistas como Botticelli, Fray Angélico, Andrea del Sarto, Bernini trabajaron bajo el mecenazgo de los pontífices romanos – , podemos deducir que el de la Ciudad del Vaticano, es el Estado más rico de todos los que existen en los cinco continentes.

Los papas de Roma han tenido siempre una gran prudencia en no exhibir tal riqueza y desde tiempos inmemoriales ha extendido, a su alrededor, una tupida muralla de incienso, mucho más impenetrable que la que un día protegió al imperio chino con la construcción de la gran Muralla o la que en tiempos más recientes la ex-Unión Soviética alzara con su “Telón de acero”.

Históricamente la “tentación” política ha formado siempre parte del nervio espiritual y cultural de la Iglesia de Roma. Bastaría recordar que fue un sacerdote, Luigi Sturzo, quien, en el 1919 fundó el Partido Popular que causó no pocas molestias a la autarquía fascista de Mussolini y que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial influiría tanto en la andadura política de la Democracia Cristiana, partido moderado que ha gobernado Italia desde la instauración de la República, en 1947 hasta 1992 y que estuvo inspirado en la doctrina social de la Iglesia de León XIII.

Con ese fino olfato que le da dos mil años de historia, la Iglesia de Roma ha intuido que había llegado el momento de reaparecer en el escenario de la política italiana. Y nada mejor que ejercer su vocación pastoral atrayendo hacia su redil a esa nueva clase política, dispersa pero no descarriada que representa el equipo ministerial de Mario Monti, cuyos componentes son todos católicos practicantes, al menos en apariencia, atributo esencial de la política. Y así, a través de la Conferencia episcopal ayudada por los movimientos de asociaciones religiosas (Acción Católica, Comunión y Liberación, Comunidad de Santo Egidio, uno de cuyos fundadores es Andrea Riccardi, actual ministro de Cooperación Internacional e Integración, los Focolarini, Renovación en el Espíritu, Neocatecumenales,…) se han reunido con el fin último de dar vida a una “cosa blanca” que aglomere a todos los moderados-liberales, con referencia cristiana que, se supone, forman la mayoría de los votantes italianos. Rascará entre los partidos de centro, ambicionando poder formar un nuevo partido político, alejado de los tradicionales de derecha e izquierda, que, en lo posible, confine la corrupción hacia los límites de su extirpación en un Estado de derecho.

La nueva “cosa blanca” podría devolver la confianza en la política ejercida con honestidad y dedicación hacia el bien común ¿Utopía? pudiera serlo, pero la historia demuestra que de la semilla de las grandes utopías germinan las ideas con que se mueve el mundo.

En mayo del 2013, concluye el mandato presidencial de Giorgio Napolitano que, hasta ahora, ha ejercido la jefatura del Estado en manera eficaz y correctísima, aunque no se olvida su procedencia política anterior, como miembro de la más pura ortodoxia dentro del Partido Comunista Italiano.

La “cosa blanca” podría contar con el decidido apoyo del próximo Presidente de la República. Hay quien no duda quien será. Nada más ni nada menos que el muy cristiano y católico practicante, recientemente nombrado senador vitalicio por Giorgio Napolitano y actual presidente del gobierno Mario Monti.

Algo habrán enseñado Maquiavelo, Guicciardini y el cardenal Mazzarino.

Es curioso que contemporáneamente a la propuesta de la Conferencia Episcopal italiana, y coincidiendo con el 91 aniversario de la escisión, en Livorno, del antiguo Partido socialista italiano, cuya parte más intransigente fundó el partido comunista, se celebrara en la ciudad de la Liguria, el acto de “construcción de un nuevo partido comunista”. El proyecto al cual se refiere Marco Rizzo, líder de la “izquierda popular”, es, en verdad, revolucionario: “fundar un partido leninista organizado, es la única forma de abatir el capitalismo, antes del suicidio que supondría una tercera guerra mundial”.

Al congreso liderado por Marco Rizzo han asistido representantes de “cinco partidos hermanos”: España, Francia, Grecia, Cuba y Corea del Norte. Existen, no obstante la idea fundamental, dos tendencias, la que sueña con la revolución y aquella otra que ya la ha realizado y la defiende de las mentiras mediáticas del imperialismo.

Y así, de frente a la crisis mundial y a la contrarrevolución en el universo soviético, el marxismo-leninismo es la única solución y respuesta de la Historia. Cada intervención de los “compañeros hermanos”, ha sido acogida con vítores, aplausos y puños en alto. El camarada griego del Kke (Partido comunista griego), Panos Rentzelas, defiende, con ardor de tribuno de la plebe, el sistema de la antigua URSS y denuncia que “la plutocracia de la Unión Europea conduce a una guerra sin fin contra la clase obrera y las masas populares, aprovechándose de la crisis para mantener sus siempre más elevados intereses personales”. Una cerrada ovación ha acogido la intervención de Kwang Hyok, consejero de la embajada de Corea del Norte, al igual que la de Vladimir Pérez Casal, consejero político de la embajada de Cuba. El “compañero” Astor García Suárez, del Partido comunista de los pueblos españoles ha sido categórico: “para romper las cadenas insaciables del capitalismo, es necesario el centralismo democrático y la dictadura del proletariado”. Esta última entendida como “la más extensa forma de democracia que la humanidad conozca”. El nuevo Partido Comunista que desea Marco Rizzo es leninista y, también, stalinista y es contrario al oportunismo, revisionismo, reformismo y socialdemocracia como pretendía “la pandilla de Kruschiov”.

Al final de esta sesión dedicada a “los partidos hermanos”, todos los asistentes, puestos en pie, han cantado “Bandera roja”, terminando con el grito de “Viva Marx, Engels, Lenin y Stalin”.

Desde que en 1847 Karl Marx y Friedrich Engels redactaran el “Manifiesto Comunista”, el comunismo ha sido la bestia negra de la Iglesia de Roma. Ha sido la batalla sempiterna entre el bien y el mal, entre el “Padre nuestro que estás en los cielos” y el “Creo en Dios Padre todo poderoso” y el “Proletarios de todo el mundo, uníos”, entre “El Sermón de la Montaña” y “El materialismo histórico”.

Y, a pesar de las promesas de Cristo al apóstol Pedro de que “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán sobre ella”, por un capricho del destino, el mismo día y en Italia, 21 de enero del 2012, el Año del Dragón, en el calendario chino, el incienso celestial se ha mezclado con el azufre infernal. La metáfora de nuestra pobre condición humana: el bien y el mal conviven dentro del hombre desde el mismo día de su aparición sobre la Tierra.

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