Visto a vuelo de pájaro sobre un mapa de Europa, Davos está más o menos a mitad de camino entre Bruselas y Atenas. Y allí, bajo las mágicas montañas nevadas, se reúne la flor y nata de la economía y la política mundial con la crisis del euro otra vez en el menú.
Mientras, en Bruselas se cierra el Tratado Internacional, que no Europeo, por el cual Merkel consigue imponer la Unión en la Austeridad a toda la Europa continental. Y en Atenas sigue el pulso del gobierno con sus acreedores para reestructurar la Deuda bajo la atenta mirada de la troika FMI-BCE-Comisión que espera el acuerdo para poder firmar la entrega del plan de ayuda que le salve del default.
Parece más de lo mismo, una historia repetida desde que empezó la crisis y allá por mayo del 2010 se le dieron a Papandreu los primeros euros de ayuda a un tipo de interés insostenible, más pensado para castigar que para ayudar.
No sirvieron de nada. La Deuda griega supera el 160 % del PIB y lo que puede que estén acordando en Atenas mientras escribo estas líneas es una quita, es decir una pérdida de capital, del 70 % de lo invertido en Deuda griega por los bancos acreedores. Recordemos que la primera quita acordada en julio pasado fue del 20 %, para ir aceptando después que no bastaba, subir al 50 % y ahora al 70 % con tipos de interés para la Deuda residual del orden del 3,5 %.
Pero tampoco bastara. Con ese nuevo plan la Deuda griega se estabilizaría en el 120 %, es decir, volviendo al punto de partida del inicio de la crisis. A golpe de austeridad la economía griega esta cataléptica, sumida en una recesión de la que solo le sacaría el electroshock de una devaluación o el impulso al crecimiento tipo plan Marshall para un país devastado. Que es lo que realmente es Grecia, un país devastado primero por la irresponsabilidad de sus dirigentes y después por los errores de diagnóstico con la que los europeos les hemos forzado a tomar la medicina de la austeridad que, como las sangrías de los médicos de Molière, no ha hecho más que agravar el problema.
El error fue negarse a aceptar que el problema griego era un problema de solvencia y tratarlo como una crisis de liquidez que se puede resolver con préstamos a corto plazo. Pero prestar más a un insolvente es lo peor que se puede hacer, es como dar alcohol para reanimar a un alcohólico.
Lo ocurrido se puede presentar como una conspiración de los tecnócratas de ambos países, Alemania y Grecia que han acumulado poder a base de proponer objetivos económica y socialmente imposibles para acabar arrastrando a Europa hacia la famosa Unión de Austeridad Fiscal acordado en Bruselas al dictado de Merkel y con la espantada del Reino Unido.
Los alemanes no han querido, o podido, decirles la verdad a los bancos prestamistas de Grecia ni cambiar las líneas maestras de la arquitectura del euro que no permitía al BCE actuar como prestamista en última instancia de los gobiernos. En su lugar han creído, o hecho creer, que el problema se arreglaba con préstamos+austeridad.
Los griegos les dijeron a sus electores que las condiciones impuestas por Alemania se podían cumplir aunque fuese con muchas lágrimas. Ninguna de las dos explicaciones se correspondía con la realidad. Al final, cuanto más dependía Grecia de los prestamos que Alemania aceptaba que se le diesen, mas control podían pedir los alemanes sobre Grecia .Y cuanto más incumplía Grecia sus compromisos, mas obligada estaba a hacer más concesiones para que no le cortaran el oxígeno financiero.
Hasta el punto de acabar con un gobierno tecnocrático y con la amenaza de mandar un virrey a controlar al céntimo y al día lo que pasaba en Atenas .Merkel ya no consiguió esta pretensión ante el rechazo no solo de los griegos que veían desvanecerse ya explícitamente el resto de su soberanía, sino de los demás miembros del Consejo y del PE que han clamado contra esa intervención de un país por una potencia extranjera al estilo colonial del S XIX.
Y hasta aquí hemos llegado. Algún cambio positivo ha habido ,sobre todo en las intervenciones del BCE y los casi 500.000 millones de euros de liquidez barata y a largo plazo que Draghi inyecto en el sistema financiero europeo para que hiciese lo que el no podía hacer, financiar a los gobiernos y calmar a los mercados de Deuda. Como dijo en Davos el Secretario del Tesoro americano T Geithner, el BCE está empezando a comportarse como un verdadero Banco Central. Estamos lejos todavía pero esa acabara siendo, se espera, la contrapartida de la Unión fiscal aprobada en Bruselas. Si no sirve para inflexionar la posición alemana no servirá para mucho porque el cántico al crecimiento económico con la que se ha adornado el Tratado es poco más que retórica.
Pero a pesar de todas esas carencias, no sería justo dejar de reconocer que en Davos este año el ambiente era mejor que el pasado. En parte porque parece que la ingeniería institucional con la que los europeos tratan de reparar la moneda única esta ya llegando al final. Pero sobre todo porque las demás zonas del mundo aportan un dinamismo que compensa la parálisis europea.
En Davos se perciben muy bien las grandes transformaciones de la geopolítica mundial. Europa es la única parte del mundo que está en recesión. Un continente envejecido corroído por un paro masivo y abrumado por el peso de sus Deudas. Mientras China, que no se ha molestado casi en aparecer por Davos, caracolea ya como la tercera economía mundial por delante de Alemania, y Brasil la sexta por delante de Reino Unido.
Solo los escandinavos han salvado el honor de la vieja Europa, con su modelo que sigue asociando un alto nivel de protección social con una gran competitividad. Si me tuviese que quedar con una de las frases que he escuchado en Davos, sería la de la nueva primer ministro danesa, uno de los dos únicos gobiernos socialdemócratas que quedan en Europa, “no les digamos a la gente que los bancos son demasiado grandes para que los dejemos caer, pero ellos son demasiado pequeños para que nos importe que caigan”.