El sector bancario español se dispone a vivir una experiencia inédita en su dilatada historia, la reorganización colectiva bajo las directrices emanadas del Gobierno de turno. Esta vez, quien lo diría, es un Gobierno conservador, tendencia que suele ser menos proclive que los denominados progresistas a la hora de organizar las cosas desde arriba, el que quiere poner en orden a un amplio sector económico, un sector que justo es reconocer está en el epicentro de la crisis económica, no sólo en su desencadenamiento sino en la búsqueda de posibles salidas. De las medidas que previsiblemente se dispone a anunciar el nuevo titular de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, hay algunas que llaman la atención por su ambición y hasta podría decirse que por su atrevimiento. La de promover una ofensiva general a favor de la fusión de bancos es quizás de las más audaces.
Es de suponer que el Gobierno no caerá en la tentación de decir qué bancos se fusionan con qué bancos y mucho menos quiénes deberían ser los compradores y quienes los vendedores, aunque en esta última vertiente se podría alcanzar un mayor grado de eficacia partiendo del fácil recurso de un simple análisis de los balances. El Gobierno quiere forzar la solución de las fusiones porque confía, de este modo, en que los bancos fuertes le hagan el trabajo sin tener que disponer de dinero público, asunto que no está en el guión en esta fase de solución del problema bancario, aunque fuera empleado de forma bastante generosa en la primera reorganización colectiva que ha vivido el sector, hace tres años. Por entonces, los problemas eran más específicos, se referían más a errores de bulto en la gestión.
Ahora hay que afinar bastante más. En teoría todo el sector bancario disfruta, salvo quizás las instituciones más grandes y sólidas que el resto, que podrían reducirse a tres si bien representan cerca del 50% de los activos del sector, de una salud equiparable, es decir, de una enfermedad bastante difícil de tratar en tiempos de crisis, como es la depreciación del valor de los activos financiados a crédito. Está por ver, en todo caso, que la participación de los bancos compradores vaya a ser tan activa como pretenden las autoridades, sobre todo si no media apoyo financiero público. Algunos de los grandes bancos que en teoría son compradores natos en la nueva oleada de fusiones se han apresurado a vaciar sus cuentas de resultados en pos de un saneamiento acelerado de los activos inmobiliarios, lo que puede restarles capacidad de movimiento en una fase de movimientos de concentración. Casar al completo los bancos malos con los bancos buenos, como sería el objetivo ideal del Gobierno, es tarea poco menos que imposible.
La actualización del valor de los activos inmobiliarios, como pretende el Gobierno, aplicándoles unos precios claramente por debajo de los actuales por el mero hecho de que no se quiere reconocer que el mercado es el que debería hacer esa asignación eficiente, es tarea complicada y con altas dosis de riesgo. Puede contribuir a descabalar más las cosas que a arreglarlas. Es una realidad que los precios inmobiliarios no se están deprimiendo a la velocidad que algunos desearían. Pero forzar ese proceso es asunto que puede traer consecuencias negativas para el sector y para la economía en general.
Un recuerdo del maestro Estapé
P.D. Ha muerto Fabián Estapé Rodríguez. Ha sido un maestro para muchas generaciones de economistas españoles a lo largo y ancho de su dilatada trayectoria académica, tanto en Barcelona como en Madrid y en Zaragoza y también, y sobre todo, por su amplísima labor como periodista económico pionero. Fue el alma del primer suplemento de Economía de La Vanguardia, allá por los años 60, en cuyas páginas bebimos muchos profesionales del medio, en nuestra primera aproximación a esta polémica disciplina que es la economía. Participó, a su manera y por tiempo no muy dilatado, en el nacimiento del desarrollismo español, o sea, en la gestación de los planes de desarrollo con los que los tecnócratas que entraron en el Gobierno de Franco tras la crisis del año 1969 pusieron en marcha la fructífera etapa de liberalización de la economía española, razón por la que Estapé vivió algún tiempo en Madrid, con despacho en Castellana 3, sede de la Presidencia del Gobierno, a las órdenes directas de López Rodó y no tan directas de Carrero Blanco.
Estapé era como economista un excelente divulgador, que dio a conocer a muchos españoles las teorías de insignes precursores como Galbraith y Schumpeter. Como persona era un ciudadano y un amigo excepcional, humano, ocurrente, divertido,… y sabio. Además nunca ocultó sus ideas progresistas, aunque en su saber las ideas siempre estaban respaldadas por números y siempre resplandecía el rigor intelectual. Su hijo, Manolo Estapé Tous, es compañero de profesión y amigo. La tristeza que me produce su muerte encuentra un cierto alivio en las largas horas, inolvidables, de magisterio y conversación que Estapé proporcionó a sus discípulos. También de agradecimiento, como es lógico. Seguro que descansa en paz.