Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

Garzón o la vanidad

Luis Racionero
 

No he hablado nunca con ese señor, pero sí le he visto en acción y no en el juzgado sino en la sala VIP del aeropuerto de Barajas. Estaba de pie, frente a la puerta, recostado en el mostrador donde se colocan los periódicos para que la gente los tome al entrar. Si el vanidoso Garzón fuera una persona normal habría cogido el periódico y se hubiera sentado en un rincón a leerlo sin que le interrumpieran; en vez de eso se ponía donde todo el mundo le viera.

Con esa misma lógica, el modo de que lo viera más gente en el mundo fue imputar a Pinochet –que, por supuesto se lo merecía- a Bin Laden y al malo de Batman si conviniera. El brindis al sol de exigir el certificado de defunción de Franco es, realmente, llamativo y, una vez más, atrae la atención.

En Los Caracteres de Teofrasto aparece catalogada “La Necia Vanidad” que ya se pavoneaba por el ágora de Atenas hace veinte siglos: “La necia vanidad parece ser una pasión insaciable de hacerse valer por las más triviales cosas, o de buscar renombre y distinción en los hechos más frívolos. Así, un hombre vano, si asiste a una comida, procura siempre sentarse junto al que le ha convidado. O, al regreso de una cabalgata –léase cacería- que ha hecho con varios ciudadanos, se pasea todo el día con el mismo traje por la plaza pública” – léase Plaza de París, frente a los juzgados.

¿De qué sirve tener derecho a llamar un abogado si Gran Hermano Garzón va a escuchar las conversaciones? Es de sentido común que escuchar al preso y su abogado es una práctica digna de las purgas estalinistas, pero no de un país con garantías y libertad democráticas. Sacar dinero de los Mecenas de turno parece una práctica habitual, pero no a cambio de actuaciones en el foro judicial. Y preguntar si se ha muerto Franco son ganas de ganetas.

Pinochet, Bin Laden, Franco, ¿por qué no desenterrar a Hitler o Stalin, que era el peor de todos?. Las comparsas extranjeras que ha convocado Amnistía Internacional no tienen porqué entender cuáles fueron los equilibrios y  quid pro quos de la Transición española, pero él si tenía que saberlo y respetar, como todos los demás, que no somos tontos, que ciertas dejaciones con crímenes del pasado eran parte del precio de la Transición pacífica, de lo contrario, Carrillo, sin ir más lejos, no hubiera podido volver a Madrid sin sentarse ante un tribunal. Pero, curiosamente, ese malhechor no le interesó a Garzón: ¿por qué?

Teofrasto se hubiese puesto las botas con Garzón.

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