Los grandes bancos están a punto de comenzar la ronda de presentación de sus resultados correspondientes al pasado ejercicio. Este viernes le toca el turno a La Caixa, el martes 31 al Santander y el jueves 2 de febrero será la hora de BBVA, con lo que se cierra la temporada para los grandes. Los de Bankia han jugado desde el principio a presentar sus cifras al final, lo que tiene cierta lógica y sentido porque será en realidad su primer balance integrado, con la suma de siete entidades de muy diferente cariz, alguna de las cuales, como Bancaja, posiblemente sea por sí sola un problema. Cuadrar las cuentas de Bankia no debe ser un ejercicio fácil y menos con la espada de Damocles sobre la cabeza, ya que de esas cifras saldrá previsiblemente el diagnóstico que a la postre indique si Bankia va sola o en compañía a recorrer el futuro. La mayoría cree que el proyecto de Bankia sin más aditamentos es en estos momentos inviable, sobre todo si tenemos por delante un año más de crisis económica, una tasa de paro al 23%, las exigencias de capitales propios de la EBA para junio (Bankia es el banco español más retrasado y con mayor déficit de capital) y, por si fuera poco, la aceleración de las dotaciones para saneamiento que tiene en el cajón, todavía, el señor De Guindos.
Falta otra cita inminente, que se está retrasando más de lo debido, el anuncio, esperado anuncio, de los criterios y normas que el Gobierno va a imponer a los bancos para dar por resuelta la crisis del ladrillo. Es decir, la hoja de ruta que va a determinar las presentaciones de resultados de los bancos en el inmediato futuro.
El anuncio en cuestión, en el que el titular de Economía, De Guindos, tendrá que explicar cómo se van a aplicar esos 50.000 millones de euros que a su juicio tiene que poner sobre la mesa el sector bancario, parece que se ha decidido para el viernes 3 de febrero. Estaba previsto para bastante antes, pero el Ministerio de Economía, que guarda celosamente sus propuestas, ha querido retrasarlo, no se sabe bien si porque no tiene las ideas claras todavía o porque los banqueros han tratado de meterle mano a las propuestas iniciales (caso de que ello fuera posible) o simplemente por una cuestión táctica, esperar a que todos los bancos se pronuncien primero y presenten sus cuentas. De hecho, el último banco de los grandes (a reserva de Bankia) presentará sus cifras el día 2 de febrero, de forma que la fecha del 3 de febrero parece la más indicada para que nadie pueda jugar con ventaja y rectificar a última hora.
Está claro que los banqueros que han dado a conocer sus cifras hasta la fecha han tratado de acoplarse lo mejor que han pedido a lo que creen que van a ser las futuras exigencias de Guindos, es decir, saneamiento a tope, recorte del beneficio para dotar con provisiones al máximo posible y cara de buenos chicos. Los que no lo han hecho así de forma palmaria han dicho, como este mismo jueves el Sabadell, que están por la labor de destinar más beneficios a tapar los agujeros que haga falta. Todo el mundo tiene claro que Economía va a hacer algo que sintonice con las exigencias de la comunidad financiera internacional, en donde ven muchos lobos detrás de los balances de algunos bancos españoles, lo que constituye un freno indudable a la hora de tomar posiciones en la Bolsa española e incluso a la hora de valorar el riesgo del país.
España debe clarificar cuanto antes, mediante un ejercicio de transparencia sin reservas, lo que hay en los balances bancarios. Quizás se ha hecho con excesiva parsimonia, aunque el problema (el avance de la morosidad crediticia, en especial la inmobiliaria) se ha desarrollado a la velocidad del rayo y ha desarbolado las mejores previsiones. Pero su resolución parece urgente, es uno de los pilares de la vuelta a la normalidad y la puesta en marcha de una reorganización, la del sector en conjunto, que se ha quedado a mitad de camino.