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Directora: Pilar Gassent - Nº 681 -  22 / II / 2012 
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OPINIÓN

Clásico

Daniel Martín
 

Aulo Gelio, en sus “Noches Áticas”, utilizó por primera vez el término clásico para designar una obra modélica, diga de ser imitada. Corría el siglo II después de Cristo y, a pesar de Virgilio, Ovidio y Horacio, los clásicos seguían siendo los genios que hicieron nacer la grandeza intelectual de Alejandría: Homero, Hesiodo, Safo, Esquilo, Sófocles, Eurípides, etc.

Durante toda la Edad Media nunca se desvió la mirada del Mundo Clásico, entendido entonces –y, en ciertos escondidos rincones, ahora– como todo lo referente a Grecia y Roma. Aquella no fue, ni por asomo, una época oscura. También nacieron entonces otras obras clásicas, como el “Sic et non” de Pedro Abelardo –el de Eloísa– que fue comentado por infinitud de pensadores medievales.

A principios del siglo XIV, el primer gran clásico de la Edad Moderna. Dante publicó su “Comedia” que, décadas después, mereció el calificativo de “Divina” por parte de Boccaccio. Surgió así una nueva etapa clasicista que ahora solemos llamar Renacimiento (1). De nuevo se volvió a la grandeza de griegos y romanos, a los que acompañaban florentinos, franceses o algún español como Francisco de Aldana.

Porque el clásico, afortunadamente, no tiene por qué haber nacido hace milenios. El “Quijote” fue tomada como tal desde su nacimiento, y su tradición fue recogida por la novela inglesa del siglo XVIII –Swift, Fielding, Smollet, Sterne– y no regresó a España hasta que triunfó Galdós con su bella e inteligentísima prosa. Don Benito fue un clásico en vida, y quizás por eso muchos intelectuales españoles se confabularon para que no le diesen el Nobel, premio que, a pesar de su prestigio, no suele premiar a autores que merezcan ser considerados clásicos.

Lo clásico es cambiante. Cuando estudié COU, Unamuno y Baroja eran dos clásicos imprescindibles, y ahora tan solo son dos nombres en una lista que, dicen los expertos, supone la otra cara de la moneda que también recoge al Modernismo –enorme memez, esta–. Siempre decimos que clásicos, por ser del siglo XVIII, son Voltaire, Rousseau y Montesquieu, y quizás nunca haya habido nadie tan revolucionario, tan opuesto a lo clásico, entiéndase el adjetivo como se quiera.

Hasta hace poco, clásicos han sido Lorca, Dickens, Shakespeare, Tolstoi, Hemingway, etc. e incluso algunas luminarias intentan colocar a su altura a ilegibles como Proust o Joyce. Pero había muchos clásicos, algunos puros, como Plauto, algunos sobrevenidos, como Maupassant, y eso que estoy limitándome a la literatura.

En cambio, en la España de Carmen Lomana y Belén Esteban, de la LOE y de Bolonia, de Mario Vaquerizo y Jorge Javier Vázquez, de Jose Mourinho y Pep Guardiola, ya sólo hay un clásico. Que ni se lee, ni se escucha, ni se observa. Tan solo se ve, las neuronas apagadas, y se comenta huecamente hasta la extenuación. Un clásico que, en un solo año, puede repetirse hasta una decena de veces. Como el Barça y el Real Madrid queden emparejados en la Champions, habrá que tomarse en serio de una vez lo de emigrar a algún lugar donde aún sepan qué narices es la “Eneida”.

(1) Como no les conviene por las fechas, se suele considerar a Dante, Petrarca o Giotto como genios medievales. A mi entender, son los padres de la Edad Moderna literaria y artística.

dmago2003@yahoo.es

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