Entre el conflicto China/EE.UU. y la Comunidad del Pacífico
El pasado jueves 19 veíamos en la primera entrega de este artículo, cómo en 2012 —el año chino de El dragón—, se hace aún más evidente el progreso de la República Popular, con la previsión de que en 2016 o poco después, se convertirá en primera potencia económica mundial, superando a EE.UU. en PIB en términos de poder adquisitivo (ppp).
Es una pugna llena de interés, de la que ya dimos cuenta en una serie de aspectos el jueves pasado, y hoy seguiremos analizando la cuestión, para contestar a la pregunta de si EE.UU. va a tolerar situarse en la posición de segunda potencia mundial; idea que hoy por hoy no figura en los planes estratégicos del Capitolio y de la Casa Blanca, que pretenden un segundo siglo americano; tras el primero que empezó en 1898 (guerra hispano-norteamericana) y que algunos dieron por terminado en 2001 (destrucción de las torres gemelas de Nueva York, etc.).
La discordia entre las dos superpotencias, podría ser muy prolongada, pero en cualquier caso, la expectativa de un segundo siglo americano es cada vez menos consistente, por la pujanza de la República Popular. Que además de estar presente en todos los mercados, va imponiendo su presencia en los organismos internacionales, y se ve respetada, o temida, por doquier; hasta el punto de que las viejas cuestiones de su fuerte déficit en derechos humanos es algo que inquieta a los países occidentales mucho menos que antes.
Pero tan importante como la pregunta de si EE.UU. tolerará o no la alternativa de China como number one, es la idea inversa de si China llegará a tensar al máximo la situación, para efectivamente ascender al número uno del ranking, y si en ese eventual trance ir a más se engendrará el peligro de un conflicto total. Algo a lo que, en principio, se opone el sentido común y las doctrinas –que se estudian en este libro in extenso— de la armonía y el ascenso pacífico de China en sus relaciones internacionales; y del desarrollo científico en el plano interior. Pero por mucho que el poder ejecutivo de Pekín haya renunciado oficialmente a la guerra como método de conseguir mayor poder –a diferencia de lo que sucedió en Alemania y Japón en el pasado—, y por mucho que la prosperidad del pueblo figure como la meta oficial en las de la jerarquías del PCC, tales manifestaciones no son en general aceptadas como verdadero affidavit de que la transición a una paz perpetua entre China y EE.UU. esté garantizada.
En definitiva, el dragón sigue recreciendo en poder, en tanto que el águila vuela más bajo, en el ambiente de un futuro incierto. Y si bien hay muchas razones para pensar en una evolución pacífica de la carrera entre los colosos mundiales, tampoco cabe excluir una eventual escalada de tensiones. Sobre todo si el desarrollo interno de China no desemboca, en tiempo razonablemente, corto en el cambio efectivo a la democracia. Con la posible venturosa realidad, entonces, de que China se dé cuenta de que resulta imposible ser omnipotente; no sólo por la fuerza de los potenciales adversarios (EE.UU. y sus aliados), sino también por el mero respeto a los derechos de la ciudadanía; a la que no puede imponerse ningún horizonte de holocaustos como sí se hacía, en cambio, en tiempos de Mao.
En otras palabras, el máximo peligro para el dragón, al menos tal como se plantean las cosas en el todopoderoso PCC, estriba en la incongruencia del afán de poder y la debilidad interna de una política económica, que ha derivado a un dualismo brutal. Ciertamente, con menos pobres que antes, pero con un diferencial entre los de arriba y los de abajo que no deja de crecer: lujo y derroche con un tren de vida disparatado de un aparte, frente a la inmensa mayoría con bajos salarios, escasez de servicios sociales, abusos laborales, corrupción generalizada, expropiación salvaje de tierras, viviendas sociales insuficientes en medio de una burbuja inmobiliaria insoportable, sanidad y educación precarias, etc. etc. A todo lo cual se une, como gran cubierta insostenible, el despotismo político de los funcionarios del partido, frente al cual se mueve un mar proceloso de manifestaciones masivas en rápido ascenso: 180.000 en 2010 según algunas estimaciones.
Las circunstancias mencionadas son otros tantos síntomas del mayor déficit que padece China, el de la democracia que se hace indispensable –Amartya Sen, inter alia, dixit— para una economía cada vez más compleja. Y no dudando de las buenas intenciones del tándem Hu Jintao/Wen Jiabao (Presidente y Primer Ministro hasta finales de 2012) que oficialmente pretende paliar la compleja situación, lo cierto es que la oleada de protestas, en un momento dado, podría superar la capacidad de control del propio PCC; y de un ejército que lo más seguro no dispararía contra el pueblo como sí lo hizo en el ya lejano 1989 en Tiananmen.
Todo eso y mucho más, en una sociedad intensamente internetizada por las redes sociales, hace pensar que la posibilidad de una rebeldía en China, de mayores proporciones que la primavera árabe de 2011, no sea descartable por completo. Y de producirse ese alzamiento popular, tal vez precipitaría una represión, ya no concentrada en Pekín a lo Tiananmen-89, sino en todo el país; con un PCC masivamente enfrentado al pueblo. Lo cual, inevitablemente, dispararía el fraccionalismo dentro del propio partido: entre los que querrían buscar un retorno a un sistema de capitalismo de Estado y de intenso nacionalismo a lo Mao (con críticas a una excesiva occidentalización), y los partidarios de ensanchar el actual capitalismo salvaje. Sin equilibrio aparente entre ambas posiciones en pos de la democracia.
Pero no hay que ser tan pesimistas como para pensar que el enfrentamiento y fuerza es la única trayectoria posible de China. También cabe esperar que el nuevo binomio de Xi Jinping y Li Kekiang (el Presidente y el Premier a partir de 2013) tendrá que dar un giro fundamental a toda la política económica y social; con cambios decisivos en la distribución de la renta en pos de un nuevo estado de bienestar, y de unas relaciones internacionales más pausadas, menos enervantes con EE.UU. y el entorno Asia/Pacífico.
A la postre, se trata de saber si se acepta que la única solución final a los problemas de China es volver a la idea de Chu Enlai de la quinta modernización, empezando por la separación entre partido y Estado; a lo que seguiría la apertura del país en su conjunto a un proceso de verdadera democratización. Un tema sin duda difícil, pero que tiene todo el sentido de la lógica de la Historia: cuando se alcanza un cierto grado de desarrollo, las dictaduras, se llamen como se llamen, no pueden perpetuarse, y ha de abrirse paso a la democracia.
Se trata, pues, de una cuestión de tiempo, en definitiva, de que el presunto dragón omnipotente evolucione, no para transformarse en un dócil cordero –nadie lo espera y nadie lo concibe—, sino en un nuevo Estado chino que efectivamente busque la armonía del ascenso pacífico; y que esté decidido a negociar su definitiva inserción en el arco democrático de la comunidad internacional, alejando el riesgo inconmensurable de un brutal choque por la hegemonía.
Recordemos, finalmente, que los imperios no son eternos, y que en durante largo tiempo, las relaciones de España y China fueron de lo más relevantes, en los siglos XVI y XIX, por la presencia hispana en Filipinas. Lo que permitió el funcionamiento, a lo largo de dos siglos y medio, de la ruta comercial más larga de la Historia: desde Manila –con el galeón de ese nombre, o Nao de la China— hasta Acapulco en el México de la Nueva España; y desde allí a Veracruz para la ulterior navegación a Sevilla. Todo un tránsito, pues, por los territorios y mares españoles del Tratado de Tordesillas de 1494, en los que se construyó un verdadero Imperio oceánico, aunque no suficientemente fuerte, salvo en fases muy concretas, en cuanto a su marina de guerra y mercante. Y fue con la decadencia de ese status, cuando las relaciones de España y China se vieron suspendidas, en 1898, por la confiscación que del arghipiélago hizo EE.UU. a España en su definitivo ocaso imperial.
En fin de cuentas, hoy, 2012, el Imperio chino renace, y el de EE.UU. decae según algunos indicadores. Pero la consecuencia final de esas circunstancias, no debe ser un enfrentamiento letal. Por el contrario, dentro de la globalización que habrá de seguir, aunque sea de otra manera, se hace inevitable la configuración de una Comunidad del Pacífico, bordada por los dos grandes poderes que materializan Pekín y Washington D.C.
Como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de República.com en castecien@bitmailer.net.