Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

Cómo aspirar a un Oscar

Daniel Martín
 

El interés –seguramente más mediático que real– que rodea a premios tan arbitrarios como los Oscar me sorprendería si el fútbol no tuviese el valor de una religión y Lady “Gagá” no fuera la diva de moda. Estos galardones cinematográficos los deciden un puñado de personas y, habitualmente, no recaen en las películas favoritas del público. Parece que hay que hacer algo muy serio y estirado para que tenga alguna posibilidad de ganar algo en Los Angeles.

Woody Allen tomó la única decisión medianamente decente cuando no recogió el Oscar a la mejor película por “Annie Hall”. Según él, unos cuantos miles de personas no tiene autoridad para decidir si este largometraje es mejor que aquel. Allen –que, empero, vuelve a optar a numerosos Oscar por “Midnight in Paris”– sabe que los premios de la Academia de Hollywood solo tienen un valor mercadotécnico. Para eso fueron creados; para eso existen.

Por eso resulta paradójico –o no– que los Oscar, desde hace tres décadas, rehúyan los títulos más populares. Casi todo el mundo ha vuelto a ver “En busca del arca perdida”, “Pretty Woman” o “Grease” pero ¿quién se atreve con una segunda visita a “El último emperador”, “Gandhi” o “En tierra hostil”? La Academia se ha expandido y, al incluir a muchos “expertos” de la nueva ola, los Oscar se parecen más a un festival europeo de cine que a un acontecimiento glamuroso y estimulante para el espectador dedicado. Unos premios que ignoraron “Gran Torino” y encumbraron “Una mente maravillosa” o la seguramente peor película de Scorsese, merecen bastante poco respeto.

Para aspirar a los Oscar, hoy en día, hay que mantener un equilibrio entre el más absoluto esnobismo y la capacidad de atrapar a la crítica, como han hecho “The Artist” y “El árbol de la vida”. En ese sentido, Alexander Payne es un maestro. Es el director de “Entre copas” y “A propósito de Schmidt”, con las que sedujo a la Academia, y de “Los descendientes”, una de las grandes favoritas para triunfar este año en la meca del cine.

“Los descendientes” muestra la capacidad como director de Payne. Pulcra, sin alardes, con buena fotografía de interiores y de paisajes, una estrella, George Clooney, rodeada de acertados secundarios, una agradable y exótica banda sonora, es un ejercicio de estilo minimalista donde, con un tempo lo suficientemente moroso, da la impresión de ser más serio de lo que realmente es.

Lo curioso es que, con sus Globos de Oro y sus muchas candidaturas en los Oscar, muestra unos personajes al borde de la imbecilidad emocional que, en el fondo, son un lúcido retrato de las carencias de la sociedad occidental. Este dramón tiene muchos tintes de comedia negra, de farsa que condena lo que precisamente va a encumbrarla. Ahí radica, sin duda, la genialidad de Payne, que desnuda a los académicos sin que se den cuenta.

No hay que equivocarse; “Los descendientes” es una buena película, muy bien hecha. Pero, en la línea de muchos de los cuentos cortos de la actual literatura norteamericana, apenas emociona, no tiene grandes momentos, no cuenta nada extraordinario. Vale el precio de la entrada. Y quizás gane bastantes Oscars. Pero de ahí a que la vuelva a ver cuando la repongan en la tele hay un abismo. Es una película correcta, pero no enamora. Es una película de festival –no de sección oficial, sino de algún concurso menor– más que de grandes titulares. Claro que con lo que se estrenó en 2011…

Pero, en ningún caso, le pisa los talones a “Million Dollar Baby”, la última ganadora de un Oscar a la mejor película auténticamente mágica.

dmago2003@yahoo.es

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