Puede que, como el de otros muchos españoles que viven fuera de nuestro solar de origen, sea cierto aquello que leí una vez, refiriéndose a las largas, a veces oscuras y dolorosas, horas de meditación, de estudio, de contemplación directa de la vida del país extranjero y de esa visión lejana de la patria, nos de el privilegio, que sólo desde lejos y a través de la nostalgia, podamos verla con más claridad que si estuviéramos allí recorriendo sus caminos y veredas. Nos falta, eso sí, aquello que el gran hispanista Karl Vossler diría: “No se sabe qué cosa especial debe encerrar el cielo implacable y sin nubes de España, ya yermo, ya exuberante, que se impone a nuestro espíritu y lo arrastra al abandono o a la embriaguez de los sentidos y, a veces, a la consideración de lo eterno”. Y sentimos el desasosiego por esa pérdida de personalidad que el español suele sufrir cuando se aleja de su horizonte nativo, “del río do pequeñuelo jugaba” que, en mi caso, sería el Pisuerga, una especia de frontera que, a los pies del colegio donde estudié, formaba una pequeña península, a la que llamábamos “la isla”, porque, a veces, el agua inundaba el istmo y cortaba su cordón umbilical con la tierra firme y entonces se transformaba en el refugio de misterios que nuestros sueños la convertían en lejanas tierras de aventura, en medio de un mar inventado, con la agreste ribera de enfrente plagada de álamos y arbustos. Igual y de idéntica manera que echamos de menos los muros que nos vieron nacer.
Todas estas nostalgias me traen recuerdos del ímpetu de mi juventud andada y me veo, esta vez “exiliado” en Madrid, novato, en la antigua Universidad de la Calle de San Bernardo, en la Facultad de Ciencias Económicas, donde, en el primer curso de estos estudios, un jovencísimo catedrático de Teoría del Estado, Manuel Fraga Iribarne, impartía lecciones de Sociología. Para un jovenzuelo como yo, contaba entonces diez y siete años, en el otoño del curso escolar 1949-1950, con el Examen de Estado aprobado en el bolsillo y que llegaba de la provincia, Madrid era como la culminación de un sueño y el principio de una venturosa andadura, sin límites y sin fin, por los senderos de nuestra existencia. Con otros amigos, con los que, felizmente, aún continuo compartiendo recuerdos y nostalgias, nos hospedamos, en una pensión de la Gran Vía, de frente al recién estrenado Cine Pompeya, desde donde veíamos construir y, al final, poner bandera en lo alto de la mole de la gigantesca estructura del que se llamaría Edificio España (Torre España no estaba aún ni en el pensamiento de los arquitectos que, años más tarde, la proyectaron y edificaron).
Madrid, ya digo, era una espléndida y prometedora aventura. La iluminación cegadora de la Gran Vía en sus horas de anochecida, las terrazas de sus cafés, Fuyma, Capitol… los grandes cartelones de los cines, Coliseum, Avenida, Gran Vía, donde asistimos al estreno en España de “Lo que viento se llevó”, la tentación pecadora de “Pasapoga”, donde, dadas nuestras escasas posibilidades económicas nos era prohibido el acceso, las “margaritas de la noche” que hacían su aparición, ya hacia el atardecer, paseando arriba y abajo, maquilladas hasta el extremo y con rebecas de angora, algunas ya entraditas en años, tal que se nos aparecían más como esa tía solterona que todos teníamos en Reinosa o Santander que meretrices que alquilaban su sexo por veinticinco pesetas. Después estaba la calle de Alcalá con el Teatro Alcázar, el reino de Celia Gámez, cantando las “Las leandras”, el Madrid castizo de la verbena de San Antonio, a la que llegábamos con el tranvía que pasaba por Leganitos, el Circo Price, donde se celebraban veladas de boxeo y de lucha libre, el infamante cine Carretas con sus sesiones matutinas y las “pajilleras” a la caza de jovenzuelos y de viejos palurdos venidos de la aldea y de paso por la capital. Los autobuses con dos pisos, como si estuviéramos en Londres y los taxis con el gasógeno cargado a sus espaldas, que, con las cartillas de racionamiento que debíamos presentar en la pensión donde nos alojábamos, representaban el signo de la escasez de una postguerra que parecía que no iba a acabar nunca. El Teatro Martín, el templo de la revista musical en que podíamos entrar si llegábamos a comprar una entrada de “claque”, que costaba dos pesetas, para oír cantar a Maruja Tomás “Cinco minutos nada menos”…”valen como una eternidad…tararí…tarará..”. La Plaza Monumental, la catedral del toreo, con la liturgia pagano-religiosa de la “Fiesta nacional”. El estadio de Chamartín donde el canario Molowni, apodado “el mangas”, entusiasmaba a las gradas de aficionados, en contraposición con el Atlético de Madrid, en cuyo campo, el Metropolitano de Reina Victoria, jugaba Alfonso Aparicio, el gran defensa de nuestra Selección Nacional, santanderino y sobrino de mi madre y por lo tanto pariente mío que, alguna vez, me hacía sentar en la primera grada, junto a los reservas.
Y, sobre todo, la Universidad y las lecciones de aquel joven catedrático que parecía saber todo lo que hay que saber, porque eran magistrales. Entre explicarnos a Durkheim, a Vilfredo Pareto, a Adam Smith y a los fisiócratas, Fraga se había fijado en otro compañero y en mí, por la atención con que seguíamos sus clases, proponiéndonos mejorar las notas de fin de curso si estábamos dispuestos a redactar una “tesina” sobre un libro que nos prestaría. Naturalmente dijimos que sí, y nuestra petulancia pudo más que nuestra aversión por el texto en cuestión, pero ya no podíamos echarnos atrás, hubiera sido una ofensa para el profesor: se trataba de “El Capital”, de Karl Marx y, encima, en una versión francesa. Sacamos nota de excelencia, un sobresaliente. Yo tengo la segura conciencia que soy uno de los pocos españoles, al menos aún con vida, que haya leído y estudiado, desde la primera a la última página de “El Capital”, del filósofo que revolucionó el pensamiento de la última década del siglo XIX y de todo el del XX.
Después a Fraga le perdí de vista por algún tiempo, no así a su familia, ya que dos hermanas de su mujer, Carmen Estévez, fueron compañeras de curso en la Facultad de Derecho de Valladolid, estudios jurídicos que alternaba con los de Económicas en la Universidad madrileña. Una de ellas, a la que llamábamos “la piloto”, creo que deseaba serlo, me parece que terminó siendo azafata de Iberia y la otra, listísima, ingresó, bajo oposición, en el cuerpo de funcionarios del Estado, y en el Ministerio de Información y Turismo desarrolló una brillantísima carrera.
Volví a encontrar a Fraga siendo Delegado Nacional de Asociaciones, de la que dependía el S.E.U y como yo, por entonces había sido nombrado Jefe de aquel sindicato de estudiantes del Distrito Universitario Valladolid, que abarcaba sedes tan importantes como Bilbao y Santander, pues “a sus órdenes D. Manuel” y seguir sus seminarios veraniegos en el recinto santanderino del Palacio de la Magdalena.
¡Fraga otra vez! aquello parecía una persecución. Yo ocupaba, entonces, un puesto relevante en TVE y Fraga era Ministro de Información y Turismo y ejercía el omnímodo poder decisorio sobre la Radiodifusión pública y sobre la TV. Y, también, sobre la prensa y el periódico donde escribía, antes de mi ingreso en la tele, “El Norte de Castilla”, dirigido por Miguel Delibes, mi inolvidable maestro de periodismo, que algún disgusto se llevó a causa de defender de la censura algunos de los “incendiarios” artículos, hoy serían una broma, que redactábamos, con toda libertad, en una sección denominada “El Caballo de Troya”.
José María Sánchez Silva, acababa de publicar, en 1966, “Cartas a un niño sobre Francisco Franco, un título apologético del cual podemos adivinar, aún sin leerlo, su contenido. El también afortunado autor de “Marcelino, pan y vino”, que llevado al cine sería uno de los títulos preferidos de “El Caudillo”, como reverencialmente se decía entonces. Y no hay porque torcer el gesto desde el momento que a Mussolini se le calificó “Duce”, a Hitler “Fürer”, a Mao “Gran Timonel” y a Stalin, nada menos que “Padrecito” y nadie, y menos las izquierdas, militantes o emboscadas, se espantaban de ello.
Total, que como yo, por entonces, era Jefe de los Programas filmados, y todo aquello que se hiciera en cine tenía que pasar por mi jurisdicción, pues el ministro Fraga, a través de Jesús Aparicio Bernal, Director General de Radio Televisión Española y del director de la Primera Cadena, Adolfo Suárez, me encargó de realizar tres episodios, de media hora cada uno, sobre guiones escritos por Sánchez Silva, basándose en su narración de “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. Así que manos a la obra y sin tocar ni una tilde del texto original, me preocupé de “rellenar” con imágenes todo aquello. Recurrí a José Luis Sáez de Heredia que había rodado “Franco, ese hombre” y que poseía un enorme archivo, en buena parte inédito, sobre Franco. Con todo este material, interesantísimo, aunque sólo sea desde el punto de vista “aséptico” de la historia, confeccionamos los tres episodios. Su puesta en onda debía coincidir con la hora punta de la noche y el último en la del 18 de julio. Terminado esto se me ocurrió proponer a Adolfo Suárez, mi inmediato jefe superior, a la vez que amigo desde hacía unos cuantos años atrás, – incluso habíamos vivido en la misma casa, yo en un sexto piso y Adolfo en el séptimo – , que el mismo Franco pudiera cerrar esta serie de programas con unas palabras “¿Pero qué ocurrencias, qué cosas dices? Franco, aparte de sus mensajes de Fin de Año no ha hablado jamás en televisión, pero si te empeñas se lo diré al Director General”. Igual respuesta, pero se lo propone a Fraga que se queda atónito, pero que lo comenta con Franco, que dice que bueno, pero que necesita que alguien se lo escriba porque no sabe de qué va todo eso. Ni Fraga tampoco, ni el director General ídem, ni Adolfo Suárez lo mismo que es quien termina encargándome de redactar el texto. Era el 17 de julio por la tarde. Movilicé a todo el departamento de decoración de la tele para que, con la ayuda del jefe de ingenieros de la Sección Técnica, se inventaran un sistema mediante el cual Franco pudiera leer “mi discurso” a unos tres o cuatro metros de distancia. Dicho y hecho. En un artilugio, movido a mano, insertaron un gran rollo de papel donde, en caligrafía suficientemente visible, Franco pudiera leer el texto, como si fueran palabras improvisadas, lo cual era relativamente sencillo, dada la cadencia monótona que el Jefe del Estado utilizaba en sus conversaciones y en sus mensajes oficiales, en radio y en la tv. Mientras tanto yo redactaba, febrilmente mi panfleto franquista. Pedí ayuda a esa luminaria del periodismo que fuera Victoriano Fernández Asís, de antigua fe republicana y comentador de los discursos natalicios que Franco pronunciaba a través de las antenas de Radio Nacional y de TVE. Personaje de gran autoridad intelectual, sea en la Escuela Oficial de Periodismo, donde le tuve de profesor, como en Televisión donde dirigió los Programas Informativos y otros de reportajes, en los que me dio la oportunidad de participar y, de paso, viajar por el ancho mundo.
En la mañana del 18 de julio, Franco nos recibió, muy amablemente, posando, en una foto de familia, rodeado sólo de sus nietos y acompañado de una institutriz inglesa, atenta a que los pequeños no se salieran de la fila durante el rodaje.
Bajo la atenta mirada de mis “jefes” y del ministro Fraga, – pedí a Fuertes de Villavicencio, jefe de la Casa civil del Generalísimo que dijera a los demás ministros “mirones”, excepto, naturalmente, al mío, que abandonaran la sala, con la excusa de que podían distraernos. Di la orden de rodar y…adelante. Francisco Franco, con la parsimonia que le caracterizaba fue deletreando cuanto yo había escrito. No se necesitaron más tomas. Yo sudaba por todos los poros de mi piel. Hacía un calor asfixiante, pero no era, precisamente, lo avanzado de la calura veraniega lo que me hacía sudar.
Revelamos todo el material en los estudios del No-Do. Lo pegamos al último episodio. Funcionó como un reloj de precisión. Acababa de retransmitirse un programa en el que se incluían unas palabras de Franco escritas por mí. Nunca me he arrepentido de ello. Es preferible “pentirsi che non avere rimpianti” (es preferible arrepentirse por lo que has hecho que hacerlo por aquello que pudiendo no lo hiciste) me decía un amigo napolitano, presidente que fuera de la RAI y de la Alitalia, recientemente fallecido. Por algún sitio debo tener una carta de felicitación de Fraga Iribarne, escrita por orden de Franco, congratulándose por el éxito de la realización de “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. Y como no había más que empezar, el ministro Fraga me siguió encargando cosas, como un programa dedicado al Papa del baile flamenco, mi paisano Vicente Escudero, que sufría miseria en Barcelona, después de haber triunfado clamorosamente en el Nueva York de los años 30. Y otros, como uno que, al final resultó un gran coñazo, con Luisa Ortega, la hija del inmenso Manolo Caracol, y su marido Arturo Pavón, el pianista de melodías aflamencadas y otro sobre “El Valle de los caídos” y…
Nunca fui militante de esto o de lo otro. Creo que, en estas cosas, reside la grandeza y la servidumbre de nuestra profesión. Al fin y al cabo había pasado una gran parte de mi vida, infancia, adolescencia y buena parte de mi juventud, de mis estudios universitarios y de mi oficio de periodista, es decir “los mejores años de nuestra vida”, bajo la constante presencia de aquel régimen militar que no fue, ni mucho menos, el sanguinario fascista con el que se le han querido inventar quienes no lo vivieron pero que han heredado la frustración y el rencor, casi irracional, de los vencidos. Franco tuvo dos defectos, el uno el de ganar una guerra y el otro, quizás, el de permanecer demasiado tiempo en el poder y eso, para parte de una de las dos Españas, que no fue nunca, ni mucho menos, mayoría, resultaba algo imperdonable. Hubieran preferido que la España post-republicana girara satelitalmente alrededor de una “democracia socialista” sovietizada, sueño de Stalin, como Checoslovaquia o Hungría o Bulgaria.
Pude saludar y charlar con Fraga y recordarle alguna de estas cosas, con ocasión, que recuerde, de dos o tres de sus visitas a Roma, en la época que yo era corresponsal en Italia para la TVE, en la sede de la embajada de España, siendo embajador su cuñado Carlos Robles Piquer, el mejor y más preparado de cuantos diplomáticos, y he conocido a unos cuantos en los últimos treinta y cinco años, han ejercido ese cargo en la Cancillería de nuestro país ante la República italiana.
De Manuel Fraga Iribarne aprendí mucho y me ha dado por pensar que de hombres de su talante y de capacidad intelectiva está necesitada nuestra patria para poner orden en los ideales colectivos de su paisanaje, contemplando, con pesimismo, “los raudales de energía derrochados por los españoles en contiendas que son artificios por ellos mismos creados y que con la mitad de esa energía aplicada al bien común se hubiera podido hacer de España la nación más próspera del Continente”.