Algunos antecedentes y elementos a considerar
Después de tres jornadas sobre el nuevo gobierno Rajoy y sus intenciones, iniciamos este jueves un artículo —que tendrá dos entregas— sobre un tema que ya empieza a ser palpitante: el dragón chino y el águila norteamericana en pugna por la hegemonía mundial.
Al respecto empezaremos por recordar a los lectores de República.com, que en el calendario chino, 2012 es el Año del Dragón, comenzando el 23 de enero, para finalizar el 9 de febrero de 2013: un lapso que, según los augures orientales, ha de comportar nuevas experiencias y oportunidades, cambios de todo orden, y desastres naturales, que para ser abordados exigirán de gran sabiduría y capacidad. Todo ello en un mundo en apariencia menos turbulento que el del anterior año del dragón: 1952, un tiempo álgido por el conflicto de Corea, la tensión Este-Oeste de la guerra fría, la primera prueba de la bomba de hidrógeno en EE.UU., como también los atisbos iniciales de la integración económica de Europa, etc.
En 2012 se supone que nos encontramos en una fase histórica menos agitada, pero seguro que no dejarán de producirse alteraciones políticas importantes, con oportunidades para la paz y la estabilidad internacional; pero también las malas oportunidades eventuales de nuevos autoritarismos en ciertos países, tensiones entre las dos Coreas, dificultades para que un presidente afroamericano sea reelegido en EE.UU., y lo que aquí y ahora nos interesa más: habrá que calibrar la presión que desde el interior de China pueda producirse para realzar su presencia internacional, en la pugna —no siempre tan clara ni tan medible— entre el dragón Han y al águila estadounidense, ya en un serio enfrentamiento por la hegemonía.
Una pugna que viene de lejos y que hasta ahora se desarrolló de manera pacífica, desde la reconciliación de los dos gigantes en 1972 con la visita de Nixon a Mao. Pero en el momento presente, muchas cosas podrían cambiar por la nueva correlación de fuerzas, con una China recrecida y unos EE.UU. en cierto estancamiento. Lo cual complica cualquier posible acuerdo global.
Esa pugna por la hegemonía –soterrada las más de las veces, pero cada vez con más afloramientos— tiene vigencia en muy distintos campos, empezando por el financiero, cuando el Banco Nacional del Pueblo de Pekín se ha convertido en el tesorero de EE.UU.; “¿Cómo voy a hablar mal de China si es nuestro banquero?”, que dijo Bill Clinton en cierta ocasión. Pero también las cosas no son como en tiempos de aquel presidente: en medio de la crisis económica global que se inició en 2007, la República Popular teme por sus ingentes inversiones en dólares; al tiempo que denuncia el dominio planetario que ejerce EE.UU. desde su señoriaje del billete verde; que está derivando, a tomas de posición desde Pekín, con apoyo de los demás BRICs, a favor de una moneda global que sustituya la de EE.UU. como patrón internacional. Aún con voz realmente baja pero que ganará en volumen.
Abriremos un paréntesis para explicar qué cosa es el señoriaje, un concepto que se relaciona siempre con el ejercicio de un señorío, potestad o privilegio importantes. Y en el caso que nos ocupa, resulta evidente que EE.UU. disfruta de una situación única. Debido a que su moneda nacional –en cuya regulación y desenvolvimiento no interviene sino Washington DC— le permite una clara prevalencia financiera en el mundo. En otras palabras, el presupuesto estadounidense puede tener fuertes déficit de carácter crónico, sólo porque su endeudamiento se cubre imprimiendo dólares, que son admitidos como medio de pago prácticamente en todas las transacciones a escala mundial. Por ello, EE.UU. puede permitirse bajar impuestos a los más ricos, financiar dos guerras importantes en Irak y Afganistán, no tener apenas ahorro, y consumir desmedidamente. Todo eso significa un fuerte endeudamiento federal y de la propia sociedad norteamericana; pero que no abruma definitivamente a nadie a medio plazo, por la posibilidad que da el señoriaje de ampliar más y más los dólares en circulación en todo el mundo.
Y aclarado lo del señoriaje y siguiendo con el tema de la pugna EE.UU./China, habrá de subrayarse que esa competición entre los dos países se hace cada vez más relevante en el área Asia/Pacífico; un océano que durante la segunda mitad del siglo XX era el indiscutido lago americano –como fue, de otra manera, el lago español de Tordesillas durante los siglos XVI y XVII—, por aquello de que “quien quiera mandar en el mundo, tiene que controlar el Pacífico”, (Lee Kwan Yew, padre fundador de Singapur, dixit).
En el sentido que apuntamos, la flota de guerra de la República Popular no deja de crecer, con presencia que se hace más visible día a día, en lo que antes eran dominios absolutos de EE.UU. en el Pacífico y el Índico. Con la inevitable respuesta estratégica de Washington DC a esos retos, para fortalecer sus lazos de cualquier clase con Japón, Corea del Sur, Taiwan, Filipinas, Tailandia, India… e incluso el destruido Vietnam de aquella guerra indecente entre 1964 y 1975 que EE.UU. llevó al Sudeste asiático. Lo que significa, ahora, algo tan importante como que en la pugna entre el dragón y el águila, esta última tendrá aliados muy considerables.
Una tercera faceta de la carrera EE.UU./China estriba en el área tecnológica, en la cual los Han están aumentando su capacidad a ojos vista, por el número siempre al alza de ingenieros en actividades industriales innovadoras, inventiva militar, con nuevos portaaviones (tipo catamarán y dimensiones hasta ahora no conocidas), aviones indetectables por radar, misiles de precisión pasmosa, etc.
A todo lo cual se une una nueva muestra de poder: la exploración espacial en la que ya se predice que para 2020 China tendrá una base lunar; amén de sondas espaciales a puntos cada vez más lejanos del universo, etc. Así las cosas, mientras, la NASA languidece en sus proyectos por falta de recursos, los tayconautas chinos avanzan más y más en el espacio exterior.
En fin de cuentas, lo que está en juego es la supremacía de EE.UU., imperante a escala mundial desde 1918, tras la primera Gran Guerra; y fortalecida al máximo a partir de 1945 después de la Segunda Guerra Mundial. En un proceso que una vez desmantelada la URSS en 1991, China es la única superpotencia que puede discutir su status a la Unión norteamericana; con sus ya destacadas capacidades demográfica y productivas, mucho mayores que las de la antigua Unión Soviética.
Así las cosas, la nueva relación entre las dos superpotencias mundiales presenta el hecho histórico diferencial de que si en tiempos de tensión Este-Oeste, durante la guerra fría, las relaciones económicas entre los dos superpoderes de entonces (EE.UU. y la URSS) eran prácticamente nulas, hoy alcanzan la más alta intensidad, pudiendo hablarse de una auténtica simbiosis: Chin-USA, o Chimérica. Con el significado de que EE.UU. no podría funcionar sin China, mientras que la República Popular aún se ve muy influenciada por EE.UU. Si bien es una cruda realidad para Washington DC que China ya puede mirar al mundo con mayor confianza en sus propias posibilidades, al disponer de ingentes recursos financieros y tecnológicos y de un comercio en rápida expansión con los demás países asiáticos, Rusia, UE, Iberoamérica, y África.
Dejamos aquí la cuestión por hoy, para seguir el próximo jueves 26 de enero, con algunos elementos más de la pugna por la hegemonía, y lo que podría ser una vía de solución pacífica. En el ínterin, como siempre, el autor queda a la disposición de los lectores de República.com en castecien@bitmailer.net.