Nº 1597 -  27 / VIII / 2014 
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OPINIÓN

La muerte de Ramón Rato

Jaime Peñafiel
 

La pérdida de un amigo no lo compensa nadie ni nada, hasta el extremo que, cuando un amigo se va para no volver, uno se queda tan huérfano como cuando un padre o un hermano se muere.

Desde el pasado domingo, a este periodista le han mutilado sus sentimientos con la pérdida de Ramón Rato. Un hombre excepcional en todos los sentidos: empresarial, político, pero, sobre todo, humano.

Monchi, como le llamábamos los amigos, era todo humanidad y la lealtad hecha persona, amén de generoso y humilde. Tan humilde que no le importaba se dijera y se publicara que era el padre de Patricia, el hermano de Rodrigo. Todo lo contrario. Se sentía orgulloso de su hija, de sus hijos, de su hermano pero, especialmente, de su muy amadísima esposa, Ichu Salazar Simpson. Esa gran mujer que hay siempre detrás de un gran hombre y que, en este caso, no es una frase.

Era tal el número de amigos que, sin que hubiera dado tiempo a que su fallecimiento apareciera en las esquelas de Abc, cientos de ellos,  que habían conocido la triste noticia boca a boca, abarrotaron la capilla del Tanatorio de La Paz. Y no estaban allí porque Ramón era el hermano de Rodrigo sino porque esos cientos de personas habían perdido a un gran amigo.

Los lazos de la amistad son más estrechos que los de la sangre y de la familia, incluso más que los del amor. Se da la circunstancia de que éste se deteriora con el paso del tiempo mientras que la amistad se fortalece. Cuarenta años de entrañable relación con Ramón Rato así lo atestiguan. Estuvo en mi vida para lo bueno pero, sobre todo, para lo malo, que todo lo ha habido en mi ya prolongada vida.

España es una monarquía sin monárquicos pero con millones de juancarlistas. Ramón Rato era una excepción: monárquico de los pies a la cabeza. Prueba de su sentimiento monárquico es que, cuando don Juan Carlos juró como rey de todos los españoles, ese día, precisamente ese día,  se encontraba acompañando a su padre junto a don Juan de Borbón en París. El respeto por Su Majestad no tenía límites. Por ello, el tema de Urdangarín  le había afectado profundamente dado el daño que estaba produciendo a la Institución. Estoy seguro que el rey también le distinguía con su afecto. Se sentía más que compensado. A pesar de la gran amistad que nos unía, a veces no compartía mis comentarios sobre la Familia Real.

Ramón no era un hombre ajeno al mundo de la información.  Como propietario que fue de la Cadena Rato, fundada por su padre, llegó a controlar más de setenta emisoras y como tal se convirtió en Presidente de la Asociación Española que agrupaba a las radios privadas. Fue el alma de esta asociación hasta que la familia Rato decidió desprenderse de la mayor parte de las emisoras. Como consecuencia de ello, nació Onda Cero. Alfonso Ruiz de Assin, secretario general de la Asociación Española de Radio Comercial, ha recordado, con motivo de su muerte, que Ramón Rato logró regularizar las relaciones con los autores, artistas, intérpretes y casas discográficas, impulsando la negociación de unas tarifas que hicieron posible el uso de la música por las emisoras como la satisfacción de los derechos de autor.

Escribo esta columna desde la más profunda desolación personal que la muerte de Ramón me ha infligido. Su amistad enriqueció mi vida. Hoy me siento huérfano.

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