La democracia española, hija de una resaca dictatorial y un pacto partitocrático, tiene mucho de presidencialista. Para empezar, y Dios sabrá por qué, al jefe del Ejecutivo, el primer ministro en los países de nuestro entorno, le llamamos presidente. Preside el Consejo de Ministros; pero, por las apariencias acentuadas desde los días de Adolfo Suárez, tiene mucho de jefe del Estado. Por decirlo de un modo más sencillo y coloquial, la apariencia “presidencial” de Mariano Rajoy, como la de sus predecesores monclovitas, está más cerca de la de Barak Obama que la del premier británico. Eso, en sí mismo, no es ni bueno ni malo, pero es un indicador más de que nuestro texto constitucional, y el espíritu que lo sustenta, no está hecho de una sola pieza, sino de retales.
Ahora, como marcó la pauta iniciada por Suárez, el presidente Rajoy se ha instalado, con su familia, en La Moncloa. Es posible que en aquellos años setenta del siglo pasado, con el terrorismo en efervescencia, las más elementales medidas de seguridad obligaran una residencia presidencial de ese tipo. ¿Sigue siendo necesario que así sea?
La Moncloa es parte del fenómeno que, hasta ahora sin excepciones, ha aislado de la realidad al presidente de turno. Si hablamos del “síndrome de La Moncloa” todo el mundo sabe a qué nos referimos y el mal, con distintas intensi-dades, pero sin excepciones, afectó al citado Suárez, a Felipe González, un poco menos a Leopoldo Calvo Sotelo, un tanto más a José María Aznar y ha dejado hecho unos zorros a José Luis Rodríguez Zapatero.
Desgraciadamente no están los tiempos para que un personaje relevante y polémico, como lo es inevitablemen-te el inquilino de La Moncloa, viaje en el autobús municipal. Tampoco lo aconsejan la mala educación y el planteamiento confianzudo – “¡oye, tú!” – en el que nos hemos instalado; pero la cercanía, unas cuantas horas a la semana con el codo apoyado en la barra del bar, como decía Wenceslao Fernández Flórez, serían una buena ayuda para quien trabaja al servicio de una sociedad que termina por ignorar.
Rajoy, hombre desconfiado y solitario, de pocos amigos y menos convivencias, recluido en La Moncloa se condena a una percepción de la realidad de segunda mano. Por expresivo que quiera, o pueda, ser Pedro Arriola en sus análisis demoscópicos y por brillante y locuaz que resulte Soraya Sáenz de Santamaría en sus informes, Rajoy sigue el cami-no establecido de no tener ventanas a la calle.
Desde ninguna perspectiva que no sea la de la seguridad, y eso también habría que revisarlo, no es bueno que un hombre -Rajoy en este caso- se encierre en una parcela de un par de decenas de hectáreas y, en compañía de su mujer, Elvira Fernández, y de sus dos hijos, Mariano y Juan, de doce y seis años de edad, eche el cierre. El caso podría justificarse en un presidente de la República – en un Jefe del Estado – que lleva en el empleo la distancia y el protocolo; pero, ¿tiene sentido en un primer ministro que, se supone, debe observar la cercanía como virtud?
Viéndolas venir, los amigos más próximos a la familia Rajoy, en la que debe alabarse la normalidad de las clases medias españolas, le han regalado un perro que entretenga a sus hijos, distanciados por la situación de sus compañeros de colegio, y pueda acompañarle en sus paseos balsámicos por el jardín. Algo es algo.
Marcello, el perro titular y polígrafo de esta República.com, ha visto con muy buenos ojos al perro de Rajoy y yo no seré menos que Marcello. La deshumanización, lo mismo se genere por el engrandecimiento que aporta el cargo que por sus servidumbres, es una de las patologías del poder y, hablo por experiencia, nada hay más humano que la compañía de un buen perro. Porque no es verdad, como se dice, que el perro sea el mejor amigo del hombre. Es el hombre, cuando hace méritos, quien puede llegar a ser el mejor amigo del perro. De su perro.