Las cifras de la sociedad red son apabullantes, quizás monstruosas. Si en 1992 había un millón de líneas de Internet en el mundo, en 2008 habían superado los mil millones. El “New York Times”, en una semana, da más contenidos que los que poseían los seres humanos del siglo XVIII. Se calcula que si alguien estudia una carrera técnica de cuatro años, en 3º se habrá quedado obsoleto lo aprendido en primer curso. Se asegura que en 2010 se generó tanta información como en el conjunto de los cinco mil años anteriores.
Este crecimiento exponencial de la información –el primer y esencial error es confundirla sistemáticamente con conocimiento– ha llevado a la pedagogía a despreciar todo lo que tenga que ver con lo memorístico, con lo clásico, con los fundamentos humanísticos de la sociedad. De nada sirve aprenderse los ríos de Europa, los reyes de España o los escritores del 98 porque el actual escolar se enfrentará, en menos de un lustro, a problemas científicos cuyos enunciados ni siquiera podemos anticipar en la actualidad.
Este asunto, por un lado, crea un peligroso fenómeno que tiene mucho que ver con un escepticismo vital frente al conocimiento: de nada sirve aplicarse en ningún estudio porque todo cambia a velocidad de vértigo y lo que yo sepa ahora no me servirá para nada en el próximo futuro. El utilitarismo se impone y lo importante es preparar a los actuales estudiantes para encajar como engranajes en cualquier estructura socioeconómica que pueda surgir. No es necesario formar individuos porque lo importante es que el día de mañana sean perfectamente adaptables a los cambios evolutivos del medio en el que (sobre)vivan.
De ahí que sea esencial una base científica sólida para enfrentarse a los abrumadores cambios que cada hora acontecen en la sociedad de la (des)información. Lógico entonces que conocer el pensamiento de Platón o hacerse una idea de qué supuso y en qué desembocó la Revolución Francesa no tengan ninguna utilidad práctica ni directa. Consciente o inconscientemente, se despoja al individuo de cualquier elemento que tenga que ver con su lado más espiritual, más abstracto, más humano.
Pero el asunto tiene una vertiente mucho más preocupante. Es indudable que la cantidad de información crece exponencialmente. El problema no es sólo aprender a discriminar entre lo esencial y lo accesorio –no es lo mismo la relación sentimental de Paquirrín que una mujer tenga dos vaginas o que Protágoras puso al hombre como medida de todas las cosas para, inmediata y sistemáticamente, dudar de todo el género humano– sino también aprender a distinguir lo verdadero, lo enjundioso, lo cierto de lo meramente opinable, de lo dudoso, de lo ciertamente falso. Tanta información-conocimiento como en los 5000 años anteriores pero, ¿cuánto hay de verdadero en esa ingente cantidad de datos?
El asunto es aún más relevante si tenemos en cuenta la pujanza de las ciencias empíricas, como la Economía o la Psicología, que ofrecen datos parciales que siempre se pueden poner en duda; o si consideramos que Internet se está convirtiendo en la principal fuente de información y conocimiento aunque los errores menudeen y las opiniones abunden más que los juicios fundados y comprobados; o si pensamos que la reflexión no digital es condenada como antañona e improcedente.
En estos tiempos no puede ser coincidencia que cada vez existan más estudios (?) que intenten desmitificar la figura de Sócrates, la avispa que aguijoneó a la Atenas democrática cuando los sofistas querían imponer el brillo del discurso sin fundamento frente a la verdad de la duda política y ética. Parece esencial que todos, como si estuviésemos en una dictadura, nos admiremos ante el asombroso espectáculo del crecimiento exponencial de los datos para que nadie se pare a pensar cuánto hay de verdad en toda esa maraña de confusión, opiniones y zarandajas.
La verdad ya no importa; la batalla de la calidad frente a la cantidad está perdida. Porque esto, que es simple opinión, forma parte de esa enorme cantidad de información que, si se cumplen las previsiones, este año duplicará a todo lo existente a fines de 2011. Oscurantismo frente a ilustración.