Al saber de la muerte de Gregorio Marañón en España, el socialista Indalecio Prieto escribiría desde su exilio mejicano: “Se ha apagado la única luz de aliento que de allí me llegaba. Desde el 27 de marzo de 1960 España se ha vuelto más silenciosa y, a partir de esa aciaga fecha, me siento más solo. Más solo que nunca”.
Existen hospitales que recuerdan el nombre de Marañón en el frontispicio de sus entradas, pero si preguntáramos a alguno de los pacientes que entran en sus beneméritas salas para consultar o curarse de cualquier mal que le afecta, que quien ha sido aquel que ha tenido el honor de verse así recordado, posible o casi seguramente, una gran mayoría no sabría que responder. Me imagino que los médicos veteranos recordarán, al menos, cuánto la ciencia médica, no sólo la española, sino la universal debe a quien tuvo como maestro a Ramón y Cajal e, incluso, a Sigmund Freud que, más de una vez, mostró su admiración, – por las teorías avanzadas, sobre todo en materias como la endocrinología en la infancia y en momentos críticos del desarrollo de la vida humana – , hacia este genio español, diría casi renacentista por la amplitud de sus conocimientos que no sólo fueron científicos, sino humanísticos, históricos y filosóficos. De las mesnadas de jóvenes médicos salidos de las recientes promociones de una universidad mediocre, como es la regla general de los ateneos de nuestro país, me fío un poco menos y sospecho que entre sus lecturas no se encuentren ni “Tiberio, historia de un resentimiento”, ni “El Greco y Toledo”, ni “Don Juan”, ni “Amiel”, sólo por citar algunas de las obras más conocidas de Gregorio Marañón. Y, sin embargo, “google“, está repleto de notas sobre la biografía y la ingente obra, científica, histórica y literaria de quien ha sido, en absoluto, una de las figuras más destacadas de la España del pasado siglo XX. A pesar de todo ello, de los homenajes públicos que se le dedicaron en el 2010, con motivo de los cincuenta años de su muerte y, a pesar de los pesares de haber sido, junto a José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, uno de los padres de la Segunda República española, una buena parte de su vida y de la elaboración de su ingente obra, la pasó en tiempos del régimen del general Franco. Y, eso huele mal ¿Y si fuera más de derechas de lo que decía o aparentaba ser?, se preguntarán los sociatas a pie de línea de cuántos elogios puedan hacerse a favor de tan ilustre compatriota.
En contraposición a este sectarismo inexplicable si abrimos “google” con el nombre de pedorras e ignorantes tan paradigmáticos, “atónitos palurdos” machadianos, como los Zapatero, los Rubalcaba, la Teresita Fernández de la Vogue, la Carmencita Chacón, la ex-ministra coño (adjetivación del sexo femenino) Bibí Aído… nos encontraremos con páginas ditirámbicas pletóricas de banalidades elogiosas y de detalles de sus aclarantes datos biográficos, desde el biberón que utilizaban de cuando niños y niñas recién nacidos, hasta sus fulgurantes y espectaculares carreras políticas, tal que Metternich, Bismark o Churchill, serían una despreciable y malolienta mierda si se les compara con la total nulidad, cercana al cero absoluto, de los derrotados en las últimas elecciones y que continúan dando guerra en nuestro precario escenario político.
“Liberalismo y comunismo” es un escrito de Gregorio Marañón, publicado en la Revue de París el 15 de diciembre de 1937 y, posteriormente, el 3 de enero de 1938 en La Nación de Buenos Aires y, finalmente, también en España en la revista Punta Europa en su número julio-agosto de 1960, poco más de tres meses después de la muerte de su autor.
Si hago hincapié, con la minuciosidad de un notario, en la descripción y lugar de las dos primeras fechas, es decir, en plena Guerra Civil española, en el caso de Francia y Argentina, es para destacar el sobrecogedor carácter premonitorio que este escrito tiene para quien lo lea en este mes de enero del 2012. Escribe Marañón:
“Sucede ahora con la revolución y guerra de España lo mismo que con todos los grandes acontecimientos históricos y hasta que pasa mucho tiempo después, los juicios sobre ellos se fundan en accidentes cargados de pasión, personal o de partido, accidentes absolutamente secundarios que ocultan, sin embargo, el verdadero sentido de los acontecimientos… mi formación de naturalista me ha acostumbrado a la observación fría de las cosas que suceden y sobre todo al reconocimiento automático del error. El hombre de formación política considera como una humillación y como un suicidio el proclamar una equivocación. El naturalista, en cambio, sabe que muchas cosas que creyó verdaderas no lo son; y que para seguir buscando la verdad hay que eliminar los errores. Esta actitud llega a convertirse en un acto reflejo, que se cumple sin tener en cuenta el que los amigos de antes nos acusen de traición ni que los enemigos de antes nos acusen de advenedizos… Maquiavelo decía que en política el ser fiel al pasado supone, muchas veces, ser traidor al porvenir… máxima aceptable siempre que se añada algo que no contaba para Maquiavelo ni para sus discípulos, a saber: que el cambio de las ideas se justifica por una continuidad en la conducta. Lo que caracteriza a la política, es que niega y cuenta con las ideas y no con la conducta… Si preguntamos a cien seres humanos de hoy, españoles o no españoles, los motivos de su actitud, favorable o contraria a uno o a otro de los dos partidos que luchan en España, nos exhibirán unos su credo democrático; otros, su tradicionalismo; otros, su militarismo o antimilitarismo; su catolicismo o su irreligiosidad, cuando no un neocatolicismo literario y rojo, especie rarísima de la actual fauna ideológica; o bien su horror por los fusilamientos o por los bombardeos aéreos; o, finalmente, su simpatía o antipatía personal por los jefes de los bandos respectivos. Muy pocos serán los que funden su posición en la razón auténtica de la lucha, que es únicamente esta: defiendo a los rojos porque soy comunista; o simpatizo con los nacionalistas porque soy enemigo del comunismo…”
En las pocas líneas de esta cita con el escrito de Gregorio Marañón, el artículo es mucho más largo y enjundioso, se define con precisión absoluta el nudo del porqué de aquella tragedia nacional, inevitable desde el momento que sucedió, porque en la historia cuentan sólo los hechos que sucedieron y no los que eventualmente, nunca seguramente, podrían haber sucedido al gusto de falsas alegorías proféticas y de augures que quisieran cambiar, falseándolo, el ineluctable devenir de los acontecimientos humanos.
Conociendo el paisanaje Gregorio Marañón, de naturalista, como él mismo se define, hace un estudio premonitorio de lo que nos podía caer encima. Lo que, seguramente, no podía imaginar es que un grupo de desalmados e inconscientes políticos, siguiendo los pasos de un lunático desaprensivo y del recuerdo de un abuelo que ha querido construir en base a una verdad inexistente, una especie de Peter-Pan en la isla que nunca existió, hubieran desarmado y dividido a España, en tan poco tiempo, memorizando, no sin antes falsearlos, hacia la actualidad, unos dramáticos acontecimientos de hace más de setenta años y de los que apenas restan unos pocos y creíbles testigos directos, en vez de dejar el estudio concienzudo de todo aquel horror colectivo a la reflexión de las páginas de la historia patria.
Por eso cuando leo toda esa serie de porquerías partidistas, de furia irreflexiblemente reprimida, de las llamadas asociaciones de víctimas del terror franquista, comparándolo, incluso, en medio de un ataque de histerismo irreprimible, con los asesinatos de una banda de delincuentes vascos, se me ponen los pelos de punta. Hay quien alega que su abuelo fue fusilado después de un juicio sumarísimo; pues bien que saque a la luz los papeles del juicio y que se examinen las cláusulas del mismo, porque, pudieran ser, es sólo una hipótesis, fechorías cometidas y condenables según el Código militar. Lo que no podemos hacer es el juzgar, con la óptica de hoy, los hechos del ayer. Qué yo también he tenido abuelos; el uno que cumplió el servicio militar en Cuba, cuando la perla del Caribe era española y el otro, cuyo primer destino, como brillante oficial del cuerpo jurídico, lo fue en Manila, cuando Filipinas era todavía territorio español. Pero eso, creo, no me da derecho, aparte de ser una inservible estupidez, a estar cagándome todos los días en las putas madres de los presidentes estadounidenses William Mc Kinley y Theodore Roosvelt, a pesar del hundimiento del Maine.
Particularmente no soy partidario de los juicios sumarísimos y me horroriza la pena de muerte en cualquier circunstancia, de paz o de guerra, se ejecute. Pero, también se que la guerra, el deporte preferido del hombre desde su aparición en el paisaje del globo terráqueo, tiene sus leyes. La finalidad de una guerra internacional consiste en aniquilar al enemigo, en sus vidas y en sus enseres y haciendas, con todos los medios posibles a su disposición. Suelen tener la ventaja que unos la ganan y otros la pierden y como están henchidas de un sentimiento maniqueo, los que pierden son los malos y los que ganan son los buenos. Y con el tiempo todo pasa, llega la paz y el cuadrúpedo humanoide se prepara para iniciar otra guerra.
En las guerras civiles es más complicado y en el curso de su historia nuestra patria ha tenido unas cuantas y todas ellas con nefastas consecuencias, porque son ideológicas y, como tal, irracionales, no existiendo en la comprensión del ánima humana ninguna ideología con la patente de verdad absoluta. De tal modo que si yo destruyo una casa o vuelo un puente o bombardeo las vías de un ferrocarril, estoy, en realidad tirando piedras contra mi propio tejado. De la misma forma que si yo aniquilo al enemigo ideológico, puede acaecer que haya acabado con la existencia de un amigo del alma o con la de mi hermano. En cuyo caso, una vez terminada la contienda, vencedores y vencidos se tienen que concienciar en el deber, y no cabe ninguna otra alternativa, de volver a vivir juntos. Que los rencores de los vencidos son, por lo menos, tan deletéreos, o más, que los excesos de euforia, tantas veces violenta, de los vencedores.
Las asociaciones de “víctimas del terror franquista”, proliferan en los campos del ridículo y del esperpento, como las amapolas en primavera, en tierras de Castilla, cuando el grano aún está verde. Asociaciones de Foro por la Memoria o para la recuperación de la memoria histórica o para los descendientes del Exilio… todas ellas con la única finalidad de convertir a España en un osario al aire abierto. Pues bien, que comiencen excavando en Paracuellos del Jarama, que tendrán para rato desenterrando los despojos de los cuatro o cinco mil desgraciados que yacen dentro de las fosas comunes y si lo desean pueden, todavía, procesar judicialmente al responsable directo de tal desatino criminal, que tiene nombre y apellidos, según lo certifican los archivos desclasificados de la ex-Unión Soviética.
En la noche del 17 de marzo del 2005, la estatua ecuestre de Franco, ubicada, desde 1956, en la Plaza madrileña de San Juan de la Cruz, fue retirada, según anunció la entonces vicepresidenta del gobierno zapateril, Tere Fernández de la Vogue, en el curso de un homenaje a Santiago Carrillo Alvarez ¡que puñetera casualidad!
No me siento a favor ni en contra de retirar estatuas o de cambiar el nombre de las calles, pero si la voluntad del gobierno de entonces era la retirar la de Franco, podían haber aprovechado para levantar la de Largo Caballero, el “Lenin español”, que de responsabilidades criminales, durante el período republicano, se cargó con unas cuantas, aparte de ser un testimonio del estalinismo que intentó echar raíces en nuestro país. Mientras tanto el alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón, no se daba por enterado de aquel despropósito, cometido con nocturnidad y alevosía, dentro de los márgenes del Ayuntamiento que él presidía. Y la Malena Alvarez, entonces ministra de Fomento convocaba un “concurso de ideas para reemplazar esta estatua ecuestre por un símbolo representativo de la concordia entre los españoles”. Nos hemos convertido, casi sin darnos cuenta, en un país de marionetas. Sigo reafirmando que la llamada “Ley de la Memoria Histórica”, es otra más que añadir a las chorradas de la larga lista de despropósitos con que nos ha obsequiado la administración zapateril.
“España está por descubrir”, diría Unamuno. “Habiendo negado una España, nos encontramos en el paso honroso de encontrar otra, esta espera de honor no nos deja vivir”, escribiría Ortega y Gasset que añadiría “¿Dios mío qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida en el ayer ilimitado y en el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa del universo ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, ésta como proa del alma continental de Europa?
“Hace más de veinte siglos que un español, desterrado en la isla de Córcega miraba hacia la sierra risueña de Córdoba, donde corrió su niñez: ¡Carere patria intolerabile est! (¡Qué intolerable es el vivir fuera de la patria!). Este español era andaluz de cuna, romano por educación y por el alma, hombre de todo el universo. Tenía de España la grave y digna, y a veces graciosa, actitud ante el dolor… Séneca que era el desterrado ha enseñado la patética lección a muchas generaciones de españoles que, como él, tuvieron que salir de la patria… Como Séneca tú también piensas que es triste vivir expatriado; pero sabes encontrar, como él, el gesto ascético y el garbo para seguir adelante” (“Españoles fuera de España”. Gregorio Marañón. Editorial Espasa Calpe, Buenos Aires, 27 de mayo de 1947).