Sherlock Holmes es uno de los personajes más poderosos de la historia de la Literatura. Ya su creador, Arthur Conan Doyle, intentó librarse de él tirándolo por una cascada, pero la presión de los lectores, y de los editores, le obligó a resucitarlo. Este solterón, genio de la deducción, apoyado por su fiel Watson y enfrentado al maquiavélico doctor Moriarty, por alguna razón ha conseguido llegar al alma de la sociedad y convertirse en un objeto popular de culto. Ningún otro personaje ficticio, ni histórico, ha sido trasladado tantas veces al cine y a la televisión.
Aunque las últimas adaptaciones se alejen sobremanera del modelo. En la serie televisiva “Sherlock”, el detective se parece más al friki Sheldon Cooper de “The Big Bang Theory” que al original decimonónico. En las películas de Guy Ritchie, Sherlock Holmes, encarnado por Robert Downey Jr., es un excéntrico gamberrete más cercano a la demencia que a la genialidad. Da igual, porque el personaje supera cualquier ley sobre el tiempo, el espacio o la coherencia.
Se acaba de estrenar en España “Sherlock Holmes: Juego de sombras”, que presenta al inmortal detective enfrentado a un profesor Moriarty empeñado en adelantar la inevitable Primera Guerra Mundial. El filme, que triunfa en las taquillas del mundo entero, es una película de pura acción donde la acumulación de momentos y efectos trepidantes oculta los gruesos trazos del plan del malo y las escaseces deductivas y operacionales del bueno. Con una Noomi Rapace perdida en un papel superfluo, Jude Law encarnando un inopinado doctor Watson y la temprana desaparición del mejor personaje de la primera entrega, el filme se limita a una extenuante sucesión de escenas de gran impacto y escaso fondo.
Tan rápida es la acción que tras la mejor secuencia –una persecución por un bosque donde se aprecian las grandes virtudes como realizador de Guy Ritchie, con su original dominio del montaje y de la trampa óptica que bordó en “Snatch”– uno está completamente satisfecho con la sensación de película “cumplida”. Pero, para mal de todos, todavía queda media hora larga que apenas aporta nada a un argumento insostenible. Pero es lo que se lleva en estos tiempos.
Lo más curioso de esta película es que, analizada con detenimiento, podría haberla protagonizado cualquier otro gran héroe. No chocaría ver a 007 enfrentándose a Moriarty, ni sorprendería lo más mínimo que en Baker Street tuviese la “batcueva” el bueno de Bruce Wayne. No hay ningún elemento en esta película que haga imprescindible la presencia de Sherlock Holmes. Pero tal es su carisma, tal es la poca exigencia de los espectadores del siglo XXI, que su nombre puede convertirse en franquicia sin que Arthur Conan Doyle aparezca por ningún sitio. Esa es la grandeza del cine; y una perfecta explicación de su imparable declive.
P.S.: “La piel que habito” de Pedro Almodóvar acumula más nominaciones que ninguna otra película para los próximos Goya. Luego se preguntan por qué estos premios no interesan a prácticamente ningún español.