Nº 772 -  24 / V / 2012 
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OPINIÓN

Daniel Martín
 

Los libros en España son carísimos. Por ejemplo, en una web, “Los juegos del hambre”, el excelente libro de Suzanne Collins que ha arrasado entre el público adolescente, cuesta 17,10 euros. En esa misma página, la versión inglesa cuesta 5,94; sólo 3,83, si compras la electrónica –en inglés, por supuesto, que en español no existe–. No tiene sentido. A pesar de la crisis y de que España no es un país de ávidos lectores, los precios parecen los de una meca de riqueza y cultura incomparables.

La industria editorial, también, suele hacer un balance desastroso de su presente. Las ventas bajan, los lectores no aumentan, y se suele apuntar como culpables a aquellos que realizan descargas ilegales, como si ellos solos pudiesen hacer tanto daño. Nadie hace referencia a que en España apenas media docena de editoriales se atreven a publicar obras más o menos cultas de las que crean afición aunque sea a precio prohibitivo. Por ejemplo, hace un par de semanas hablé de la magnífica edición que Páginas de espuma había hecho de los cuentos de Guy de Maupassant, pero cuestan en torno a 90 euros, ¿cuántas personas hay en España dispuestas a pagar tamaña cantidad si se la pueden gastar en videojuegos, jamón o alcohol?

Por otro lado, nuestra industria camina terriblemente lenta en lo que se refiere a la digitalización de los libros. Da la impresión de que no interesa. Pero es el presente. Me compré, hace menos de un año, un libro electrónico que me costó poco más de 200 euros. Pero, en cuanto compré las obras completas de Edith Wharton, de Honoré de Balzac –tuve que hacerlo en versión inglesa, pues no sé francés y en español no existen– y, en un solo bloque, 16 novelas de Vicente Blasco Ibáñez, ya había amortizado largamente la inversión inicial, pues ninguna de estas compras superó los 5 euros.

Así van las cosas. Un simple aparato electrónico, que se lee como cualquier libro, con el añadido de poder subrayar y tomar notas sin mayor dificultad, sirve para almacenar una biblioteca entera a precio de saldo. Sólo las novedades cuestan algo más, pero siempre a un precio muy inferior –como mínimo, un 30%– a la edición tradicional. El abaratamiento de los costes es enorme, y la capacidad de almacenamiento y tratamiento de los textos son infinitos.

Pero España anda en pañales. Se pueden encontrar, a 2,68 euros, una buena edición de las cinco series de los “Episodios Nacionales”. Y muchos clásicos, como Lope, Góngora o Quevedo, tienen versiones gratuitas. Pero siempre de manera rudimentaria. En inglés tienes numerosas alternativas para, sin pagar nada o tan solo un precio simbólico, conseguir las obras completas de Thackeray, Henry Fielding o Marlowe, con buenos estudios incluidos. Lo de Góngora o Lope, por ejemplo, tan solo incluyen los viejos tópicos, no hay obras completas y, además, no son buenas ediciones que carezcan de erratas o errores garrafales.

Echar las culpas a las descargas ilegales es fácil. Los libros en España, empero, son carísimos. La oferta de libros electrónicos en español es escasísima. Y la afición lectora hispánica no es lo que se dice sólida ni generalizada. Supongo que, en lugar de reaccionar, pronto nuestras casas editoriales comenzarán a demandar ayudas públicas. Que es lo que se estila acá, que es lo que, finalmente, lo explica casi todo. Por tanto, lo mejor es, si se puede, leer en otro idioma y, si no se puede, aprender uno cuanto antes.

dmago2003@yahoo.es

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