Desde hace mucho tiempo, yo creo que, al menos, desde los años 30, el prestigioso semanario norteamericano “TIME”, publica, en portada, por estas fechas, la fotografía de quien, a juicio de su redacción, ha sido la figura, a nivel mundial, más destacada del año, en el campo de la política (para bien o para mal), de la cultura, del arte o de las humanidades. Por la portada de “TIME”, han tenido el honor de desfilar personalidades como Hitler, Stalin, Einstein que fue calificado como el hombre del siglo XX, Bill Gates en el 2005, Vladimir Putin en el 2007, Barack Obama en el 2008…Este año el hombre del año, el rostro del año, ha sido “The Protester”, el de un embozado ciudadano, del que ignoramos nombre y apellidos aunque sepamos muy bien de quien se trata. Lo de menos es que se llame Mohamed o Ab-dúlá, porque dentro de su anonimato, con la decidida mirada de ojos sufrientes, que reflejan la esperanza de un futuro mejor, después de infinidad de lunas pasadas en el desierto, explotado, lejos de los oasis luminosos de espejos de agua, con la fatiga de la lucha y el hambre de libertad, semioculto entre el arrope de sus vestiduras, reconocemos al rebelde protagonista de la “Primavera árabe” que ha convulsionado el Islam ¡Allahu akbar! (¡Alá es grande!), desde Túnez a Libia, a Marruecos, a Egipto, a Argelia, a Siria, al Yemen, posiblemente escondida en Irán y que se ha extendido, continua extendiéndose, espontáneamente, como improvisadas son, sin meteorólogos que antes nos lo profeticen o avisen, las terrificantes tormentas de arena del Sahara o del Shael.
A mi esa portada me ha parecido emblemática, ha sido como una bofetada dada al mundo occidental. Porque las protestas de por aquí se mueven dentro de un universo capitalista, desde Atenas, a Madrid, a la “Occupy” de Wall Street, equivocado sí, en las normas férreas en que se mueve el dinero de las altas finanzas, pero que, aún asustado, no ha llegado al límite de la pobreza y posee correctores con los que deshacer el entuerto, mientras que la ola que nos llega del otro lado del Mediterráneo, la ha levantado la miseria y la esclavitud. Esta es la diferencia entre dos mundos protestatarios. La diferencia entre los “indignados” que acampan, alegremente, en la Puerta del Sol y Mohamed Bouazizi que se prendió fuego en Túnez el 17 de diciembre del 2010. “Mi hijo se ha dado fuego por dignidad”, declararía su madre.
Esto lo pensaba hasta ayer mismo y respetando la licitud de la portada del “TIME”, hoy pienso de otra manera. Yo hubiera corregido y pospuesto el emblema de “La Primavera árabe” en la apertura de una tercera página y hubiera elegido “personaje del año a “Chita”, del inglés “Cheeta”, que ha muerto el día de Nochebuena a la veneranda edad de ochenta años, caso único de tal longevidad en la historia de la zoología. Y la hubiera elegido, – mejor le hubiera elegido, porque era macho y no hembra, aunque se le obligara a representar el papel de fémina, como en el teatro shakesperiano, en vida del inmortal vate de Stratford-upon-Avon, donde Ofelia o Julieta eran mozos de cutis recién rasurados y cabelleras con trenzas rubias -, porque este chimpancé, cuyo original nombre de su patria africana era Jiggs, pertenece a los inocentes sueños infantiles de nuestra niñez. En realidad ni para mí, ni para los de mi generación, “Chita” ha muerto: los mitos no mueren nunca y viven mientras que existimos. Puede decirse que hemos nacido con “Chita”, con ella hemos sido niños, adolescentes, jóvenes y, en su compañía, hemos alcanzado la madurez en que nos encontramos. El revoltoso chimpancé “Chita”, como el atlético y esbelto Tarzán y Jane, su bellísima compañera, son como algo nuestro; sus imágenes en blanco y negro, continúan conmoviéndonos, aunque se hayan rodado en una ficticia selva hollywoodiana, pero eso es lo de menos, porque el ensueño no sabe de ficciones ni le interesan sus representaciones, es como un juego de espejos cóncavos y convexos, donde el pensamiento automáticamente elige lo que para él no es imagen deformada ni realidad fingida, sino tiernos espectros proyectados en la semioscuridad, cómplice de nuestros asombros y de nuestros íntimos deseos.
A Chita y a Tarzán y a Jane, les hemos seguido durante años en su doble aspecto de intérpretes cinematográficos y a través de la humana aventura como Johnny Weissmuller, el campeón de dos Olimpíadas, cinco medallas de oro entre la de París, en 1924 y la de Ámsterdam, en 1928. Fue el primero, en poco más de 58 segundos, en rebajar la marca mundial, establecida hasta entonces en 1 minuto, de los cien metros libres. De hecho los que hemos practicado con asiduidad la natación o incluso participado en algún campeonato universitario, lo hicimos siguiendo la escuela inimitable de Tarzán. Por algún sitio de mi biblioteca debe tener, todavía, el manual escrito por J.Weissmuller, con fotografías de su autor, del cual yo aprendí a nadar en el pilón de agua que mi padre había hecho construir para regar la huerta en un chalet que tuvimos, desde 1938 hasta mediados de los 40, en el Pinar de Antequera, a pocos kilómetros de Valladolid. Lo mismo que seguimos la brillante carrera cinematográfica de la bella criatura Maureen O’Sullivan que, por cierto, no podía ni ver en pintura a Chita y que sufría crisis de histerismo cada vez que tenía que rodar una escena con nuestro querido chimpancé, al que le llenaba de insultos, llamándole hijo de puta y otras mil lindezas por el estilo. Pero, sobre todo, al menos yo, he continuado tendiendo un hilo invisible, con mucha más frecuencia desde la aparición de Internet, con Chita, desde su residencia en el “Suncoast Primate Sanctuary de Palm Harbor (Florida) donde se nos ido al cielo de los simios, mientras se entretenía en pintar; era un maestro en la elección de colores, sobre todo el rojo vivo, le gustaba el fútbol y se divertía un montón cuando se le proyectaba, en una pequeña pantalla, las películas de Tarzán.
También nuestra infancia y adolescencia han crecido a la par que otros personajes que hicieron la delicia de nuestros sueños infantiles ¿Cómo no enamorarnos de la deliciosa Elizabeth Taylor, nuestra coetánea, cuando a sus once años llevaba de la mano a Lassie, ese precioso ejemplar de “collie” en “Lassie vuelve a casa”? ¿Qué nos impide acordarnos de “Rin Tin Tin, aunque nos pillara ya un poco mayorcitos? ¿Y del adorable “¡Gato, Gato!” de Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”, iconos cinematográficos de nuestra juventud perdida entre los avatares de la existencia?
A punto estaba de casi olvidarme del “Aaaah-ah-ah-ah-aaah-ah-ah-ah-aaah”, 3 segundos en total, el grito liberatorio de “Tarzán de los monos”, inspirado en el “yodel” (el canto en falsete) del que el mismo Weissmuller se declaraba inventor, recordando de cuando niño lo tarareaba en la hoy Timisoara (Rumanía), lugar de su nacimiento, antes de embarcarse con toda su familia hacia los Estados Unidos, sino hubiera sido porque la Sra. Ana Mato, nueva ministra de “Sanidad, servicios sociales e igualdad”, ha negado, enfáticamente, que vaya a cambiar de nombre la “Ley de violencia de género” y lo ha hecho con una actitud, según fotografías publicadas en este diario digital, que me recordaba el famoso lienzo de “El grito”, 1893, de Eduard Munch. O, mejor aún, el de Tarzán mientras se balanceaba entre liana y liana.
¡Qué no Sra. Mato! Que usted, universitaria como yo, y casi con los mismos estudios, hemos pasado antes por el cole donde nos enseñaron que, dicho así para entendernos, que un sustantivo sin el acompañamiento de un adjetivo es algo sin definir, vamos como un huevo frito sin sal o algo parecido. Mire Sra. Mato lo de “violencia de género” es una absoluta soplapollez. Las palabras, cómo no, tienen su importancia y para eso están hechas. De género hay tres: el masculino, el femenino y el neutro. De cuando íbamos al sastre a hacernos un traje, se nos decía: tenga éste o aquel que son de un género extraordinario, fabricados en Tarrasa o Sabadell. Para distinguirlo de la Zarzuela ahí está el género chico. Este toro es del género quedado, para distinguirlo de los otros. Si usted dice género en italiano está aludiendo al yerno ¿violencia de yerno? Si a su apellido Mato, se le añade otra t en vez de una, en italiano significa loco ¿Sra. Ana Loco? ¿Tenemos un embajadora ante la Santa Sede que se apellida figa, lo que en italiano significa breva, identificado, vulgarmente, como el órgano sexual femenino, en español castizo bautizado como coño? Para eso el zapa nos había podido enviar a la Bibí Aído, su antecesora en Igualdad que de coños se entiende, quizás es de lo único que sabe, para enseñar a sus eminencias los purpurados cardenales que frecuentan la sede de la embajada de España ante el Vaticano, como se confecciona el mapa del clítoris.
¡Qué no Sra. Mato! ¡Qué usted ya tiene tablas para comportarse como una novata! ¡Modérese y adjetive el género, aún a pesar de las protestas de esa inutilidad y estupidez temperamental de la Leire esa, más conocida y esperamos que pronto olvidada, como “la morritos”!
Pienso despedir el maléfico 2011 viendo, por no sé cuanta enésima vez, a Chita y a Tarzán y a Jane. Al menos es una lección de optimismo, de buenos y tiernos sentimientos. “Yo Jane tú Tarzán” “Yo Tarzán tú Jane”, es el mejor y genial diálogo, jamás escrito en toda la Historia de la Cinematografía. El 2012 me trasladaré, televisivamente, a Viena, una de las ciudades más bellas y vivibles del planeta, ciudad que adoro y que está repleta de mis más cálidos recuerdos, para inyectarme una dosis de esperanza, como se la deseo a todos mis posibles e hipotéticos lectores, escuchando las sublimes notas del “Danubio azul”. ¡FELIZ 2012!