Nº 771 -  23 / V / 2012 
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Lugar de la vida

Bifurcaciones

Mónica Fernández-Aceytuno
 

¿Qué hacer? Es la peor pregunta que pueden hacerme. Yo nunca sé qué hacer y si lo sé y lo hago, luego siempre termino por preguntarme ¿habré hecho bien?

Puede que por ello me llamen tanto la atención las bifurcaciones.

Cabría esperar de la Naturaleza, un solo camino, que supiera por dónde hay que ir, ya que dicen que es tan sabia, y sin embargo yo veo bifurcaciones por todas partes, en la arena, con la bajamar, donde se quedan, como huellas de agua al irse, una suerte de bifurcaciones en la arena mojada parecidas a la escorrentía de un barranco, esas cárcavas de las mesetas donde anidan los abejarucos en verano.

Mi primer trabajo de física fue sobre cómo ascendía la savia por el tronco de los árboles, y aún en los ejemplares más altos, creo recordar que subía al final sin problemas por capilaridad, pero lo que más me llamaba la atención no era que ascendiera la savia en línea recta por el tronco, sino cómo alcanzaba el final de todas las ramas recorriendo las bifurcaciones que no sólo son singulares para cada especie sino que además aumentan con el paso del tiempo, como si el árbol se hiciera más preguntas, o tuviera más dudas, ¿voy por aquí o por allí?, según va creciendo.

Y así se ven ahora las ramas de la higuera, que en principio tienen un trazado confuso y alegre como el de una desordenada melena para al final cambiar de trayectoria hasta ponerse derechas como los brazos de un candelabro, apuntando, decididas, con sus uñas verdes al cielo. Los cerezos, sin embargo, se parecen más a las huellas que la bajamar deja en la arena, y son serios, sosos incluso, en la distribución de sus ramas. El aliso es otra cosa, porque además ahora tiene las piñas, diminutas, del año pasado y los amentos del año nuevo, y va como bifurcándose por pisos, a la manera de un abeto, lo cual contrasta con el olmo, que se abre como el bouquet de un ramo de flores.

Veo bifurcaciones por todas partes. Los pájaros vuelan, porque abren las alas, para que cada pluma apunte, como un abanico de posibilidades abierto, al aire que se les va viniendo encima, que incluso hay pájaros de vuelos erráticos que aún sabiendo adónde van, suben y bajan por el cielo, a la manera de los jilgueros, como si aún no hubieran decidido si volar o posarse.

Hasta la evolución de la vida sugiere una suerte de cladograma, uno de esos esquemas en árbol que aún no se ha resuelto y que unen las ramas de unos órdenes de especies con otros que al final no tienen nada que ver porque la vida es más bien un bosque, y no un solo árbol, a mi parecer. Un bosque en el que siempre nos estamos preguntando por dónde seguir, qué hacer.


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