Nº 771 -  23 / V / 2012 
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Crónicas liberales

Rajoy, el independiente

Manuel Martín Ferrand
 

En el llamado Libro de Isaías, el primero de los proféticos en el Antiguo Testamento, se asegura que los caminos del Señor son inescrutables. Se explica porque en el siglo VIII antes de Cristo resultaba impensable, incluso para los profetas acreditados, que veintinueve siglos más tarde, en España, un lejano lugar, un tal Mariano Rajoy estaría en el trance de ser investido presidente del Gobierno.

En nuestros descreídos días, lo verdaderamente inescrutable, insondable, impenetrable y arcano es el pensamiento del líder del PP. Supongo que, ante la gravedad de la situación, no resultará sencillo elegir un equipo de Gobierno idóneo y dibujar sus primeras líneas de actuación; pero, si algo tiene preconcebido, debe reconocérsele la eficacia del blindaje de sus cautelas.

Rajoy es el primero de los jefes de Gobierno, desde Adolfo Suárez hasta hoy, que llega al cargo libre de ataduras y compromisos. Como él mismo se ha encargado de repetir en sucesivas ocasiones, no le debe nada a nadie. Carece de vínculos establecidos, al margen el de su matrimonio, y solo le obliga, en lo que cabe, un programa electoral tan etéreo que lo mismo sirve para una cosa que para su contraria. Ni tan siquiera le afectan las mínimas obligaciones que marcan las relaciones sociales. Salvo un primo meteorólogo, no se le conocen al de Santiago de Compostela mayores lazos en su pequeño mundo familiar y vecinal. Es un lobo solitario adaptado a uno de los más tradicionales y sabios consejos de la sabiduría galaica: El buey solo bien se lame.

En un momento tan difícil como el presente, ante la ruina de la Nación, la crisis del Estado y el olvido de la Patria, solo un hombre independiente puede tener posibilidades de acierto y provecho. El más mínimo compromiso basta, en circunstancias como las que nos envuelven, para destruir cualquier proyecto de progreso verdadero. Es decir, no progresista.

Rajoy, el independiente, ni siquiera depende de los barones y baronesas de su partido. Todos son obra suya y si alguna vez pudo tener una deuda, aunque solo fuera de gratitud, la contrajo con el que fue su gran valedor, Francisco Camps, un personaje que ya no existe en la política y del que, precisamente en estos días, sea cual fuere el veredicto de jurado,  se ofician sus funerales judiciales. Murió, por su propia estupidez, a manos de los telediarios.

Después de haber sido cinco veces ministro y dos vicepresidente – de la Xunta y del Gobierno de España –, entre otros cargos de menor relevancia, Rajoy ha tenido el buen sentido de no estar vinculado a ninguna institución financiera, ni a empresas de la construcción, ni a cosa parecida.

Su vocación funcionarial – era registrador de la Propiedad antes que concejal de Pontevedra – es, en este caso, una garantía de virginidad en los negocios privados que, en una sociedad en la que se tolera que sus dos predecesores sirvan los intereses de dos empresas energéticas y, por la tanto, reguladas, no es poca cosa.

Como él mismo ha anunciado, tendrá que tomar, y pronto, decisiones “desagradables”. Tiene que hipotecar su popularidad, y hasta su reelección, para que dentro de cuatro años España ofrezca un paisaje distinto del que hoy lamentamos.

Dada la profundidad y la extensión de las crisis que nos angustian, Rajoy tendrá que renunciar a que sus conciudadanos le quieran, incluso asumir que le odien por el rigor y dureza de sus medicinas; pero, si alcanza el objetivo y remedia, aunque solo sea en parte, los problemas que recibe de su antecesor, será respetado e inscribirá su nombre en la tabla de honor que la Historia tiene a disposición de los grandes.

Adolfo Suárez estuvo atado de pies por la herencia del franquismo del que procedía y de manos por la falta de adhesión de sus próximos, divididos y nostálgicos.

Leopoldo Calvo Sotelo, breve en su turno, fue esclavo de las cautelas a las que obligaban las circunstancias.

Felipe González, además de inventar un partido socialista sin herir la memoria del que ya había muerto, padeció las ataduras de la corrupción y los crímenes de Estado.

José María Aznar, primero, se debió al nacionalismo catalán que le encumbró a La Moncloa y, después, fue esclavo de sus propias manías de grandeza.

Zapatero, pobrecito, se entregó a la memoria de su abuelo, a la Alianza de Civilizaciones y otras modalidades de espiritismo que le convirtieron en el peor gobernante de la democracia.

Ahora, Rajoy, limpio de polvo y paja, nos ofrecerá el espectáculo de la independencia. Algo que tiene un gran valor moral y que todavía no hemos experimentado. Que tiemblen, eso sí, los acostumbrados a mamar indebidamente de la teta del Estado.

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