Nº 771 -  23 / V / 2012 
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OPINIÓN

¡Basta!

Javier Pérez Pellón
 

España es la otra periferia de Europa, la otra marca de confín, el polo opuesto, por decirlo así, de alguna forma, correspondiente a Rusia, junto a la cual parece estar volviendo al proscenio de la historia. España rechazando, de un manera, casi total, el abrazo con la que la estaba sofocando, al punto casi de ahogarla, un socialismo, arrogante e incompetente, con la temeridad que da la ignorancia de sus propias limitaciones políticas y la frustración rencorosa de no haber conseguido imponer, en el libro del reciente pasado de nuestro país, la vergonzante canallada de una historia inventada. No obstante el valor de la resistencia, esa cuerda al cuello del sentido común, la diferencia entre lo que realmente sucedió y lo que un grupo de osados aventureros hubiera querido que sucediera, ha dejado sus huellas y unas heridas que, al menos, tardarán una generación en cicatrizar.

En Rusia, el pueblo ortodoxo de los eslavos del Norte, parece dar la espalda al último zar comunista, heredero ideológico de sus predecesores Lenin, Stalin, Kruschev y Bresnev.

España, como Rusia, ha sido, sobre todo, un lugar de exasperados sueños del absoluto: la Reconquista contra el Islam, la Conquista de las tierras más allá del Atlántico, los vuelos místicos a través de los espacios ignotos del alma humana, Santa Teresa, San Ignacio de Loyola y la Contrarreforma. Rusia, con Dostoyevsky (“Si Dios no existe todo está permitido”) y Tolstoy alcanza la sublimidad escrutadora de las humanas pasiones y la grandeza épica de las epopeyas de guerra y de conquista. En esto nos parecemos y en esto nos diferenciamos.

Es como un nudo en la garganta que me impide exclamar ¡basta! y, por ello, intento de transcribirlo en un grito de escritura: ¡basta! con la mentira, ¡basta! con esa mendaz estupidez y ofensa al la materia gris pensante, cual es la llamada Ley de la Memoria Histórica, como si la memoria, considerada una de las componentes de la inteligencia, hubiera que considerarla norma de obediencia obligatoria y no recuerdo grabado en los engramas del cerebro de los que vivieron, de una y otra parte, la tragedia de la Guerra Civil. Aquel drama colectivo en el que hubo vencedores y vencidos, cada uno con sus razones de legitimidad. Los unos amparándose en la ilegalidad de una República que con el desastre de sus desgobiernos, del frente popular ocupando brutalmente las instituciones del Estado, habían propiciado un golpe militar, con el que, al menos, más de la mitad de los españoles estuvieron, en principio, de acuerdo, esos que amaban la paz para ellos y para sus hijos y la libertad de poder expresar sus propios sentimientos religiosos y políticos y caminar, tranquilamente por la calle, sin que nadie les insultara, les maltratara o los denunciara a un tribunal popular o los entregara, sencillamente, a la autoridad sumaria de una “checa”. Los otros, de buena o mala fe, defendiendo la legitimidad de una República nacida de unas elecciones municipales (quien quiera consultar los archivos podrá tener, inmediatamente, las cifras de aquella famosa y maldita consulta popular. De la apertura de las urnas, resultó que la Monarquía había obtenido un mayor número de concejales en el recuento global de los municipios españoles a excepción de las grandes ciudades que fueron de mayoría republicana). Por ello y ante la deserción de Alfonso XIII, la República fue “proclamada”, pero nunca votada. Sólo con el advenimiento de la “transición” y el posterior ascenso a lo más alto de la representación política de la aventura socialista, se ha querido, se ha intentado, bajo la insistente y demoledora fuerza de un poder mediático, insistente y machacón, dar la vuelta a la tortilla. Por eso y de una vez para siempre hay que decir ¡basta!

¡Basta! con la gilipollez esa de querer demoler el Valle de los Caídos y no querer considerarlo como una obra de arte arquitectónico, comparable a lo que El Escorial fuera en su tiempo, aunque a mí, personalmente, no me guste ninguno de los dos, quizás porque esté demasiado acostumbrado al paisaje arquitectónico italiano, con las bellezas que van desde la necrópolis etruscas, a los arcos de triunfo romanos, a los encajes de piedra venecianos, a las encantadoras, ciudades –Estado medievales, encantadoras en cuanto producen mágicos encantos, a la imponencia sin límites de las renacentistas Florencia o Pisa o Urbino. ¡Basta! con desenterrar a los muertos de ese monumento de la sierra madrileña. Es como si ahora se quisiera pedir cuentas de la construcción de la Gran Pirámide, del costo de los esclavos que, piedra a piedra, la alzaron y se iniciara una cruzada mediática para encontrar, entre las entrañas de sus laberintos aún sin descubrir, los restos de Keops para arrojarlos al Nilo. O como echar en cara, a la memoria de Miguel Angel, el haber trabajado a las órdenes de un déspota como lo fuera el papa Julio II (ríanse del “fascista” general Franco) y derrumbar, por el crimen de lesa humanidad, la cúpula de San Pedro y, en consecuencia, emborronar la Capilla Sixtina con pintadas del tipo ¡Viva el social-comunismo! ¡Abajo el capitalismo renacentista!

Hace unos días buscando en google dónde habían ido a parar directores, actores y actrices del cine español de la postguerra, me topé con el nombre de José Luis Sáenz de Heredia a quien conocí y traté y a quien siempre consideré como un gran cineasta y un extraordinario director de actores, escritor de guiones y el mejor de entre los mejores de aquella época, si exceptuamos el no siempre genialmente extraordinario Luis Buñuel, con más de un bodrio infumable en su colección de filmografía mejicana. No sería de olvidar que su documental “Tierra sin pan”, creo de 1932, fue censurado por las autoridades de la República y prohibida su exhibición en las pantallas de todos los cines de España.

Pues bien, a José Luis Saenz de Heredia, Wikipedia, “la enciclopedia libre” de Internet, se le despacha con unas pocas líneas de compromiso y se le echa en cara “su colaboración con la dictadura franquista y su cercana parentela con José Antonio Primo de Rivera, lo cual es pura y simple sandez, óptica desviada de idiotez; con la parentela se nace, no se hace, aparte que el ser pariente de José Antonio, de alguien que ofreció su vida por la paz de España, – bastaría leer su testamento – , para considerarlo un honor añadido a los que, posiblemente, tuvo en vida, Sáenz de Heredia. El autor de “El destino se disculpa”, “El escándalo”, “Mariona Rebull”, “Los ojos dejan huellas”, “Don Juan”….y hasta “Raza” que es, con toda su grandilocuencia de patriotismo maniqueo, un reflejo de su época, de hacia qué límites podía llegar un cine de propaganda oficial que culminaría con “Franco ese hombre”, con escenas retrospectivas, propiedad de Sáenz de Heredia, que han enriquecido no poca filmografía patria posterior a la del autor de “La mies es mucha”.

Pues bien, toda esa filmografía propagandística de Sáenz de Heredia, habría que valorarla y agradecerla en lo que contiene de material histórico de una época. Es la escritura, en imágenes, testimonial y fiel expresión de un momento histórico pasado, como lo es casi todo el cine.

Salvando las distancias que van del genio a un magnífico artesano, yo me pregunto ¿qué hubiera sido de Sergei Mikhailovic Eisenstein, de ascendencia judía, si no hubiera rodado “La huelga”, su primera gran obra, “Octubre” o la inmortal “El acorazado Potemkin”, todas ellas obras de exaltación comunista, de maniqueísmo feroz (los buenos son los proletarios revolucionarios y los malos son los corruptos del régimen zarista), e incluso “Alexander Nevsky” o “Iván el Terrible”, obras de arte de la historia del cine, sea desde el punto de vista formal que de aquel otro emocional, realizadas bajo la mirada atenta y personal de Joseph Stalin?

¿Qué hubiera sido de la gloria Vsvolod Illariovic Pudovkin sino hubiera rodado el “Fin de San Petersburgo” o “Tempestad sobre Asia”, obras de imponente exaltación del stalinismo?

¿O del también judío Dziga Vertov sin sus “Tres cantos sobre Lenin, a quien califica de “Mesías revolucionario mundial? ¿Quién se acordaría de ellos? ¿Dónde hubiera ido a parar su memoria, su recuerdo?

¿Y qué decir de Leni Riefenstahl, la musa como bailarina de ballet clásico, actriz y, sobre todo, realizadora cinematográfica, predilecta personal de Adolf Hitler (e incluso las malas lenguas le atribuyen amoríos de lechos compartidos con el Fhürer) sin “El triunfo de la voluntad”, rodado en Nüremberg en medio de un mar de banderas nazis, estandartes, multitud de jóvenes, cuya visión, hoy mismo te puede poner carne de gallina al pensar lo que una obra cinematográfica es capaz de transmitir, psicológicamente como primer impacto de sus imágenes directas y “subliminalmente” por la intencionalidad escondida de las mismas, de trastornar tu inteligencia y confundir las ideas al punto que te dan ganas de aplaudir, sin tener clara la percepción que estás dando la bienvenida a una causa aberrante que fuera el origen de los campos de exterminio? Tanto esta obra como en “Olimpíada” (sobre los Juegos Olímpicos del Berlín de 1936) Leni Riefenstahl hace una exaltación de la corporeidad y de la belleza, femenina y masculina, una expresión de la fuerza y de la dinámica del gesto atlético, con el apoyo de una banda musical, extraída de la emoción de los arcanos de las valkirias, que te envuelve con la potencia de algo casi sobrenatural. Tal era el genio singular de esta artista que, andando el tiempo, se convirtió en una excelente fotógrafa submarina. Su primera experiencia subacuática la tuvo a los 71 años cumplidos y su último matrimonio lo celebró a los ciento y un años de edad. Su marido fue su colaborador Horst Kettner, y la llevaba cuarenta años, manteniendo un record nunca superado, ni siquiera por nuestra hispánica Duquesa. Moriría poco después de su enlace matrimonial, el 8 de septiembre del 2003, en la ciudad de Pocking (Baviera). Honor a uno de los personajes más grandes, una mujer, que nos ha dado el siglo XX.

José Luis Sáenz de Heredia, tuvo, ya he dicho que salvando todas las distancias, un poco de Eisenstein, de Pudovkin, de Dziga Vertorv y de Leni Riefenstahl. No hay motivo para vilipendiarle ni en la “libre enciclopedia de Wikipedia”, ni menospreciar su mérito indiscutible en ningún otro libro de cine o portal de internauta de los que andan y abundan por ahí. También hasta estos medios ha llegado la cerril politiquería, la banda de horteras creada y crecida “ad memoriam de zapateril gloria”.

Decía Albert Einstein que “El mundo es peligroso no a causa de aquellos que hacen el mal, sino de aquellos que miran y lo dejan hacer”.

 

 

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