Desde la II Gran Guerra, el Reino Unido no había disfrutado, o padecido, un Gobierno de coalición y el que ahora preside David Cameron tiene trazas de no ser muy duradero. El Premier, en la última cumbre de Bruselas, trazó una línea que le separa del resto de Europa con más rotundidad que el Canal de la Mancha. Entendió que su deber era no solidarizarse con los supuestos de cohesión fiscal que plantean Angela Merkel y Nicolas Sarkozy camino de un nuevo, y más riguroso, Tratado para la UE y dio el portazo. Como quien dice, ensanchó el Canal tanto como estrechó el Atlántico. Ha pasado a ser el perro de la huerta continental y tendrá que pagar por ello.
Cameron es el primer ministro más joven que tiene Inglaterra desde el conde de Liverpool, en los inicios del XIX, y lo grave es que se le nota. No entronca, a pesar de su magnifica formación académica, con la tradición de firmeza combinada con astucia que, hasta Margaret Thatcher, ha caracterizado a los conservadores británicos a lo largo de la Historia.
El actual primer ministro británico sucedió en el poder a un muy desgastado Gordon Brown y su última decisión en Bruselas, salvo un muy improbable naufragio total del euro, será el principio de una notable decadencia británica.
Sus aliados naturales, los EE.UU., miran cada día con mayor atención el panorama que les ofrece el Pacífico y tienden, porque esa es la actitud de Barak Obama, a olvidar una Europa que, en los hechos, les produce mas problemas que alegrías. La libra que Cameron considera sacrosanta ha reducido su cotización a la mitad desde que el euro comenzó a ser la moneda del cambio europeo y, en un mundo globalizado, a Inglaterra le falta dimensión.
Alemania, que es todavía el primer país exportador del mundo, necesita un mayor espacio comercial y de ahí necesidad protectora del euro que Merkel oficia con más disciplina y rigor que talento, lo que no es poco en un tiempo y un Continente que viven crisis de liderazgo.
Lo que le añade un especial morbo político a la actitud de Cameron es que Nick Clegg, su vice primer ministro, líder de la oposición liberal en la Cámara de los Comunes y un año más joven que el premier, se ha manifestado “amargamente decepcionado” por la actitud bruselense de Cameron.
Clegg ocupa, en la escala del fervor europeísta en el Reino Unido – más moderada que la del Contienente –, uno de los lugares más altos y su mujer, Miriam González Durántez, natural de Olmedo (Valadolid) es una especialista en Derecho Comunitario que estudió en Brujas, donde conoció a su marido. El ambiente vital y las experiencias personales – Clegg ha trabajado en USA y en Finlandia y maneja cinco idiomas europeos – mandan mucho en la configuración ideológica y cultural de las personas.
Clegg sostiene que el Reino Unido “debe integrarse con Europa” y, solo por eso, puede saltar por los aires con gran facilidad la coalición que sostiene a Cameron.
En cualquier caso, y suceda lo que suceda, el eje Merkel-Sarozy tiene sobre sí la responsabilidad en el futuro de la UE y, especialísimamente, en el mantenimiento y fortalecimiento del euro como elemento de engarce entre los diecisiete países que ya lo manejan – veremos cuántos son dentro de un año – y los otros nueve que, como Inglaterra, quieren soplar y sorber a un mismo tiempo. Eso tiene el precio de un nuevo Tratado, pero esa es ya otra historia.
En Europa, y puestos a acercar el ascua a nuestra sardina nacional, la contrafigura de Cameron es Mariano Rajoy. El inglés no quiere estar en el euro, ni demasiado cerca del Continente, y el español, que ya conoce la cuantía de los destrozos producidos por los Gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, sabe y confiesa la necesidad que tiene España, el cuarto país de la eurozona, de asentar la Unión y alcanzar en ella un mayor protagonismo. En su debut oficioso entre los líderes continentales, previo a su próxima investidura, ya dejó testimonio de lo que será su actitud con respecto a Europa. Esa es una buena noticia que coincide, como para subrayarla, con la ausencia de representación española – Manuel Chaves es poco más que nadie – en el IV Foro de la Alianza de Civilizaciones, uno de los costosos frutos del buenismo zapateril que nos ha llevado a la ruina.